lunes, 12 de noviembre de 2018

Edgardo Cozarinsky, cazador de fantasmas

El galardonado con el V Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, el narrador y cineasta argentino, de 79 años, Edgardo Cozarinsky. Foto: Efe
Ricardo Rondón Chamorro

Leyendo el cuento La otra vida, del recién galardonado con el V Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, el argentino Edgardo Cozarinsky -que hace parte de su laureado libro En el último trago nos vamos-, no pude escaparme, sin vacilaciones, a pellizcarme el dorso de la mano para comprobar que estaba vivo.

Una vez terminado el relato, de la bruma memoriosa fueron emergiendo personajes como Rogelio, protagonista del fantástico corto de Guillermo Arriaga; aquel muchacho alegre y aferrado a la vida, que insistía en vivir después de muerto; también el bello rostro cetrino de Grace Stewart (Nicole Kidman) y sus hijos Anne y Nicholas, protagonistas de Los otros, de Alejandro Amenábar; del obstinado Juan Preciado, de Pedro Páramo, de Juan Rulfo; y los fantasmas que atizan en la mayoría de narraciones de Gabriel García Márquez, pero uno en particular, el alma en pena del Ludovico de sus Espantos de agosto (Doce cuentos peregrinos).

La otra vida, de Cozarinsky, que encabeza su libro premiado, es una obra maestra del relato, que tiene como escenario el ombligo de la Buenos Aires que lo vio nacer hace 79 años, con ese añejo aire porteño y milonguero de la vida nocturna que resumen sus personajes y lugares, sus rancios amores, sus insomnios desaforados, y esa amistad estrecha que trasciende entre lo erótico y familiar, la quietud y la contemplación de la vejez, y a su vez, la partida inexorable con un plazo a medias en esa otra vida que también se va borrando al cabo de un tiempo hasta diluirse en un odorífico recuerdo de infancia.

Con 'En el último trago nos vamos', Cozarinsky ganó entre 127 obras de veintiún países que aspiraron al cotizado premio. Foto: La Pluma & La Herida
Si fuera una creación plástica, el cuento de Cozarinsky podría tener la presentación de un intaglio de Omar Rayo, un pañuelo de papel, de varios dobleces, que en la medida en que se va desdoblando, sugiere, con la delicadeza con que están elaborados los origami, revelaciones de algo terrible o profundo que se esconde en su interior. Aquí la curiosidad supera al temor, en el caso de La otra vida, las ficciones y los misterios del más allá, asuntos intrínsecos de la condición humana, y de siglos a la fecha, enganche fascinante de la literatura.

En La otra vida, el gancho para el autor no es otro que la preocupación que para el hombre ha significado divagar por los meandros de lo sobrenatural, de las concesiones que se traban en la edad senil, en la enfermedad o en la desgracia para perpetuar un tramo la existencia; y de esa nostalgia del alma gaucha que nace con el uso de la razón y se prolonga hasta el último suspiro, y más allá, gracias a los favores de la inspiración y de la delgada línea paralela a la fantasmagoría.

Los personajes de La otra vida cuentan con la facultad de recoger sus pasos en cuadros en blanco y negro, retornar a los espacios de sus afectos, caminar sin rumbo, enredarse en vericuetos indescifrables, reencontrarse con sus primeros amores, conciliar una noche de sexo en posadas que antaño frecuentaron, volver, como en el tango gardeliano, al lugar de los nefastos acontecimientos,  y vivir esa otra vida, la existencia póstuma, que el escritor cita, mientras les llega el turno de borrarse definitivamente como el vaho en el espejo.

El ganador, minutos después de conocerse el fallo del jurado calificador, en ceremonia celebrada en el Teatro Colón de Bogotá. Foto: La Pluma & La Herida
En el proceso de creación, Cozarinsky cabalga en el mismo caballo de la cinematografía. La experiencia y la sabiduría de los años le han permitido cargar en ancas la memoria de sus muertos, de sus familiares y más cercanos amigos, algunos que han fenecido mucho más jóvenes, en circunstancias dramáticas, en el lecho de una enfermedad terminal, o en absurdos accidentes, como el protagonista de La otra vida, Antonio Graziani, que comparece a la existencia póstuma después de haber sido atropellado por un automóvil.

