miércoles, 15 de mayo de 2019

Felipe García Silva, el Quijote cucuteño que partió con su circo a cuestas

"García Silva fue un soñador por excelencia: titiritero, actor callejero, maestro, dramaturgo, motivador artístico sin par". Foto: MinCultura
Semblanza del incansable artista, soñador y gestor cultural, escrita por su amigo de infancia.

Eduardo Yáñez Canal

Felipe García Silva, mi amigo, no dudó nunca en hacer de su vida una experiencia total. Lo conocí desde que nos asomamos al mundo, en Cúcuta, ciudad colombiana que mira a Venezuela. En la capital del Norte de Santander se amanece pensando en el Cúcuta Deportivo y el valor del bolívar. Somos de acá, pero nos movemos en un doble espacio, donde existen historias compartidas y un presente difuso, apto para la sorpresa y el cambio repentino. 

En Cúcuta es posible cualquier cosa. O ser muchas a la vez. Y Felipe García Silva escogió ser polifacético, diverso, no encasillarse nunca. Original, dicharachero y afectuoso, siempre supo que en la creatividad y el desparpajo estaba la razón de la existencia. Desde el kínder hasta el bachillerato rompió esquemas y se animó a mirar con la actitud de quien intuye que la verdad no está solo en las aulas, sino en el poder de la imaginación que rompe fronteras.

Él asumió la reflexión pero supo que en la expresión estaba el secreto. Y en todas las disciplinas, académicas, deportivas y culturales fue elaborando su tempus de manera serena, sin jactancias, solo con el ejemplo. Yo, que compartí con él la pasión por el fútbol, supe del mediocampista que no hacía concesiones y sabía improvisar el pase preciso, la cabriola, el pique o la jugada del guiño que nos acercaba en cada momento al disfrute del gol.

Con su colectivo 'Muro de espuma', Felipe trascendió fronteras. La gráfica corresponde a una presentación en el Festival Internacional de Teatro de Manizales. Foto: La Patria
Hoy, me atrevo a decir, que García Silva fue un innovador  de tiempo completo. No se limitaba a recitar la lección en clase, sino que le añadía el gesto espontáneo, la frase oportuna, el gracejo que rompía esquemas y nos dejaba a todos pensando en que había algo más allá del mero aprendizaje. Que debíamos mirar por la ventana y ver cómo el colibrí movía sus alas impetuoso mientras chupaba el néctar de las flores para luego escabullirse en el cielo.

De Moisés, su padre, adivinó la sapiencia que surge del contacto con la naturaleza. De Amelia, su progenitora, intuyó la serenidad de quien no necesitaba levantar la voz para comunicar su pensamiento. Con Julia, Patricia, Fernando y Mauricio, sus hermanos, disfrutó a plenitud los viajes a la finca de Aguaclara  donde, entre las labores cotidianas, había espacio para el chapuzón en el río, el galopar sin freno o el placer de comer naranjas y guayabas.

Un día, abandonamos la casa paterna y la ciudad de las primeras novias para llegar a la capital del país. Dejamos atrás el calor matizado por la brisa para refugiarnos en casas que nos protegían del frío callejero. Bogotá, donde siempre hay nubes, como escribiera el argentino Martín Caparrós, y la lluvia se convierte en compañera permanente, fue testigo de un Felipe García incansable, aventurero, repleto de nuevas historias, y quien ya había encontrado el amor del escenario, de la creación sin límites.

Aunque nuestros caminos se apartaron, cada cierto tiempo, en cualquier calle, en cualquier cafetería o en algún evento cultural nos encontrábamos. Era el motivo para volver a compartir pero, para mí, sobre todo la ocasión propicia de conocer la nueva puesta en escena o la iniciativa novedosa que mi amigo había puesto en marcha.

