sábado, 21 de febrero de 2015

Cecilia Vargas y sus chivas multicolores

Doña Cecilia Vargas, oriunda de Pitalito (Huila), creadora de las populares chivas, íconos de la cultura ancestral colombiana. Foto: Diario del Huila
Ricardo Rondón Ch.

Yo nací del barro y el barro es mi material de expresión.

Cecilia Vargas Muñoz es una mujer de dichos y diretes, de una franca sabiduría popular y de una glosa repentista que ella ha regado como semilla en todas sus actividades: en el vínculo familiar, en las faenas cotidianas, en su taller de artesana hecha a pulso, en solaz camaradería con sus operarios, en la alegría desparpajada de sus tertulias que aún acostumbra organizar en su casa o en la vecindad de la comarca de su nacencia, Pitalito (Huila).

Si viviera doña María Juana María Moliner, la bien mentada filóloga española y enciclopedista del lenguaje, quizás hubiera sacado buen provecho de esas frases que van brotando en el día a día de doña ‘Ceci’, con una fluidez asombrosa, como si el Académico Mayor que desde remotas esferas mandó a redactar la Biblia a sus letrados de turno, se las estuviera dictando al oído.

La frase que más la identifica es de su propia cosecha, y es un credo que a lo largo de todos estos años ha puesto en práctica: "Entre el vivir y el soñar está lo más importante: despertar".

Bien se puede decir que esta noble dama, artista de la cerámica, creadora de las chivas, esos vehículos ancestrales que han marcado la ruta de nuestro patrimonio, de nuestra sensibilidad e idiosincrasia, sueña despierta.

Para ella, el trabajo, el don de crear y sus manos, han sido los mejores regalos que le ha dado la naturaleza.

El oficio de la cerámica, de los hornos, del moldeado y la pintura, lo aprendió de su señora madre, doña Aura Muñoz de Vargas, una de las pioneras de la industria ceramista en Colombia.

Hace cuarenta años, Cecilia se dedicó en su taller de Pitalito a rendirle un homenaje a aquellos vehículos que han servido para que sociólogos y estudiosos interpretaran el acervo cultural, la tradición, la alegría y el desarrollo económico de nuestra nación, hoy por hoy estimados souvenirs en los aeropuertos del mundo y en las boutiques, donde extranjeros de distintas latitudes se maravillan con sus colores vivos, sus personajes típicos, y esos arrumes de mercado, trebejos y animales domésticos que las caracterizan.     
Fueron once chivas en total, todas ellas en gran formato, que a manera de patrones de identidad resumen el vivir y el sentir de cada una de nuestras regiones.

De estos patrones, los mandacallares del comercio agrupados en instituciones con personería jurídica y todas las de la ley, han hecho miles de réplicas en todos estos años, que han comercializado no sólo en Colombia sino en todo el mundo, y con abrumadoras ganancias.

No es extraño encontrar series de artesanías inspiradas en las chivas de Cecilia Vargas en terminales aéreos de Moscú o de Estocolmo, o en anticuarios de Ámsterdam, París, Londres, Roma o Madrid, o en algunos de los exóticos bazares subterráneos de Estambul. Lo más triste del asunto, es que a su creadora no le han reconocido un solo peso.

Pero bueno, ella, como tantos creadores en nuestro país, ha trabajado por amor al arte. Porque le gusta, porque su corazón se lo dicta, porque es la mejor terapia para disipar el tedio y las angustias de la vida. Y como apuntamos al principio, para vivir siempre despierta.

Las chivas y artesanías de Cecilia Vargas son reconocidas en el mundo. Foto: Archivo particular 
A pulso, con sus laboriosas manos, sus instrumentos de trabajo, su virtud y paciencia, Cecilia Vargas Muñoz ha escrito la historia del país con sus chivas, con sus tótems de bahareque y con sus reinas de cerámica, estas últimas inspiradas en su cosmogonía, en sus sueños y revelaciones, y en pasajes de sus libros más amados, como los de Gabriel García Márquez, uno de sus autores preferidos.

