sábado, 30 de mayo de 2026

A una década de la intervención del Bronx, Leidy desanda los pasos del infierno al que llegó de niña, y donde permaneció 10 años

 

Purgatorio, infierno y redención de Leidy Johanna Gómez Baquero, quien, desde la infancia, sufrió los horrores de la desaparecida 'L', espantoso sector del vicio y la degradación. Hoy es una mujer digna de admiración

Ricardo Rondón Chamorro 

Leidy Johanna Gómez Baquero tiene 32 años, pero, cuando se le oye narrar en detalle su impresionante historia, es como si cargara siete vidas a cuestas. Su relato lleva el tinte trágico del desamparo, la enajenación, el consumo de drogas, la proximidad de la muerte, y en últimas, la redención. Ella es hoy ejemplo de coraje, resiliencia y reivindicación.

En su tránsito de niña a adolescente, Leidy descubrió el odio antes que el amor; la maldad borró su inocencia; aprendió primero a manejar armas que a jugar golosa; leznas y ganchos de pelo para desguazar automóviles, desplazaron cartillas y lápices de colores; a los 13 años se hizo madre en el infierno del Bronx, y se fue marchitando con el hollín graso del vicio, hasta tocar fondo.

La conversación con Leidy empieza a fluir en un primer encuentro, en lo que hoy avanza como la restauración patrimonial del proyecto Bronx Distrito Creativo, a propósito de cumplirse 10 años de la intervención, en lo que fueron las tres cuadras más deprimentes y peligrosas de Bogotá, conocidas como la L, punto de acopio, ‘sopladero’ de todas las sustancias psicoactivas posibles, y escenario de torturas, desapariciones, ritos satánicos, canibalismo y prostitución.

Leidy es de mediana estatura, tez trigueña, ojos pardos, mirada franca, contextura gruesa; lleva el pelo pintado de rojo; blusa y minifalda negras, medias de malla, y tenis. Registramos unas primeras fotos en El Parque de los Mártires, con la cúpula de la Basílica Menor del Sagrado Corazón de Jesús, reconocida como del Voto Nacional.

Otras fotografías, alrededor de las ruinas de antiguas edificaciones, triste residuo de la época próspera que fue la del barrio Santa Inés, como la Esquina Redonda, que la Fundación Gilberto Alzate Avendaño (FUGA) conservará como bien patrimonial y símbolo de memoria y reconstrucción del tejido social, mientras continúan las obras de restauración de obras mayores como el Batallón de Reclutamiento de Bogotá, imponente edificio de estilo neoclásico, que en el pasado albergó la antigua Facultad de Medicina de la Universidad Nacional.


Leidy Johanna Gómez Baquero llegó de 13 años al Bronx, donde permaneció 10 años, y salió cuando se produjo el operativo policial y del CTI, el sábado 28 de mayo de 2016. Foto: Ricardo Rondón 

Para hacer confidente el relato, elegimos un Café Expresso contiguo al Pasaje Hernández. Allí iniciamos una conversación en la que Leidy, por pudor, y con voz moderada, desnudó una a una las cicatrices de su alma. Al hilo de su dramática confesión por las estaciones dantescas que recorrió, comprobé su aguda inteligencia, y el desahogo reprimido de una mujer valiente, con una historia cruel, violenta, como la ficción de Rosario Tijeras, de Jorge Franco.

-Leidy, cómo fue a parar al Bronx.

-Vengo de una familia que también fue un infierno: 7 hermanos de distintos hombres con problemas de licor y vicio. (A mi papá lo vine a reconocer después en el Bronx porque yo le vendía droga). El caso es que una noche mi mamá me sacó de la casa, del barrio Perdomo, a un parque, porque ese día descalabré con una varilla a un tipo que me intentó abusar. Yo tenía 9 años y era rebelde, no me dejaba de nadie. 

-¿Y para dónde se fue?