Los fantasmas están presentes en todos los relatos del laureado narrador argentino. Tienen vida propia y se camuflan en el gentío de la gran urbe, en  bulines, confiterías, librerías. Nunca están quietos, siempre se movilizan, y no les queda otra alternativa porque saben de antemano que el tiempo es breve antes de diluirse.

Sucede también en Noches de tango, un relato de un vórtice escalofriante, donde la protagonista, una joven ilusionada con ser estrella de la televisión, sufre un impresionante accidente en moto que le destroza el rostro, y que en el quirófano es reemplazado por uno nuevo. Un personaje mezcla de zombie y vampira.

Para Cozarinsky, no es extraño que estemos poseídos por la memoria de nuestros muertos, como tampoco que en vida transcurrimos como fantasmas, o somos lo más próximo a un fantasma, esa metáfora de la cruda realidad que nos acontece.

¿Acaso no son fantasmas los miles de migrantes africanos que periódicamente se embarcan en navíos improvisados para alcanzar las costas europeas a sabiendas que en esa aventura están exponiendo sus vidas y las de sus seres queridos? ¿O los migrantes de Centroamérica, que a contracorriente de la implacable ordenanza de Trump de dispararles si osan acercarse a sus dominios, persisten en su empresa suicida? ¿No es fantasma un desempleado que lleva años golpeando puertas sin respuesta alguna? ¿O las viudas del conflicto armado que a diario conviven con las ánimas de sus hijos y esposos muertos o desaparecidos?

Edgardo Cozarinsky, el ganador

La mirada de todas las miradas en el fascinante y no menos complejo y desafiante ejercicio del cuento. Foto: La Voz
El jurado del Premio, integrado por el escritor, traductor y editor argentino-canadiense Alberto Manguel, la novelista y poeta colombiana Piedad Bonnett, la ensayista y novelista chilena Diamela Eltit y el escritor mexicano de novela negra Élmer Mendoza, coincidió el pasado viernes 10 de noviembre de 2018, que el ganador de la quinta edición de Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez era el escritor argentino Edgardo Cozarinsky por su libro En el último trago nos vamos, publicado por Tusquets Editores, entre las 127 obras postuladas por igual número de escritores de 21 países de Hispanoamérica.

En el acta, el jurado del Premio destacó de la obra de Cozarinsky “que En el último trago nos vamos es, sobre todo, un libro escrito con un gran oficio narrativo, con raíces profundas en una antigua tradición literaria y de una notable solidez intelectual. Entre sus temas están la identidad existencial, la vejez y la infidelidad de los recuerdos, todos elaborados por Cozarinsky de una manera singular, otorgándoles una dimensión literaria solvente y necesaria. Sus cuentos describen mundos diversos en los cuales los protagonistas resultan ser fantasmas o, al menos, fantasmagóricos. Los escenarios van de la geografía argentina hasta los de Europa del Este y Asia, todos arraigados en el imaginario de Cozarinsky".

Cozarinsky recibió, además de una estatuilla inspirada en las mariposas amarillas de Gabo, la suma de USD$100.000. Su libro también circulará en las 1500 bibliotecas de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas de Colombia. Al recibir el galardón, el escritor, quien inició su gusto por la lectura y la escritura, gracias a autores como Borges, Kafka y Chejov, y complementó que "recibir este premio en nombre de Gabriel García Márquez me toca muy profundamente. Este autor fue muy importante para mí en un momento de mi juventud. Tenía veinte años y empezaba a hacer periodismo. Sentía que lo que hacía no era importante. En ese momento leí Relato de un náufrago. Este libro me inspiró, porque parte del periodismo y llega a ser literatura. Esa narrativa, a partir del periodismo, me cautivó mucho antes de su obra maestra Cien años de soledad. Esa obra me sacó del pozo de frustración que tenía y me impulsó a escribir".

El ganador, con los finalistas de la convocatoria: Andres Mauricio Muñoz (Colombia), Santiago Craig y Pablo Colacrai (Argentina), y Constanza Gutiérrez (Chile). Foto: BNC 
Durante la ceremonia de premiación realizada en el Teatro Colón de Bogotá, Consuelo Gaitán, directora de la Biblioteca Nacional de Colombia, destacó el alcance que ha logrado el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez en sus primeras cinco ediciones. "Desde 2014, el Ministerio de Cultura de Colombia ha buscado, con este reconocimiento, impulsar la escritura y la publicación de cuentos en nuestra lengua española. Hemos sido testigos, en estos cuatro años, del aporte del premio para que los autores tengan nuevas ediciones de sus obras, traducciones a otros idiomas y circulación en las más importantes ferias internacionales; en encuentros con lectores de las más diversas latitudes".