García Silva fue creador y director del Festival Internacional de Títeres. Foto: Archivo particular
Como lo dijo Manuel Cortés Castañeda, uno de sus alumnos, en El Espectador: Felipe García Silva fue soñador por excelencia, titiritero, actor callejero, el loco, el sabio, el dramaturgo, el hermano, el poeta, el maestro, el solitario, el eterno, el inmortal. Yo añadiría que fue, sobre todo, el amigo, ese que no vemos en mucho tiempo pero que siempre está allí cuando lo necesitamos y queremos un consejo, o el que se queda callado esperando que contemos nuestros dramas. Y al final, nos da un abrazo y nos conforta revelando que la vida es un mundo de problemas, pero también de soluciones.
      
Felipe sabía de mi oficio periodístico y una vez me abordó para invitarme a colaborar con un nuevo proyecto: una revista cultural. Se trataba de Melusina, homenaje a quien se identificaba con el calificativo de tan dulce como la miel. Pero  García le dio la múltiple dimensión que tenía: un personaje mitológico celta que se caracterizaba por ser mitad mujer y mitad serpiente. O aquella interpretación dada por otros autores de ser la protectora de las aguas.

De la añoranza: Felipe, el primero, a la izquierda, abajo, en cuclillas. Yáñez Canal, arriba, el tercero a la izquierda. Foto: Archivo particular
Será todo un boom, explicó enfático, mientras su mirada se perdía y la voz hablaba de que sería una revista-libro abordando en cada número un tema. Empezó entonces a contarme que el primer número sería sobre las fiestas religiosas y paganas de nuestro país y que aspiraba a que yo diera mi aporte. En esa ocasión, publicó una semblanza que escribí sobre el carnaval de Cúcuta en la época pretérita del terremoto de 1875 que destruyó la ciudad.

Luego, el periodista Ricardo Rondón Chamorro le hizo una entrevista donde mostraba la trayectoria divertida, iconoclasta, solidaria y profundamente humana de quien admitió luego en un espacio televisivo -al dar por terminada su aventura periodística- que de allí saldría para la cárcel por no haber podido pagar las deudas generadas por ese reto editorial que terminó siendo ave de corto vuelo.

Fue edil de Usaquén en la alcaldía de Antanas Mockus y empuñó las banderas de la cultura popular a través del circo como vehículo de sus creaciones. Foto: MinCultura  
Aquí resultaría interminable relatar todo lo que hizo Felipe García Silva en su paso por el mundo. Hoy, cuando lamentamos su partida, lo vemos, como siempre, dispuesto a rebatir a quienes impusieron el teatro comercial dejando a un lado a los grupos callejeros, o a defender la esencia del teatro como medio de comunicación fraterno y escenario de protestas ante el estado de cosas discriminadoras y apabullantes.

O lo recordamos cuando no vaciló en apoyar a la administración de Antanas Mockus y su cultura ciudadana hasta asumir por voto popular el cargo de edil en la localidad de Usaquén, donde hacía oír su voz de reclamo ante la postración de la cultura. O cuando lo vi en aquel curso que compartimos sobre gestión cultural, y nos asombraba con su conocimiento de la ciudad, al tiempo que criticaba los vaivenes, producto de actitudes politiqueras. A él no le tembló la voz para exigir un cambio con programas serios que permitieran darle al teatrero y a todos los practicantes de la cultura el respeto merecido.

Aunque supe de la partida definitiva de sus hermanos Julia, Patricia y Fernando en tan solo diez meses, no tenía noticias de mi amigo. Por eso hoy, con el dolor que me acompaña, no puedo menos que evocar su figura siempre dispuesta a un combate más. No importaba que se asemejara al personaje de Cervantes y con lanza en ristre tuviera que atacar a los molinos de viento.

O presentar el espectáculo de un circo sedentario que periódicamente invitaba a los bogotanos a disfrutar. Eso sí, con la satisfacción de sentir que todos salieran de El Muro de Espuma Circo Teatro contentos por haber tenido la oportunidad de ver el mejor espectáculo del mundo. Todo organizado por un verdadero Quijote que nos acompañó montado sobre dos siglos.

Gracias Felipe.
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