-Serían como las 11 de la noche, yo aguantando frío, cuando pasó una mujer y me preguntó qué hacía sola a esa hora. Le conté lo que mi mamá me había echado. Ella se quitó su chaqueta, me abrigó, y me dijo que si quería irme para su casa, en el barrio Las Cruces. Me fui con ella.


Un plano abierto de Leidy Johanna con el telón de fondo de la Basílica Menor del Sagrado Corazón de Jesús, popularmente conocida como del Voto Nacional. Foto: Ricardo Rondón 

Por ahí empezó a torcerse mi camino. La mujer que me dio techo resultó ser una jíbara. Al principio me explicó que en algo tenía yo que ganarme la vida. Me dio limpiones y dulces para vender en la esquina del Hospital San Juan de Dios (Décima con Primera). Luego me llevó a la autopista norte con 127, a vender lo mismo, pero en los semáforos. Como me iba bien con la venta, un día me dijo que iba a darme algo con lo que me iría mejor: la 'merca' era vicio, moñitos de marihuana y bichas de bazuco.

El curso de maldad se reforzó con el hombre que la mujer compartía cobijas: un desguazador de carros. Él me enseñó, desde cómo quitarles boceles, farolas, parabrisas y espejos, hasta abrir las puertas con un gancho de pelo, o con una lezna, para sacar lo que hubiera de valor. Lo robado iba a parar a los desguazaderos del 7 de agosto. 

-¿No le daba miedo hacer todo eso?

-Cuando uno es de la calle y tiene la cabeza embalada para entrompar esos retos, lo que sentía era adrenalina. 

-Cuánto tiempo estuvo en esas.

-Cuatro años. Salí de ahí cuando la mujer se enfermó de cáncer y murió. Del tipo no volví a saber nada. Si lo encanaron o se perdió, no sé. Entonces me fui para el Bronx.

Kimora 

Leidy Johanna posa en predios de 'La esquina redonda', edificio que por estas fechas restaura la FUGA como bien patrimonial de memoria y tejido social. Foto: Ricardo Rondón   

Leidy Johanna Gómez Baquero llegó de 13 años al Bronx, y una vez instalada en los entresijos de la horrorosa 'olla' del centro, dejó de llamarse como aparece en el registro de nacimiento, porque en el antro recibió un bautizo de sangre: Kimora. Muestra la cicatriz de ese pacto imborrable que le quedó en la muñeca derecha: dos líneas paralelas.

-¿Qué significa?

-La lealtad y el camino que a partir de esa señal tenía que seguir. Me lo hicieron con una daga de plata.

-¿Por qué Kimora?

 -No sé. Ese nombre me lo puso Homero, el gancho jefe. Pero terminaron por llamarme Mora.

 -¿El gancho la bautizó?

 -No. La Negra, la bruja, la tabaquera, con la presencia del gancho. Me hicieron los cortes y una parte de la sangre la recogieron en una copa que Homero se tomó. 

 -Cómo eran los rezos de la Negra.

 -Todo dependía de lo que se fuera a pedir. Pero siempre era para algo malo, o para protegerse de alguna maldad que uno sospechara que le fueran a hacer. Recuerdo uno que era para doblegar enemigos. ¿Cómo era...?

Leidy hace una pausa, intenta recordar el rezo. Pronuncia dos, tres palabras, y se va de largo:

"Puro, purito, puro (el tabaco) yo te conjuro en nombre de la muerte; la señal que te pido me has de dar; la ceniza tiene que caer, y todos mis enemigos también; y sus lenguas se paralizarán. Tienen que caer mansos, humillados, y sus muertes se verán".

-¿Cómo era la bruja? ¿Podría describirla?

-Una bruja negra de carne y hueso. Ella era la que rezaba a los ganchos, a los 'sayas' (sayayines, escoltas, francotiradores), para que les fuera bien con el mal. Rezaba la droga, las rockolas, los billares, las chiquitecas, las maquinitas de monedas, porque había muchas, y dejaban fuertes ganancias. La Negra también   hacía ritos satánicos y asistía los partos. Ella recibió a mis dos hijos. El primero lo tuve a los 13, recién me desarrollé como mujer. La niña llegó al año siguiente.