Por su parte, el escritor argentino Alberto Manguel, Presidente del jurado del Premio, afirmó que "este galardón celebra el género literario más antiguo de nuestra historia. Anton Chéjov cuenta que una vez, cuando ejercía como maestro rural, pidió a los niños que escribieran un relato sobre el mar. Uno de ellos escribió un relato de solo cuatro palabras: El mar es grande. Chéjov dijo que eso era lo que esperaba de un cuento. Justamente, las cualidades que hacen los mejores cuentos son: la brevedad, la verdad poética y el estilo".

La quinta edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez tuvo como finalistas a los escritores: Andrés Mauricio Muñoz, de Colombia, con su libro de cuentos Hay días en que estamos idos (Seix Barral); los argentinos Santiago Craig, Las tormentas (Editorial Entropía) y Pablo Colacrai con Nadie es tan fuerte (Editorial Modesto Rimba), junto a la escritora chilena Constanza Gutiérrez con su libro Terriers (Editorial Montacerdos); representantes de muy diversas maneras de escribir cuentos en América Latina actualmente.

Cada uno de los finalistas recibió la suma de USD$3.000, y sus libros harán parte, también, de las colecciones de las bibliotecas públicas de Colombia.

Edgardo Cozarinsky (Argentina)

Cozarinsky, estupefacto, al recibir la escultura de manos de Consuelo Gaitán, directora de la Biblioteca Nacional. Los acompaña el presidente del jurado, Alberto Manguel. Foto: Efe 
(Buenos Aires, 1939).  Cineasta además de escritor. Su obra cinematográfica ha explorado la mezcla de ficción y documental. Considera que su obra literaria empieza con Vudú urbano, libro inclasificable que en distintas reediciones prologaron Susan Sontag, Guillermo Cabrera Infante y Ricardo Piglia. Es autor de ensayos (El pase del testigo, Blues, Nuevo museo del chisme, Disparos en la oscuridad), relatos (La novia de Odessa, Tres fronteras) y novelas (El rufián moldavo, Maniobras nocturnas). Tusquets ha publicado sus novelas más recientes: Lejos de dónde (Premio de la Academia Argentina de Letras 2008-2010), La tercera mañana, Dinero para fantasmas, En ausencia de guerra y Dark.

En el último trago nos vamos (Tusquets Editores)

Siempre hay un trago después del último en las novelas y cuentos de Edgardo Cozarinsky, y aunque la canción lo anuncie nadie se va del todo. Los insomnes errantes encuentran un bar abierto donde los esperan historias inauditas. En Buenos Aires, los muertos sobreviven en una precaria segunda vida; en la selva guaraní o en las ruinas de Angkor palpitan, invictos, los sacrificados. Y en un rincón de Brooklyn opera una vidente que puede transformarse en la madre del incauto que se anima a consultarla.

Como un caleidoscopio de todos sus registros narrativos, el nuevo libro del autor de Lejos de dónde y Dark explora las muchas dimensiones de lo imaginario, de la memoria afectiva y sus imprevistas confluencias, de distintos rostros del deseo. El resultado es un libro inquietante, donde la superficie de lo narrado se quiebra constantemente para revelar una realidad insospechada.

El cuento

En cada discurso de Alberto Manguel, presidente del jurado del Premio Hispanoamericano de Cuento GGM, siempre hay una breve clase magistral de cuento. Foto: Martha Robles
(Palabras del presidente del jurado en el introito de la ceremonia de premiación, cedidas a La Pluma & La Herida )

Por: Alberto Manguel

Chéjov cuenta que una vez, cuando estaba ejerciendo por un breve periodo la penosa profesión de maestro rural, había encargado a los niños en su clase una composición sobre el tema del mar. Entre los escritos que los niños le entregaron había uno que consistía de tan solo cuatro palabras. El mar es grande. “Esto”, anotó Chéjov en su diario, “es la perfección que estoy buscando cuando escribo cuentos”.

1.

