domingo, 28 de abril de 2019

Gustavo Mauricio García Arenas: la quijotesca misión de un editor independiente

Gustavo Mauricio García Arenas, fundador-gerente de Ícono Editorial/Códice Producciones. Foto: Victoria Puerta  
Ricardo Rondón Chamorro

Cundo Ícono Editorial cumplió diez años de actividades, en 2015, su cabeza mayor, el poeta, fotógrafo y editor Gustavo Mauricio García Arenas (Bucaramanga, 1960), los celebró en uno de los salones de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. A propósito del aniversario, se oyeron sensibles palabras del bardo nadaísta Jota Mario Arbeláez, seguidas de un brindis con una copa de vino entre los presentes. García Arenas, emocionado, rodeado de su gente, su equipo de trabajo, algunos sus autores, no pudo ocultar el llanto.

Eran tres lustros como editor independiente, al frente de Ícono Editorial, una labor quijotesca y de alto sentido filantrópico en Colombia, él que en años anteriores había probado las mieles de la prosperidad y el confort en sellos reconocidos como Intermedio, Norma, Aguilar (Grupo Santillana), Círculo de Lectores, Edimedios, entre otras.

La conmoción que lo embargaba tenía que ver con las luchas que hay que librar como editor en solitario para lograr un posicionamiento en el mercado, y lo más complejo, esos cuadres de caja con las finanzas, que en el gremio de los libros, bien se sabe, no son las más afortunadas, sino todo lo contrario, muchas veces con serios descalabros.

Aun así, la firmeza y el perrengue del santandereano no han permitido que García Arenas se doblegue, y por estas fechas (2019), cuando Ícono Editorial, aunando esfuerzos y sacrificios completa quince años, la satisfacción del editor se ve reflejada en 120 libros publicados, con un promedio de doce libros al año, la mayoría no ficción, más en la línea de lo que él llama verdades polémicas, temas enfocados en ciencias sociales, ensayo, crónicas, sin descontar por supuesto novela, cuento, poesía, de los más vendedores: El clan de los doce apóstoles, de Olga Behar; Violentología (libro de gran formato), de Stephen Ferry; El imperio de la salsa, de César Pagano; Mujeres valientes y poderosas de América Latina, de Florence Thomas y Matilde Salinas, entre otros.

Para la 32° Feria Internacional del Libro de Bogotá, Ícono Editorial trajo como novedades: Historia de un fracaso, de Víctor de Currea-Lugo; Crónicas de la violencia en los llanos, de Alberto Baquero; una redición de La nostalgia del melómano, de Juan Carlos Garay; La casa más grande del mundo, poemario de Liz Candelo, y otro poemario, Perder el tiempo, de Eduardo Camacho Guizado.
 
De la misión del editor independiente, sus bregas y altibajos para abrirse campo en el gran mercado, los costos de impresión, el desamparo del Estado como gremio, la indiferencia mediática, el precio de los libros, las acomodadas cifras de lecturabilidad en Colombia, entre otros temas, hablamos con Gustavo Mauricio García Arenas.

García Arenas: "La brega no es lanzarse al ruedo como editor independiente sino abrirse campo en los grandes mercados y saber sostenerse. Foto: Archivo particular 
 ¿Qué significa ser un editor independiente en Colombia?

“Significa publicar a conciencia y sin censura. No es publicar por vender sino por creer que es una necesidad que la gente conozca el contenido de un libro determinado. No es solo reaccionar al mercado”.

¿Y cómo es la rentabilidad? ¿Cómo son esas batallas que se libran?

“Poder compartir en igualdad de condiciones con los grandes grupos económicos. La dificultad es abrir un espacio dentro de esa rapiña que hay con el negocio de los libros en Colombia. Estamos hablando de lograr, primero un posicionamiento en las grandes librerías, y de lo más complicado, poder convocar la atención de los medios de comunicación”.

¿Cuánto capital se necesita para que un editor independiente se lance al ruedo?

“Lo primero es tener libros para publicar, y eso tiene que ver con un trabajo integral de autor, tema del libro, etc. Pero lo básico es cumplir con los requisitos legales que exige una razón social, su respectivo registro, documentos para su viabilidad, un contador, etc. Sacar un libro no es tan costoso. Lo que es costoso es mantenerse. El propósito es que nos dejen existir como editores independientes. Convivir en los mismos espacios culturales. Permitir que la oferta sea equitativa”.

¿Urge la necesidad de utilizar capitales que no están destinados para esos espacios, con el fin de llenar vacíos editoriales?

“Sí, es el principal drama de ser editor independiente. De hecho, la mayoría de editores en este caso tienen otras profesiones con las que subsidian esos vacíos económicos que por lo general deja esta labor”.


¿Qué otras labores desempeña en su caso?

“Hacemos corrección de estilo, diseño, fotografía, además de los ahorros de años, producto del trabajo con grandes editoriales”.
 
¿Son altos los costos de impresión en Colombia?

“Sí, son altos. El problema es de tirajes. En la medida de los tirajes largos, el costo es menor. Pero los editores independientes no siempre podemos darnos ese lujo. Imprimimos de acuerdo a la captación de un público determinado.  En ese orden se incrementa el precio de los libros. Y entre más alto el precio, pues obvio que baja la demanda, y se pierden lectores”.

¿Ayuda la Cámara Colombiana del Libro?

