sábado, 6 de junio de 2026

El café tertulia de Homero que se resiste a desaparecer de la Candelaria de Bogotá

 

"He vivido aquí y en los hospitales", dice Homero Tabares su octogenario fundador, solo en la vida y con la carga de delicadas enfermedades, al frente de su tertuliadero de 48 años

Ricardo Rondón Chamorro 

En 2007 se produjo un hecho inusitado en Bogotá: cerca de 200 manifestantes, entre artistas y universitarios, desfilaron por la avenida Jiménez y las carreras Quinta y Séptima, en protesta por el cierre que la Alcaldía de La Candelaria le impuso al café bar de José Homero Tabares López, abierto desde 1978 en la Calle 12 D # 4-11. La arenga, "¡Homero somos todos!", también se hizo sentir frente a la alcaldía local.

La inhabilidad del establecimiento, de acuerdo al comunicado expedido por la autoridad distrital, obedecía "a lineamientos del 'Plan Centro', de nuevas alternativas para la apertura de negocios sin venta de licor" que, según Tabares, "más tenía que ver con la preferencia de licencias a gastro bares y hostales de extranjeros", que han proliferado en el sector turístico de La Candelaria.

El Baluarte, periódico cultural de la época, se pronunció ante la sorpresiva medida, aduciendo que Homero Tabares era un ciudadano con limitaciones físicas, sin otro recurso para el sustento que su local, dispuesto a expresiones artísticas como teatro, poesía y pintura. La publicación y la reacción de los manifestantes, influyeron para que la alcaldía levantara los sellos.

Que se tenga noticia, era la primera vez en la historia de Bogotá que se producía una protesta masiva de clientes por el cierre de un café bar. Un tramo de la populosa marcha se puede ver en el documental 'Cuentico cuántico: historia de vida de Homero Tabares', realizado por Ariel Arango Prada, y premiado en 2017 por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño como Mejor Crónica del Centro de Bogotá.

El premio tiene su razón de ser: desde que, en 1978, Tabares tomó en arriendo el inmueble para abrir su café, Homero no ha cesado en promover cultura alrededor de las artes, en particular pintura y poesía. De hecho, hace 47 años, los lunes son para los poetas, que han dado frutos en premios nacionales y publicaciones, como el libro 'Murmuraciones Homéricas', financiado con recursos propios.

Bohemia y Poesía 

Homero con su tropilla de poetas de los lunes, liderada por Mila Ochoa. Foto: Ricardo Rondón  

Con el correr del tiempo, la clientela de Homero Tabares cobró fuerza entre reconocidas figuras de la creación artística. La folclorista Delia Zapata Olivella apadrinó a la única hija de Homero. El poeta Raúl Gómez Jattin leía sus versos sin despegarse del chicote; el pintor Antonio Caro "con la ciudad a las espadas", como decía Kavafis), dejaba sus rebeldes improntas en las paredes del café.

Santiago García botaba corriente con sus actores del Teatro La Candelaria; igual lo hacían Jorge Plata y Germán Moure con sus pupilos del Libre; María Mercedes Carranza, Mario Rivero y Héctor Rojas Herazo, coreaban boleros de Daniel Santos y Rolando Laserie; Pedro Claver Téllez, maestro de la crónica roja, dejaba lelos a polluelos del periodismo con los relatos truculentos de su primo, el sangriento bandolero, Efraín González, alias el 'Siete colores'.

En los hervores de la bohemia llegaban tríos y duetos emergentes; seguidos del electro terapista del magneto de manivela; del Negro Carabalí y sus cucuruchos de maní, o del Ceferino pobre de Los Victorinos ofreciendo a media noche acuarelas y libros de segunda, mientras que el infaltable 'Tey de Colombia', desde un rincón los dibujaba a todos. Homero hizo de su nicho una versión popular del legendario Café Automático. 

Han pasado 48 años de su apertura y el café de Tabares, incrustado en el primer piso de un antiguo edificio pintado de vino tinto y amarillo requemado que, según él, tiene en custodia el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, conserva la vieja reja, el mobiliario intacto, la cartelera de eventos culturales, las paredes atiborradas de carteles y pinturas; los escaparates de libros, y la palomita de papel que aletea cuando Homero toca la dulzaina.