Entre las chivas, las reinas: La Reina de los Funerales de la Mama Grande, la Reina del Fríjol de la Cabecita negra, la Reina del Mango de hilacha, la Reina de los 426 sartales de huevos de iguana; la apocalíptica Reina del desbordamiento de los límites de la conducta humana (ese símbolo de la depredación constante del hombre por el hombre); o Miss Nada que ver, Miss Asustada, Miss Despiste; Miss Determinismo (patrocinada por el Fondo Monetario Internacional); la Reina del apogeo del crudo (o de la Ley del embudo), y el custodio de todas ellas, Mister 'Tú reinarás', el eterno y desangrado Corazón de Jesús, entre otras deidades y santurrones que hacen parte de su excéntrica iconografía.

La materia prima de sus creaciones, el barro: "Ese barro con el que nuestros antepasados hicieron sus ranchos, que aún sobreviven al implacable modernismo de los hormigones de acero y concreto", dice. Un homenaje de la artista huilense a la cultura rupestre precolombina, a sus dioses y a sus espíritus; a ese culto religioso y medicinal de nuestros aborígenes que arrasaron y quemaron los españoles durante su paso por la conquista.

"La Guaricha y el Tegua", por ejemplo. "No se vaya usted a imaginar la guaricha, nombre erróneo con el que se ha denominado a la mujer que vende su cuerpo -señala la ceramista- La Guaricha, en la cultura de las tribus que habitaron lo que ayer los cartógrafos denominaron como Tolima Grande, era la mujer poseedora de conocimientos, la científica, la que a través de su sabiduría enseñaba y protegía a su comunidad. Y con ella el Tegua, maestro, sabio y curandero.

De esta manera Cecilia Vargas ha escrito la página de la historia de los vencidos, que es la misma página de la redención, que es el mismo tiquete para emprender el viaje al fondo de nosotros mismos, que no es otra cosa que el justo homenaje a lo que más duele que hayamos perdido: nuestra identidad.

"La historia que enseñan en el colegio no tiene nada que ver con la historia que de verdad nos pertenece. Nos negamos a reconocernos. No sabemos valorar ni admirar la gran riqueza que poseemos. Y lo más desconcertante: nos empeñamos en destruir la poca riqueza que nos queda". Una aseveración temeraria, pero muy cierta, y sin lugar a discusiones.

40 años de labores, orgullo de la artesanía colombiana. Foto: Inocencio Castañeda
Las chivas de Cecilia Vargas  tienen su propio sello. En ellas hay un concienzudo estudio antropológico y costumbrista, y también muchos desvelos y lecturas. Y la paciencia de esta dama que no dejó escapar detalle en el momento de armarlas, pintarlas y darles el nombre imborrable y para la posteridad .

La Chiva Líneas Guatipán, en honor a la Cacica Gaitana, la soberana de los Panches, los Pijaos y los Natagaimas; el Expreso del Café, la Chiva de Don Agapito con los funerales del líder comunal de la vereda Chillusa; el Expreso Coayacán, que es un homenaje a la mexicana Frida Khalo; el Expreso Macondo, inspirado en el relato de 'La Cándida Eréndira y su Abuela Desalmada'; el Expreso del Alto Yuma (agua de los amigos), nombre propio del río Magdalena; el Expreso Gastronómico, el Expreso Sibundoy, el Expreso Putumayo y el Expreso Saboyano, que es un bonito retrato costumbrista del amor, una apología artesanal al convite del matrimonio de provincia, con su silvestre coquetería e ingenuidad.

Las Chivas y sus dichos: la sabiduría popular, el gracejo oportuno, el refrán que se cocina en el subconsciente y en la malicia de sus pasajeros. El chofer de la chiva como gran depositario de liderazgo y de confianza. Y el humor. El infaltable humor, inseparable hasta en los momentos dolorosos de la desgracia.

"Esto dijo la cusumba cuando estaba embarazada: que Dios me saque con vida, pa'echarme otra cusumbiada".

La arcilla, el barro, que ha sido el material de expresión de doña ‘Ceci’ en estos 40 años de chivas, con una memoria y un anecdotario dignos de un libro de colección, gracias a la sabiduría de esta emprendedora mujer que está en mora que el Ministerio de Cultura le rinda un merecido homenaje, pero en vida, no en el adiós inexorable, propios de esta patria amnésica y de olvidos perdurables.
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