Brevedad, verdad poética, estilo por supuesto: estas calidades hacen a los mejores cuentos, y oponen en la imaginación del público lector, al menos en lo que concierne a la primera, el cuento a la novela. Sin embargo, cada una de estas calidades afecta a las otras.

• La brevedad enfoca la atención en lo que es absolutamente y esencialmente cierto en la historia, sin permitir al autor irse por las ramas ni diluirse en banales imprecisiones, y ofrece así al lector, en el mejor de los casos, una voz adecuada -y hasta exigida- por los eventos contados.

• La verdad poética es necesaria en el cuento porque el lector husmea las patrañas, las falsas noticias, esas hipocresías que siempre debilitan el estilo y que en la extensión de una novela quizás se noten menos. La complicidad de los lectores de cuentos sólo se obtiene si éstos oyen la voz del autor diciéndoles: “Por supuesto que miento. Ahora ¿me crees?”.

• Y en tercer lugar, el estilo porque, como dijo Oscar Wilde, en asuntos de grave importancia, lo esencial es no la sinceridad sino el estilo”.

2.

Brevedad, verdad poética, estilo. Esta trinidad literaria, si bien ilumina también los otros géneros, se manifiesta en el cuento con indiscutible y tremenda claridad. Y como en la Trinidad teológica, estas calidades no pueden ser separadas la una de la otra. Un estilo ampuloso o avaro diluye o evita la verdad. Una verdad dicha con pobre estilo y sin concisión no es convincente. Y brevedad sin verdad ni estilo no es un cuento sino un tweet.

Me dirán que hay excepciones. Por supuesto. Sin embargo, aún en los casos cuando lo que llamamos un cuento abarca un escandaloso número de páginas (como en algunos de Alice Munro) o intenta un estilo casi invisible (como en los de Virginia Woolf) o admite mentir con descaro (como lo hace Amparo Dávila en varios de sus cuentos) de manera explícita o implícita esa trinidad está siempre presente.

Son estas calidades las que mantienen la atención del público desde las primeras narraciones cavernícolas. Eso lo entendió Sherezade, quien dividió su relatos salvadores en fragmentos para que abarcasen cada uno, como un breve sueño, la extensión de una única noche. “Me alquilo para soñar”, dice Frau Frida en uno de los Doce cuentos peregrinos. Y García Márquez agrega, definiéndose al mismo tiempo a sí mismo: “En realidad, era su único oficio”.

Edgar Alan Poe, maestro del cuento, en una reseña de los memorables cuentos de Hawthorne, opinó que, para quien quiere contar una historia, la novela común y corriente no sirve a causa de su exagerada extensión. “Como una novela no puede ser leída de un trago”, dijo, “pierde el inmenso poder que proviene de una totalidad narrativa”.

3.

Poe (quien no había leído a Thomas Bernhard) arguyó que un novelista debía dar todo a conocer y que tenía el deber de explicar o de explicarse. El cuentista, en cambio, según Poe, podía permitirse una simple declaración de principio o una concluyente paradoja. Poe, como sabemos, rara vez siguió sus propios consejos.

Con la excusa de no querer extenderse, un cuentista puede ofrecer solamente ciertas claves esenciales y, en el mejor estilo de los relatos bíblicos, no decirnos de qué color eran los ojos de David ni la edad del hijo pródigo.

A los autores de la Biblia les basta con contarnos que Cristo echó a los mercaderes del templo sin hacer la lista de los productos que vendían, y que Moisés muere antes de llegar a la Tierra Prometida sin describir el sin duda melancólico paisaje de sus últimas horas.

En el caso de Poe, no sabemos cuál fue la supuesta ofensa que condena al pobre Fortunato en “El barril de amontillado” ni cuál es el camino que lleva a la sombría Casa de Usher. Estas precisiones hubiesen sido inútiles.

Brevedad, verdad, estilo. En 1929, René Magritte pintó un cuadro llamado La traición de las imágenes que se hizo inmediatamente famoso, menos por sus precisas pinceladas que por la insolencia de su subtítulo.

Magritte pintó una pipa y debajo de ella escribió con prolija letra de colegial: “Esto no es una pipa”. “Esto no es una pipa” como “El mar es grande” ejemplifican los dos polos de una narración -ocultar lo que se narra y resumir su esencia- y entre los dos definen quizás lo que llamamos un cuento.

'La otra vida', de Edgardo Cozarinsky, publicado en Arcadia: bit.ly/2PlKl0J
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