'Poesía sin fin', película autobiográfica del creador chileno Alejandro Jodorowsky, aclamada en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes (2016). Foto: Trilce |
Aprendí
a ser… Aprendí a amar… Aprendí a vivir… Abriendo mi corazón escucho el llanto
del mundo. (Alejandro
Jodorowsky).
En Poesía sin fin,
la película depurada y decantada del enorme creador chileno, está resumido lo
bello, lo trágico y terrible de su vida, y de todas sus vidas a cuenta y riesgo
del mimo, poeta, sicomago, marionetista, actor, cineasta, músico, dibujante, tarotista,
cabalista hebreo, hechicero mapuche y nómada irredento, a punto de completar la
edad nonagenaria.
La juventud fracturada y mancillada del poeta Jodorowsky en el Chile de los
años 40, en un acto liberador del yugo machista de un padre que a fuerza de
reproches y de inauditas acciones brutales se interpone en sus anhelos, tiene
como punto de partida la revelación que en una una madrugada le hace un beodo en
una calle hampesca del barrio Matucana, de Tocopilla, Antofagasta,
que lo vio nacer: Una virgen desnuda
alumbrará tu camino con una mariposa que arde.
De izquierda a derecha: Jeremías Herskovits, la soprano Pamela Flores y Brontis Jodorowsky, primeros narradores de la historia. Foto: Trilce |
Ese insecto de alas crepitantes en las tinieblas de su
reprimida existencia, significó para el poeta la metáfora del arte como acto redentor:
el vehículo de puertas abiertas que le esperaba para cumplir sus fantasías, y
dar rienda suelta a esa locura transgresora de la creación y la anarquía, que tiene
cierta semejanza con la de Raúl Gómez
Jattin, el eterno amanecido del Valle del Sinú en los poemas de su libro
mayor El esplendor de la mariposa.
Jodorowsky
emprende en un caballo desbocado el viaje alucinante de la poesía, de la bohemia
sin límites, de la parodia circense, de sus primeros flirteos con la carne
opulenta e insaciable de la mujer amada, y del vino que no faltaba en los rancios
cafetines de la burguesía chilena donde anidaron otros letrados en ciernes como
el antipoeta Nicanor Parra, el
escritor y crítico Enrique Lihn y la
controvertida poeta Stella Díaz Varín,
conocida como La Colorina, pero
también en las francachelas de sórdidos burdeles donde asomaba la ponzoña afilada
de la locura y el hampa.
Pamela Flores en el rol de la poeta Stella Díaz Varín, conocida como 'La Colorina'. Foto: Trilce |
Es el teatro rodante del simbolismo Jodorowskyano, con nítidas pinceladas de la tragedia barroca
alemana del siglo XVII, del irreverente y en su época censurado teatro
lorquiano; por supuesto, del surrealismo italiano, y de las carnestolendas
orgiásticas de la cultura europea, Venecia, particularmente, con sus exquisitas
máscaras y disfraces alegóricos, pero también del encabronado festín latinoamericano
con su derroche bullanguero de
esperpentos, eunucos, malandrines, travestidos y damiselas (como en los óleos del
barranquillero Ángel Loochkartt).
Autor de un western de culto como El topo, escritor de cómics extraordinarios y revolucionarios del
teatro a contracorriente de todo convencionalismo junto a Fernando Arrabal (con quien fundó el grupo vanguardista Pánico), Jodorowsky presenta en su Poesía
sin fin (aclamada en la Quincena de
Realizadores del Festival de Cannes en 2016) el resumen de su saga
autobiográfica que comienza con La danza
de la realidad (2013), interpretación fantasiosa de su infancia, en contraste
con el turbulento ambiente político y social del Chile de los año 30, y empata con
la síntesis de una prolífica vida invertida en el culto al arte, la poesía, el
amor, la aventura y la belleza, y a su profundo conocimiento de la condición
humana: La poesía es sólo amor, transgrede las prohibiciones y se atreve a
mirar de frente a lo invisible.