Solo y enfermo 


Homero, estoico y resistente en su nicho de La Candelaria. Foto: David Rondón 

En la segunda planta, justo encima del café de Tabares, funcionó hasta la pandemia el bar de Salsa Cuba Antigua, que por su aspecto ruinoso y la oscuridad cómplice de pedronavajas y enamorados, daba la impresión de estar en alguna de las barras de La Habana Vieja, que tanto cautivan a los extranjeros del mundo. Homero recuerda que el azaroso bailoteo aflojaba las tortas de cal de su techo, que caían sobre su cabeza.

Y ahí sigue Homero, a sus 81 años, íngrimo, con el murmullo de las novelas de Tolstoi, Gogol y Dostoievski, aferrado como un ciprés a la vida, pese a su catálogo de enfermedades: hipertensión y EPOC (controlables), insuficiencia renal crónica que le obliga sonda permanente, y una esclerosis múltiple que lo tiene sometido a una silla de ruedas hace 30 años. En 2015 estuvo en peligro de muerte por un aneurisma de aorta.

Con el aura y el semblante de los mártires de Zurbarán, Tabares posee la vara estoica de los míticos guerreros de su homónimo, el rapsoda griego de 'La Ilíada'. El Homero de La Candelaria conlleva el espíritu épico de la resistencia, y su poderosa carga poética le otorga el perfil del paciente universal. 

De una pared nos observa perplejo y de melena ensortijada el Homero Tabares del carboncillo, en gran formato, que le hizo Marcia Schvartz, la Goya bonaerense que ha plasmado los siniestros esperpentos del poder, las clases populares y las criaturas obscenas de la noche.

A Homero ya no lo visitan los viejos camaradas del ayer, hoy enclaustrados en sus frías moradas bogotanas, o en el retiro obligado de los geriátricos solariegos de Anapoima; ni los derrotados y perseguidos por las moscas de Manzur, exprimiendo las últimas horas bajo las bombillas lánguidas de garitos de ajedrez, barajas y billar.

La orfandad 


Homero en la entrada de su tertuliadero, con Ocre Valderrama.  Foto: Ricardo Rondón  

José Homero Tabares López es hijo de Eva y Aristóbulo, y confía haber nacido "bajo un árbol de Juanchaco poblado de aves y murmurios, en un punto intermedio de los departamentos del Valle, Tolima, el antiguo Caldas y Cundinamarca". Fue registrado un mes después, en Pereira, el 24 de febrero de 1944. Apenas cruzaba dos años cuando su padre fue fulminado por un rayo, y al poco tiempo la tragedia replicó con el adiós de su señora madre que falleció de pena moral.

A Homero lo crio su abuelo paterno, un campesino poeta desplazado de la violencia, que escribió los versos del centenario de Pereira, y se vio obligado a refugiarse en Cali, donde Homero se formó en los colegios Santa Librada (allí también estudió el poeta nadaísta Jotamario Arbeláez), y, en el Alemán, donde aprendió la técnica de la armónica.

En el Institute France obtuvo un técnico en mantenimiento de redes eléctricas. Trabajó en Celanese y en la Siderúrgica del Pacífico, y continuó prestando servicios cuando decidió hacer su vida en Bogotá. Antes de abrir el café, su último trabajo fue como administrador en una fábrica ubicada al frente del hoy asolado Teatro San Jorge, en La Favorita.

Su peña cultural ha sido frecuentada por estudiantes, artistas, intelectuales. Foto: Ricardo Rondón  

Era 1978. Colombia estaba en manos de Julio César Turbay Ayala y Bogotá en las de Hernando Durán Dussan. José Homero Tabares López, solo y treintañero, merodeaba por el centro en busca de una vivienda de alquiler. La encontró en un edificio de la calle 12 D con carrera Cuarta, media cuadra arriba del imponente edificio Monserrate.

En el primer piso había un restaurante, y su dueño, a sabiendas de que Tabares era experto en mantenimiento de redes eléctricas, lo contrató para que le cambiara el trajinado cableado. El señor, satisfecho con el trabajo, le transfirió el local con la cuota de arriendo, y emprendió nuevos rumbos.

Tabares aprovechó la inesperada oferta porque el establecimiento tenía vivienda. Se puso a la tarea de remodelación. Pintó las paredes de blanco. Poco a poco el nicho fue cobrando clientela; artistas y universitarios le pedían permiso para exponer sus creaciones y promover tertulias y presentación de libros.

El pintor y escultor Jorge Olave, autor de esculturas icónicas de La Candelaria como 'El pescador de corazones', 'El ladrón de los tejados' y 'El equilibrista del monociclo', fue uno de los tantos virtuosos que se ganaron el aprecio de Homero, y le ayudaron a impulsar sus proyectos y motivaciones artísticas.