La 'Kimora del Bronx', en los años crueles y violentos de su adolescencia. Foto: archivo de Leidy 

-¿Usted fue violada en el Bronx?

-No señor. Nadie trató de abusar de mí, porque yo venía de la escuela dura de la calle, y en el Bronx le daban a uno entrenamiento físico, boxeo callejero,  y de armas, de las buenas y hechizas, cuchillos, puñales.

-Cómo fue tener dos hijos antes de los 15 años en semejantes condiciones.

-A los 13 no sabía qué era el amor, pero sí el deseo. Creo que maduré muy rápido. Si quería sexo, yo elegía con quien. Después lo desechaba. El papá de mis dos primeros hijos era un soldado que iba a comprar droga. Se llevó los niños cuando terminé de darles pecho, pero le enviaba plata para ayudar en la crianza.

-¿Hoy que sabe de ellos?

-El mayor tiene 21, es cristiano y trabaja en construcción. La mujer tiene 20 y se está entrenando como luchadora olímpica. 

-Habla frecuente con sus hijos?

-La última vez que los vi fue hace como cinco años. Es que hoy yo tengo dos niños pequeños con el hombre con quien vivo. Pero esa es otra historia dura.

Cartografía tétrica del Bronx 


La pipa del acabose humano, en el Bronx y en las 'ollas', conocida como 'carro' . Foto: archivo de Leidy

Leidy Johanna Gómez Baquero aún tiene presente el mapa y las jerarquías de las estructuras criminales que dominaron el Bronx a lo largo de aproximadamente 12 años. Los denominados 'ganchos', como círculo mayor del tráfico y comercio de estupefacientes y entretenimiento: rockolas, billares, prostitución; sicariato, secuestro, ejecuciones, desapariciones.

El gancho más poderoso, según ella, era Homero, y le seguían en gobernanza Ringo, Manguera, Rigoberto, Gato, El Negro, Careniña, El Caleño, que a su vez tenían posesión en guetos barristas como Millonarios, Santa Fe y América.

El ejército de guardaespaldas y sicarios de los 'ganchos' era conocido como 'sayayines', anagrama de la palabra japonesa saiya-jin, que significa 'persona vegetal', y que se popularizó en el mundo a partir de 1989, con el éxito de la serie animada Dragon Ball Z. En el Bronx simplemente se les llamaba 'sayas'.

Allí también se comercializaban partes y lujos de carros. El accionar para obtenerlos, corría por cuenta de indigentes, pordioseros y ‘rompevidrios’, en avenidas de tráfico pesado como la Caracas y la Décima, cuando aprovechaban los semáforos en rojo para amenazar a conductores con cuchillos y piedras, y saquear lo que estuviera a mano.

Todo tenía precio en el Bronx. Desde el alquiler de una cobija por 500 pesos, el cupo en un 'sopladero' (mísera habitación), por 1.000; un 'combinado' (sobras de comida de los restaurantes), que se servía en hojas de papel periódico o del directorio telefónico, por 500; una bicha de bazuco, 1.500; un moño de marihuana, 1.000; licor fino, drogas "sofisticadas" y prostitución con mujeres de la calle y con niñas menores, reclutadas por los ganchos, para ejercer como esclavas.

En el Bronx, Leidy portaba 4 'fierros' (armas de fuego)  Foto: archivo de Leidy

El balance que hicieron las autoridades tras la intervención del Bronx, en mayo de 2016, arrojó cifras de ganancias escandalosas. Los ganchos, en solo venta de droga, recaudaban al día un promedio de 130 millones de pesos, partiendo de que, una sola taquillera, podía vender entre 5 y 10 millones de pesos diarios en estupefacientes.