“Inicialmente hubo muy poca colaboración. Ahora nos facilitaron el ingreso, pero los costos monetarios para las editoriales independientes son muy altos si se quiere pertenecer a esta institución: hay que desembolsar más de dos millones de pesos anuales”.

¿Hay una asociación que cubra y respalde a los editores independientes?

“Nos respalda como gremio y se llama la Red de Editoriales Independientes Colombianas, que organiza frentes comunes de defensa y de discusión. Pero no hay ningún tipo de financiamiento. Y menos un respaldo estatal”.

¿Por qué no apuntarle de vez en cuando a esos rockstar de la literatura colombiana?

“El problema no es que no le queramos apuntar sino son ellos los que no le quieren apostar a una editorial independiente. Sin embargo hay excepciones como Florence Thomas, Olga Behar, Joe Broderick, y un rockstar como Noam Chomsky”.


Hay mucho poetas con gran producción que no encuentra con quién publicar. ¿Qué trato le da usted a los bardos?

“Con los poetas pasa como con los editores independientes. No viven de lo que producen como poetas sino de otros oficios, de las conferencias que dictan, de festivales internacionales de poesía a donde los invitan; porque son muy escasos los poetas que viven de la poesía que escriben, a no ser los herederos de Pablo Neruda, o aquellos poetas que han ganado el Premio Nobel. Las editoriales independientes publicamos poesía, pero tiene que ser con una financiación entre autor y editor, La poesía tiene mucho encanto en un sector especial de la población. Hay que ver la ambiciosa convocatoria que despiertan los certámenes de poesía. Pero la pregunta es cuántos libros vende un poeta por ejemplo en una festival de poesía como el de Medellín. Los aplausos son muchos, pero la utilidad es escasa. La gente no compra libros de poesía. Y los editores independientes no somos instituciones de beneficencia porque también vivimos en esa lucha de la supervivencia”.

¿Poetas colombianos de sus afectos?

“William Ospina, Juan Manuel Roca, Piedad Bonnett, Darío Jaramillo Agudelo, María Paz Guerrero, Darío Villegas. El problema es que hay una cantidad de nombres nuevos dentro de la poesía, de gran valía, que la gente no conoce por falta de difusión. Antes estas promociones tenían un espacio abierto en los magazines culturales de los periódicos. Pero esas ventanas, en los últimos tiempos, se han venido cerrando copiosamente”.

¿Son confiables las cifras oficiales de lecturabilidad en Colombia? O, definitivamente ¿los colombianos son muy malos lectores?

“Yo diría que el mejor termómetro para saber si la gente lee o no, más que las cifras oficiales del Estado para justificar políticas, es asomarse a la ventana: subirse a un transporte público como transmilenio y ver cuántas personas van leyendo. O en los espacios públicos, en los parques en las mismas librerías”.

En contraste y por esos mismos canales en Europa, Alemania, por ejemplo, que tiene uno de los índices más altos de lecturabilidad en el mundo.

“Y España, también, y en América Latina, Argentina. Pero en Colombia, ese panorama no existe. Y si existe en pequeñas proporciones basta averiguar qué está leyendo la gente. Si son textos obligatorios de colegios o universidad, o si están leyendo por entretenimiento o por interés cultural”.

¿Entonces esas campañas institucionales de lectura son infructuosas?

“Esas campañas de lectura gratis perjudican no solo al lector sino al sector editorial. Si la estrategia de lectura del Estado es regalar libros, pues mata las editoriales, porque la gente se habitúa entonces a que el gobierno le regala un libro, y de esta manera le quita el valor al libro, y ataca directamente al mercado. Mucha gente prefiere lo regalado, pero si uno entra a un bar, no ve a nadie que vaya donde el barman a que le regale un trago. Ahí se entiende que esa necesidad tiene que pagarse. Como debe ser con cualquier otra necesidad. Uno paga lo que a uno le gusta”.

¿Cree que las tecnologías han influido en la falta de interés por la lectura? La cultura de la lectura extensa se ha perdido notoriamente. Las nuevas generaciones no resisten más de cuatro párrafos.

“Sí, hay una mayor oferta de entretenimiento para las personas. Lo que tenemos que hacer los editores es ofrecerles a los lectores lecturas en esos medios digitales. Y competir por su atención. Para eso estamos publicando libros en formato digital y audio libros”.


¿Cree en la muerte próxima del libro de papel?

“Yo diría que no, porque el placer físico de tener un libro de papel y tinta en las manos, no lo produce un artefacto”.

¿Cuántos libros se lee usted al año?

“Yo tengo una lectura muy profesional del libro. Una tara profesional de lectura, que es leer pensando cómo editar y publicar libros similares, o rechazar un tipo de edición. Entonces leo libros para indagar cómo escribió el libro el autor, cómo el editor tomó la decisión de publicarlo, qué tipo de papel utilizó, cuántas tintas, qué formato, el tipo de fotografía y de ilustraciones, el tipo de letra, etc. Soy más como un vampiro de los libros: absorbo lo que más puedo de ellos, o de mis lecturas, para transformarlo y aplicarlo en mis publicaciones”.
Aún se percibe el aroma horneado de su poemario Como el pan, de la colección Piedra de sol, de Editorial Magisterio, publicado hace como veinte años. ¿Qué pasó con ese poeta que en un tiempo no lo dejaba dormir tranquilo?

“Sigue intranquilizándome el sueño”.

Prográmese aquí con su familia en la Filbo 2019: bit.ly/2p4um78
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