miércoles, 4 de diciembre de 2013

Martirio y su hijo Raúl, desde 'Un mundo raro'

Martirio y su hijo Raúl Rodríguez, protagonistas de 'De un mundo raro. Cantes por Chavela'

Ricardo Rondón Ch.

Don José Alfredo Jiménez y doña Chavela Vargas, los dos juntitos entre escarchas de esferas siderales, deben estar celebrando ahora mismo el desgarrador eco por cantes de Martirio, acompañada en la guitarra flamenca por su virtuoso hijo Raúl.

Será un motivo más que suficiente para acompañar con tequila o con brandy de solera los dejos melancólicos de una de las piezas musicales más sentidas y reconocidas del cancionero popular mexicano, que para fortuna de Melopea universal tantas versiones ha arrojado: la de Joan Manuel Serrat en su memorable disco ‘Tarrés’, por supuesto la de Chavela Vargas en su inagotable peregrinaje por escenarios de América y España. Y ahora, la de Martirio y su retoño, en ese pentagrama garboso de los palos flamencos, con esos sostenidos en Fa mayor que hace que a hurtadillas se recorte la respiración.

Un trabajo, a la par del disco como del espectáculo en vivo, que la consagrada intérprete de Huelva (España), remite como una fusión entre la vida,  la muerte y la inmortalidad, que es el homenaje que ella y su vástago le han hecho con el corazón hecho un puño a La Chamana, como ellos se refieren de Chavela Vargas.

En el apartado digital son diez canciones que han hecho historia en el sentimiento de quienes han cultivado por generaciones lo más depurado de la melodía oficial de México. Letras que cualquiera de nosotros hemos cantado a capela en el remate de una farra o en evocaciones de María Dolores Pradera, del propio José Alfredo Jiménez y, esta vez, de la homenajeada Chamana.

Por la garganta recia y a la vez aterciopelada de Martirio, fluyen letras como ‘Un mundo raro’, que da nombre al CD y al concierto en tarima, que Colombia, como primer puerto internacional de esta gira, tendrá el privilegio de disfrutar mañana jueves 5 de diciembre en el teatro ‘Jorge Eliécer Gaitán’, en Bogotá, y el viernes 6 en el teatro ‘Pablo Tobón Uribe’, de Medellín.

En ese racimo también suenan clásicos como ‘El andariego’, ‘Luz de luna’, ‘Quisiera amarte menos’,  ‘La sandunga’, ‘La llorona’, ‘Las simples cosas’ y ‘Sombras’, entre otras, que con los arpegios de Raúl Rodríguez, antropólogo cultural y guitarrista excepcional, visten de traje andaluz y enhorabuena a lo más representativo de la ranchera.

Tarea que no ha sido fácil si se tiene en cuenta el encierro de ambos, el estudio concienzudo a voz y cuerdas, los sabios silencios que deja la humildad en los intervalos, pero en definitiva, el disfrute, el goce absoluto de transmitirlo a su público en la rotundidad, el amor profundo que les inspira estas melodías y el respeto y la admiración por una de sus grandes intérpretes y cultoras, la siempreviva Chavela Vargas.

Tres cartuchos en el cabello engominado, unos arabescos en ónix que ahora reemplazan su tradicional peineta de carey. Y sus gafas. Las gafas que, según ella, protegen su desnudez interior y de las que sólo se despoja en ocasiones especiales, seguramente, como lo hará en Bogotá y Medellín, cuando ante micrófonos dedique estos conciertos a su amiga desde los cielos, Fanny Mikey y a su máxima obra para fortuna de Colombia y del planeta histriónico: El Teatro Nacional, que por estas fechas cumple 32 años de actividades.
                      
Así lo ratificó Martirio esta mañana en su encuentro con la prensa cultural en el Hotel Cosmos de la capital, con una sencillez que raya en la más genuina modestia, con el candor de su voz de interlocutora a manera de susurro y con el aprecio de antología que ella siempre ha sentido por Colombia: “Es un país que extraño mucho al otro lado del océano, que me ha enseñado tan cosas y que llevo a donde quiera que voy como parte de mi equipaje”.  Se refirió a la grandeza de dos mujeres nuestras porque quienes ella profesa notable admiración:  Totó la Momposina y Petrona Martínez, pero también hizo énfasis en la fortaleza y alegría que a su estado anímico y como un bálsamo confiere el vallenato.


Por su parte, Raúl Rodríguez, hizo hincapié en que ‘Un mundo raro’ “y aunque no fue concebido en un principio como tal, resultó ser una terapia, un ejercicio medicinal, pero a la vez una cita con el aprendizaje mutuo, una mezcla de culturas a través del sentimiento, la guitarra, la poesía y el canto, y el inmenso aporte de ese conjunto en su belleza que transforma para bien al ser humano”.
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