-Usted llegó al Bronx siendo niña. Mientras vivió en su casa, ¿la pusieron a estudiar?

-Nada. Yo aprendí a leer en el Bronx, en un periódico que compraban las prostitutas, que se llamaba El Espacio. Me mataba la curiosidad de saber lo que decía, porque en la primera página aparecían muertos y descuartizados. Fue por las mujeres que aprendí a leer.

-Cuál era su función en el Bronx.

-Fueron varias. Cuando yo ingresé, era la única mujer entre 7 hombres, al mando de gancho Homero. Empecé de abajo, como aseadora, y luego me ascendieron a taquillera, y a controlar la venta de droga en las chazas. También fui espía de los infiltrados, los sapos. Me disfrazaba sucia, me ponía pasamontañas, y me movía como una indigente más. Mi jefe decía que yo podría ser la primera mujer 'saya' del Bronx.

-Qué le podía pasar a un infiltrado cuando lo descubrían.

-Hasta ahí llegaba su película. Primero lo torturaban para que cantara, y luego lo pasaban a la casa de piques, o a la jaula de los perros pitbull, que estaban entrenados con carne de humano, y lo que quedaba lo desaparecían en canecas con ácido y cemento, o en la alberca de ‘Pepe’, el cocodrilo ciego. 

-Cuáles eran las drogas que más vendían.

 -Todas, marihuana, bazuco, cocaína, popper, ácido, pepas, éxtasis, diazepan, heroína -bueno, aunque esa era la que menos se vendía-. Lo que ahora llaman tusi (cocaína rosada), antes era un revuelto de pepas. El bazuco era el preferido de los indigentes, porque es el que más embala, y es barato, se rendía con polvo de ladrillo y hueso de muerto raspado. Esa mezcla lo ponía a uno paranoico, hasta que lo vencía el sueño. La única paz que se sentía en el Bronx, era la del sueño, y el despertar, un nuevo pipazo.


"Esta foto me la hizo una compañera, cuando tocaba fondo con el bazuco".  Foto: archivo de Leidy

 -Usted de cuáles drogas consumía.

 -De todas, pero me envicié más al bazuco, y toqué fondo. Yo estuve un año en rehabilitación en la Fundación La Luz, que quedaba en Chinauta. 

 -Qué fue lo más duró que usted vivió en el Bronx.

 -El castigo, el encierro, porque yo era muy rebelde y no me la dejaba montar de nadie. Hasta al mismo Homero lo enfrenté un día. El man ardió de furia, y yo pensé que me iba a matar, o me iba a mandar a matar. Pero me mandó a uno de los sótanos, con candado, a oscuras, sin comida, sin bebida. 40 días en ese hueco.

-Se había podido morir.

-Es que en el Bronx uno vivía medio muerto. Con un empujoncito ya iba a parar al hueco.

-Leidy, ¿usted carga más de un muerto en su conciencia?

-(Levanta el índice). Uno, pero en defensa propia. Un tipo que me tenía envidia, pero que a la vez yo le gustaba. Un día se acercó y me dijo: "es usted, o soy yo". Le contesté: "píntela como quiera". Días después nos pusimos cita en una rockola. Pidió media de aguardiente.

Primer trago al suelo, "por los muertos". Después, trago va y trago viene. Sonaban rancheras. El tipo se quedó mirándome fijo, y soltó una lágrima. Sacó el arma y me disparó en el brazo derecho. Otro tiro me rozó el pecho. Sentí el quemón. Saqué mi revólver 38 mm. y le solté un balazo en la cabeza. Cayó sobre la mesa. 

Leidy cuenta el episodio con una frialdad pasmosa, como si estuviera describiendo un duelo de apaches justicieros en una cantina del viejo oeste. 

-Qué era lo que más la deprimía allá dentro.