Envejeció con su café 


Homero, referente de la cultura y la bohemia de La Candelaria. Foto: Ricardo Rondón   

Homero propone un paneo, a vuelo de pájaro, de cómo era este pedazo de cuadra en los años 80: en la esquina de la carrera Cuarta había una tienda, como de pueblo, que se hizo famosa por sus exquisitas salchichas. Por ese mismo tramo, estaba la estrecha panadería con mezzanine, propiedad de un italiano que, envejecida, sigue en pie.

Al frente de su café estuvo por un tiempo El Viejo Almacén, legendario bar de tangos, de la recordada Marielita; y diagonal el desaparecido bar de salsa, El Antifaz. Las antiguas droguerías Rosas y Atenas fueron ocupadas por gastro bares y cervecerías de marca. Otros locales siguieron la ruta de parrillas, comida árabe y exprés. 

El día que declaró abierto su café, Homero rememora una mañana envuelta en neblina. "Por la calle bajaba una hilera de burros cargados de leña y cantinas". Uno de sus primeros clientes fue Milciades Arévalo, escritor y editor, guerrero sin treguas de la cultura literaria, por más de 40 años al frente de su revista Puesto de Combate (‘Sociedad de la Imaginación’), con quién Tabares trabó estrecha amistad.

Homero, el sabio de la tribu, observador y exquisito conversador. Foto: Ricardo Rondón   

Homero envejeció con su café. Solo que hoy ya no fluye con el frenético ritmo de sus mejores años. Estancado en la memoria como los viejos navíos del tango que entona el 'Polaco' Goyeneche, le quedan los jóvenes poetas, algunos que lo asisten, le llevan el almuerzo, y en la noche, a la hora de partir bajan la reja y ajustan los candados.

Como de día la verja queda entreabierta, se han infiltrado ladrones, locos, pordioseros. A Tabares ya le han robado varios celulares. Una tarde, un demente espeluznante arrasó hasta con lo poco que había en el refrigerador, ante la mirada helada del venerable Homero, y con el corazón acelerado.

Cuestiono a Tabares al respecto: ¿No es momento de gestionar un cupo en un geriátrico del distrito, no solo por el peligro que puedan acarrear los desmanes de la demencia y la delincuencia, sino por el riesgo, incluso letal, que podría correr ante una emergencia de alguna de sus enfermedades? ¿Quién a media noche lo auxilia para llevarlo de urgencia a un hospital?

A Homero no parece agradarle el interrogatorio, pero al rato reflexiona:

-He vivido aquí y en los hospitales. Sí, lo he pensado, y me lo han recomendado, pero ya llegará el momento...

-Homero, el momento es ya. En un geriátrico tiene asistencia médica y paramédica las 24 horas, y su alimentación a horas. Va a estar asistido y protegido todo el tiempo.

-Lo sé, gracias, ya llegará la hora-, asiente Tabares con la obstinación enquistada de los viejos que se resisten a abandonar de la noche a la mañana su querencia de toda la vida, y que, llegado el instante definitivo, solo los sacará de sus predios la huesuda parca.



De las tertulias de Homero han salido varias publicaciones en prosa y verso. Foto: Ricardo Rondón   

Ocre Valderrama, de 21 años, oriunda de San Vicente del Caguán, en el departamento del Caquetá, desplazada por la violencia que le arrebató a su padre, cursa estudios de Filosofía en la Universidad Nacional. Su compromiso de solidaridad y trabajo comunitario en la que ha sido una de las zonas más calientes del conflicto armado, ahora se hace visible en la oportuna causa con Homero Tabares.

La buena chica lleva los trabajos de la universidad para desarrollarlos en las mesas del café. Aprovecha las mañanas o las tardes soleadas para darle una vuelta en su silla de ruedas. Brindarle compañía se ha vuelto una costumbre de la joven samaritana.

En la tarde fría y gris de principios de febrero, Homero enuncia los versos de su amigo tallerista, el poeta Pacho Piedad: el dolor ya no me duele, / tengo el gusto de invitarlos a sus exequias, / ayer lo atropelló la felicidad, / se ruega no llevar flores. / Una sonrisa basta.

Acto seguido, hace sonar su dulzaina. Es el melancólico blues de Tabares que anima el aleteo de la palomita de papel en el 'cuentico cuántico' del Homero iconoclasta, que no cree en milagros, cuando ¡él es el milagro! 

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