Los sueños, las fantasías y las carnestolendas multicolores presentes en la iconografía del gran Alejandro Jodorowsky. Foto: Trilce |
Al mismo tiempo, un cuadre de caja con su padre, Jaime Jodorowsky Groismann, un emigrante
judío ucraniano de corte estalinista, imperioso y agresivo, quien a principios
de los años 20, con su mujer Sara
Felicidad Prullansky se asentó en la ciudad de Tocopilla, región de
Antofagasta, donde abrió Casa Ukraniana,
una miscelánea de baratillos, la misma donde el joven
Alejandro aprendió los trucos y saberes del entorno mercantilista, y en las
noches, a hurtadillas, con un candil de mechero, se deleitaba hasta el
despuntar del alba con sus lecturas de Federico
García Lorca y Oscar Wilde.
El reparto de Poesía
sin fin, como gran parte de la financiación de la película, fue un asunto
de familia, y del nutrido club de seguidores por años de Jodorowsky, de su hijo Adán,
quien interpreta al Alejandro de la
juventud, de Brontis Jodorowsky, el
vástago mayor, quien representa al padre; la bella y talentosa soprano chilena Pamela Flores Vargas (con quien ya
había trabajado en otras de sus producciones como La danza de la realidad), que se la juega admirable, operática y
voluptuosa en los roles de Sarita
Felicidad, y La Colorina; además
de Jeremías Herskovits, como
Alejandro adolescente; Leandro Taub,
en el rol del escritor y crítico Enrique
Lihn, y el actor y dramaturgo chileno Felipe
Ríos, como Nicanor Parra, entre otros.
Que no faltara el vino ni las mujeres ni los excesos ni los placeres: la bohemía sin límites del joven poeta Jodorowsky. Foto: Trilce |
Vale apuntar que en Poesía
sin fin, Jodorowsky pone en el
cadalso a su compatriota, el poeta Pablo
Neruda, a quien siempre señaló como el viscoso
poeta nacional, el parnasista adornado, acomodado al poder y a las arcas de los
millonarios, quien presumía de su espíritu mesiánico sin ahondar en la cruda
realidad humana, en el dolor y el desarraigo de las guerras. De ahí su
estrecha amistad con Nicanor Parra,
a quien consideró hasta su muerte como el bardo legítimo, despojado de egos y
vanidades, fijado a lo que más se ama: la poesía.
Los escenarios que navegan en Poesía sin fin tienen un marcado aliento del París desenfrenado de
finales del siglo XVIII y principios del Siglo XIX. Se corren telones del permisivo
cabaret francés que vio parir entre penumbras y humaredas de cigarros y
fumarolas de hachís a poetas malditos como Verlaine,
Mallarmé, Rimbaud, Corbiere, Villers, Desbordes-Valmore, Nerval, Artaud, Lucien
Ducasse, el mismo Conde Lautréamont,
y el máximo representante de este movimiento, Charles Baudelaire con su obra cumbe Las flores del mal.
Adán Jodorowsky y Pamela Flores Vargas, en uno de los cuadros de la película. Foto: Trilce |
No en vano, Jodorowski
ha estado marcado por el esplendor de las luces parisinas en diferentes épocas,
cuando atosigado por las ínfulas fascistas de su padre, el mercader, que le destrozaba
los libros de García Lorca porque no
quería que su vástago se volviera maricón, sino comerciante, como él, abandonó
el terruño a los 23 años para internarse en la manigua parisina donde para
ganarse el sustento aprendió las artes esotéricas del tarot y de la sicomagia;
las del mimo, con el gran Marcel Marceau;
y las del guion y el teatro extremo (o extraterritorial)
con Jean Moebius, con quien escribió
su obra de culto El Incal, piedra
angular de películas como La montaña
sagrada, El topo, Santa sangre y La
danza de la realidad.
De hecho, Jodorowsky,
sigue siendo una figura rutilante en Europa, y asiste todos los miércoles, a la vera de sus noventa
años, al renombrado Cabaret Mystique,
de París, cuna de sus inconcebibles fantasías e incomprendidas realizaciones
artísticas, donde llevó por primera vez, hace muchas décadas, el Teatro del Pánico, macabra puesta en
escena donde sangraba y descuartizaba animales para provocar la hilaridad y el
shock del público. Allí sigue fascinando a los contertulios con sus
conversaciones y demostraciones de cábala hebrea, tarot, chamanismo mapuche y
sicomagia.
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