-Nada, porque allá uno vivía casi todo el tiempo embalado de vicio. Hoy me da tristeza recordar a las jovencitas con sus uniformes de colegio que llegaban a comprar droga y a divertirse en las chiquitecas, porque terminaban como esclavas de los ‘sayas’ o de los ganchos, o muertas por sobredosis, o desaparecidas. Y eso me da dolor porque yo también entré niña a ese infierno, con la diferencia de que no tuve un hogar feliz.

-Y lo más horroroso que vio en sus diez años.

-Los ritos satánicos, porque se ofrecían criaturas recién nacidas que compraban o robaban para los sacrificios. Una noche le sacaron el bebé a una mujer y se lo entregaron a un gancho, y...

Leydi se atraganta, se le descompone el rostro y se le humedece la mirada.

-Disculpe, pero lo que pasó después, no lo puedo contar. Es muy fuerte.

Operativo de película 


La Kimora del Bronx quedó en el olvido. La de la foto es Leidy Johanna Gómez Baquero, en la actualidad una mujer renovada y con proyectos concretos de vida. Foto: Ricardo Rondón 

Era la madrugada del sábado 28 de mayo de 2016, cuando empezó el taca -taca de las aspas de los helicópteros que sobrevolaban lo que también se nombró como la "república independiente del vicio y la degradación".

En la intervención del Bronx (alcaldía de Enrique Peñalosa que, años atrás, entre 1998 y 2002, procedió a la recuperación y demolición del Cartucho), participaron 2.500 efectivos de la Policía y del CTI de la Fiscalía. Operativo conjunto en el que fueron rescatados 130 menores de edad, y capturaron decenas de delincuentes.

También utilizaron retroexcavadoras para derrumbar algunas viviendas a tiro de caerse, donde se asentó por más de diez años este cinematográfico museo del horror: habitaciones con el suelo empedrado de botellas y desechos, paredes descarapeladas, con parches de colores vivos, grafitis, héroes de animación como el verdoso Hulk; insignias y escudos de barristas, declaraciones de amor, y sentencias macabras como "No se haga llevar al cuarto de los descuartizados". 

Aprovechando el tremebundo alboroto de la toma, entre derrumbes y polvareda, Leidy Johanna Gómez Baquero puso pies en polvorosa. Se subió a uno de los camiones que transportaba parte del mundanal de habitantes que circulaban por las ruinas como zombies. Luego se reencontró con Michael, barrista de Millonarios, "el amor de verdad" -constata Leidy-, un muchacho dos años menor que ella, que había llegado al ‘infierno’ como todos: a buscar vicio.

"Michael también estuvo conmigo en rehabilitación, en la Fundación la Luz. El papá le daba todo. Su familia no me podía ver, porque decía que yo era lo peor del mundo. Y tenía razón. En la Luz tuvimos una noche desenfrenada y a los cinco meses perdí mi bebita. Entonces yo le dije que para qué seguir juntos, y él prometió que estaría conmigo hasta el infinito, por encima de todo lo que dijera de mí su familia riquita", relata Leidy, al tiempo que saborea un late con una torta terciopelo rojo.

'Olla, La Reja'


Leidy Johanna cuando hizo teatro en la Manzana de Cuidado de Bosa. Foto: archivo de Leidy

-Para dónde agarraron-, le pregunto después de tres horas de conversación.

-Nos fuimos para Bosa. Yo salí del Bronx sin saber hacer otra cosa que comerciar con droga. Allí nos instalamos, y me puse a trabajar en una 'olla' que llamaban 'La reja'. Ahí gané 'respeto', como dicen, hasta que me mandaron un mensajero del Tren de Aragua, que me trabajó de miedo: "O trabaja para nosotros, o quiere que se lo hagamos entender a punta de plomo", fue la sentencia.

Ahí sí me puse mosca: siempre que iba a salir, me ponía pasamontañas y llevaba mis ‘fierros’. Le recomendé a mi marido que tuviera cuidado.

Un día, Michael iba entrando al conjunto, y un sicario lo recibió con siete balazos. Él estaba con el niño de cuatro años. Yo estaba embarazada. En plena pandemia. Le encomendé el niño a una vecina. Cargué al moribundo como a un recién nacido y corrí a buscar un taxi que me llevara al hospital antiguo de Bosa. Ninguno me paraba. Recorrí desesperada varias cuadras, hasta que vi un taxi estacionado. Le puse el revólver en la cabeza al chofer para que arrancara a mil.

La angustia creció cuando el médico que lo atendió, no me dio esperanzas, dizque porque había perdido mucha sangre y estaba en coma. Michael conectado a una máquina. No sabía qué hacer. Lloré como nunca lo había hecho en mi vida. Yo en la inmunda, con el marido que se me estaba yendo, con un niño chiquito y otro en la barriga.


Leidy  y su esposo Michael celebran su graduación de bachilleres. Foto: archivo de Leidy  

Cómo estaría yo de mal que se acercó una señora a consolarme. Una enviada de un Dios que yo no conocía. Esa señora apareció como un ángel que me salvó y me solucionó la vida: un cambió del cielo a la tierra, o mejor, del infierno al cielo.

La señora se llama María Elena Castro González, del voluntariado de la Fundación Más (Misericordia, Amor y Servicio), de la Casa sobre La Roca, para los hospitales de Bogotá. Ella puso su mano en mi hombro y me dijo "cálmese, respire profundo, entréguele su dolor a Dios, y tenga fe". Eso me tranquilizó.

Dos días, después me hicieron un atentado. Querían borrar mi familia, la última en caer sería yo. Saqué lo más útil de donde vivía; cogí el niño y me fui a otro barrio, donde me hicieron dos atentados más, pero no pudieron conmigo. Estaba que hervía la guerra de los del Tren de Aragua, por dominio de tráfico, fronteras y extorsión. Mataron mucha gente que jibariaba droga sin autorización del Tren.

La gran noticia del cielo, es que, cuando en un principio me dijeron que no le daban esperanzas de vida a mi hombre, y que lo iban desconectar, Michael, reaccionó después de un mes de estar en coma. El médico dijo que era un milagro, pero que mi marido iba a quedar con discapacidad múltiple irreversible.

Una vida digna 


Leidy sueña, en un futuro próximo, con liderar su propia marca de café. También quiere publicar un libro sobre su novelesca historia de vida, y su renacer a punta de esfuerzos y sacrificios. Foto: Ricardo Rondón 

Leidy cuenta que empezó de ceros una nueva vida, y que hizo una suerte de pagamento para limpiar todo lo malo que había hecho:

"Me fui al río Bogotá. Desarmé las armas y las eché al agua. Pedí perdón a Dios y prometí, por mis hijos, por mi pareja, por mi vida, sacar de mi la mujer buena y desconocida que la maldad no me había permitido ver; porque desde niña, y con los años que estuve en el Bronx, yo creía que el mal era lo normal.

-Qué hizo para ganar el sustento de los suyos.

-Duré un tiempo reciclando en Corabastos. Ahí mismo me ofrecieron para cargar bultos y canastas. A las 2 de la madrugada llegaba con dos termos de tinto, a vender. En esas estuve, hasta que recibí una llamada de doña María Elena. Me dijo que si estaba dispuesta a trabajar en apartamentos y penthous familiares. De una, le agradecí. "Pero tiene que portarse decente y honrada", dijo. No se preocupe que yo no me robo un alfiler, y las groserías no van conmigo.

En 2022, Leidy Johanna Gómez Baquero se inscribió en la Manzana de Cuidado de Bosa (sistema distrital de protección, educación, orientación legal y psicológica, y capacitación micro empresarial), el programa comunitario gratuito más relevante de la alcaldía de Claudia López. Allí Leidy podía dejar al cuidado sus hijos cuando se iba a trabajar.

En esa Manzana, Leidy descubrió sus virtudes de actriz, cuando ella y otras mujeres del sistema fueron convocadas para participar en el montaje teatral '¿Quién cuida a los que nos cuidan?', resignificación del propósito de protección y solidaridad de población femenina vulnerable.


En La Casa sobre la Roca, donde Leidy labora hace dos años. Foto: Ricardo Rondón 

El logro más importante que consolidó Leidy como cuidadora de Bosa, fue por la alianza que la institución hizo con el Colegio Nuevo Chile, de esa localidad, donde ella validó primaria y bachillerato en un solo año. Michael también salió favorecido con ese diploma. Leidy enseña fotos de la graduación.

Un día, Leidy Johanna recibió una llamada de doña María Elena Castro González, su hada madrina. Era para ofrecerle un trabajo en servicios generales en La Casa sobre la Roca, una de las mega iglesias cristianas más grandes e influyentes de Colombia, fundada en 1987 por el periodista Darío Silva.

Leydi lleva trabajando dos años en dicha institución religiosa. Estudia Cocina Internacional, Pastelería y Servicio al Cliente, en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA). Está feliz porque en la iglesia la ascendieron como auxiliar de cocina. Y se regodea de contento porque asiste a un taller de barismo, pero anhela perfeccionarse con un tecnológico.

El día que la visité en su trabajo, demostró que sabe preparar late, capuchino, americano, expreso y granizados, entre otros. Dijo que también se está entrenando en la preparación de postres y pasteles, como el Red Velvet (terciopelo rojo), uno de sus preferidos. 


Leidy es inteligente, le gusta leer, y quiere seguir estudiando. Foto: Ricardo Rondón 

"Sueño con tener mi propia marca, porque este renglón es muy lindo. Por ahora me queda difícil, porque lo que gano (el mínimo), me alcanza a ras para pagar 850.000 pesos de arriendo (con servicios), la cuota mensual de mi moto eléctrica, que son 170.000; 450.000 cada mes, de la cuota inicial del apartamento que llevo pagando hace año y medio, ¡y que me lo van a entregar en diciembre!", celebra emocionada la mujer.

“En la Iglesia trabajo de domingo a domingo -continúa-. Los únicos días que descanso son los lunes, pero los aprovecho para hacer postres y venderlos en los parques o a la salida de los colegios, como para cuadrarme algo más en los gastos de casa, el mercado, mis hijos, mi marido, a quien tengo que comprarle permanente sus bolsas de colostomía. Pero guardo las esperanzas de que algún día voy a ser dueña de mi café".

-Leidy, seguro que lo va a lograr. Se lo merece, y está muy joven para hacerlo realidad. Necesito unas fotos suyas para complementar su perfil, no sé si tenga algunas del Bronx...

-Sí, sí, claro, ya se las comparto.

Leidy revisa en su galería, y muestra una foto en blanco y negro de su pasado tenebroso en el Inframundo de la L: una mujer ojerosa, demacrada, mugrosa, envejecida. Un documento brutal.

-¡No puede ser!, ¿esa señora es usted?-, le pregunto sorprendido. 

-Sí señor, así estaba yo. Esa foto me la tomó una compañera del Bronx con una camarita que compré, y lo dice todo: es el acabadero del bazuco. Quiero publicar un libro que cuente todo lo que me pasó en la mala vida, y cómo resurgí a una vida digna. Quiero liderar una causa para ayudar a muchachos y personas adictas en su rehabilitación. Si yo salí de ese infierno, muchos lo pueden lograr. Quiero hacer muchas cosas...

-Leidy, para terminar: ¿Usted se reconcilió con su mamá? ¿Cuánto hace que no la ve?

-Hace rato que no tengo noticias de ella. La última vez que nos vimos me dijo que prefería a la hija que habitaba en el Bronx, y no a la mujer renovada que hoy soy. ¡Imagínese!

-Sin palabras, Leidy. 

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