domingo, 3 de septiembre de 2017

Vibrante toque llanero en el Colón pidió Joropo al Parque para Bogotá

Walter Silva, poeta del folclore llanero, exhibe emocionado la petición urgente de la fanaticada. Foto: La Pluma & La Herida   
Ricardo Rondón Ch.

En platea, en los palcos, en lo alto del gallinero, por los corredores entapetados de rojo carmesí, minutos antes de iniciarse el toque llanero, pasaban criollos apresurados con sus borsalinos, sus pelo e’guamas, sus cogollos y de rodeo, esos sombreros que identifican el señorío y la elegancia de los baquianos de llano adentro, como en el mentado Llanerazo del Cholo Valderrama:

Una vez llegó a un parrando, un viejito encotizao / con sombrero pelo'e guama y el pantalón enrollao / parecía del Casanare por su estampa y su parao / cargaba chimu del bueno y hablaba medio golpeao (…)

Esta vez el parrando no se producía en una talanquera bajo la luna roja de un amanecer de postal en Paz de Ariporo, Orocué, Hato Corozal, Pore, Trinidad, Aguazul o Villanueva, en el Casanare; o en cualquiera de esas fértiles praderas que abrevan en el Arauca vibrador; uno de esos parrandos, camarita, donde sin darte cuenta pasas de largo y te sorprenden los primeros rayos del sol con humores de café tiznado, hayaca, plátano frito, y mugir de ganado.

En esta ocasión, el convite de talentosos músicos, intérpretes y bailarines del folclore llanero era en el teatro emblemático de los bogotanos, el Colón, que por estas fechas celebra 125 años, y que por su rica y variada programación ya nos tiene acostumbrados a saltar de la encopetada ópera a los grandes conciertos de la Orquesta Sinfónica de Colombia; de las sonatas y las arrebatadoras improvisaciones de una pianista como la venezolana Gabriela Montero a lo más arraigado y representativo del patrimonio oral y musical del Pacífico; y del exitoso taquillazo de un Shakespeare enamorado a un parrando, sí señores, a palo seco, perdón, a Palo Cruza’o, con un Walter Silva primito a quien se le aguaron los ojos en el proscenio porque era su primera gala “en este precioso escenario, y antes de salir, atrincherado entre telones, estaba que me hacía aguas del susto”.

Los maestros Walter Silva, y Omar Fandiño, de Palo Cruza'o, en el conversatorio que precedió el vibrante toque llanero en el Teatro Colón. Foto: La Pluma & La Herida
Dos días antes del toque llanero en el Colón, el maestro Omar Fandiño -fundador y director de Palo Cruza’o- y Walter Silva, citaron a peritos y aficionados a un conversatorio en la Sala Mallarino de ese edificio de estilo neoclásico , para compartir impresiones sobre el tránsito, los bemoles y las novedades de la cultura musical llanera, de sus inicios en el folclore, de las titánicas bregas para abrirse campo, y de la pasión y la perseverancia para superar cualquier cantidad de obstáculos en aras del posicionamiento y la acreditada rúbrica que hoy ostentan
.
El gran porcentaje de la asistencia no pasaba de los treinta años. Admirable la cantidad de jóvenes entusiastas, la mayoría folcloristas, otros comunicadores, investigadores, directores de portales, de emisoras universitarias y de programas on line especializados en folclore llanero, y una considerable porción de simpatizantes que no desviaron la oportunidad de rodear con preguntas y reflexiones a sus ídolos.

Como dos  parroquianos de fonda entre la concurrencia, y con la sencillez y las bondades silvestres que los caracteriza, no obstante los pergaminos del reconocimiento (Palo Cruza’o, un Latin Grammy 2016; Walter Silva, dos nominaciones al mismo galardón), estos dos exponentes de la juglaría de oriente compartieron sentidos y curiosos capítulos de su palmarés artístico, del compromiso, la dedicación y el respeto por el folclore; de los tropiezos y vicisitudes que tuvieron que superar en su carrera musical, todo para desembocar en una palabra que encierra el grueso de las luchas y proezas que se debaten en cualquier reto o actividad humana, pero más en la música: Vivencias.

Diana Isabel, intérprete estrella de Palo Cruza'o, Latin Grammy 2016, cautivó con su sentimiento y su melodiosa voz. Foto: La Pluma & La Herida
Omar Fandiño relató cómo se le inoculó el joropo en la sangre hace veinte años largos en los primeros festivales respaldados por la Secretaría de Cultura de Bogotá, y cómo fue el despegar de un periplo de nunca acabar con sus primeros proyectos, el arduo trajín de golpear puertas, blindadas al comienzo ante todo intento,  más las de los medios, empero el trabajo, la persistencia, las largas horas de ensayo, los desvelos consuetudinarios con el estudio y la investigación del folclore, el sorteo de improvisaciones y fusiones con instrumentos ajenos al golpe tradicional llanero, y lo más importante el acuerdo y la responsabilidad integral con sus músicos, partiendo de una disciplina férrea y de una vocación que trasciende lo religioso.

Walter Silva manifestó que el amor por el joropo, como sucede con los criollos de llano adentro -él de La Plata, Casanare-, viene como nutriente agregado en las degustaciones de la leche materna, y que eso hace parte del ADN del llanero puro, como en las intermitencias de la crianza y del desarrollo humano aprender que la madrugada es para el ordeño y las faenas que requiere el ganado, los descubrimientos metafísicos del paisaje, los ardores y secretos de los primeros amores entre morichales, el apego familiar, las tempranas ilusiones y frustraciones, y que de todas esas vivencias el poeta en ciernes se va retroalimentando para concretar una página, pulirla, decantarla y ponerla a consenso público.

Me atrevería a decir que las melodías de Walter Silva florecen silbando. Tal como alude su correo electrónico: silbosycantos@gmail.com Cada una en su contenido y en su prístina belleza tiene algo de nosotros mismos, se parecen a lo que somos o nos pasa en la cotidianidad, son racimos de sueños y esperanzas, pero también de inexorables desilusiones, tal y como lo plantea la vida en su crudeza, que no podría ser de otra manera. Por eso gustan. Porque en todas y cada una de ellas nos vemos reflejados.

¡Pija, camarita!, el zapateado del joropo se hizo sentir en el tablado del Colón con sus mejores bailadores. Foto: La Pluma & La Herida

Walter cuenta estas cosas con una sonrisa sincera, o mejor, como si estuviera silbando, como si fuera un relato de vaquería, como si quienes los rodeáramos no estuviéramos en un amplio y confortable salón del Teatro Colón, sino a la sombra de una palma moriche con humores de leños y ternera, y a lo lejos la silueta erguida de un venado bajo el sol poniente. Así lo sentimos, así paladeamos sus vivencias.

Mientras Silva desgranaba una a una sus quimeras y nostalgias, Fandiño contrapunteaba con la humildad de un aspirante a beato los vericuetos y caminos pedregosos que tuvo que cruzar a lo largo de dos décadas para que la vida le premiara, a él y a su agrupación, Palo Cruza’o, las incisivas siembras con el merecido Latin Grammy.

Compartió Omar -virtuoso de las maracas y la composición- la anécdota cuando quien escribe estas líneas recibió de sus manos en febrero de 2016 el álbum Armonías colombianas, y que con solo ver y repasar su portada y contenido, vaticinó para el Latin Grammy. En noviembre de ese calendario lo estaba recibiendo en Las Vegas: un trabajo de estudio, de culto, diferente a lo que se había hecho en materia de folclore llanero, con intervenciones, además de los virtuosos instrumentistas de planta, de Hugo Candelario, en la marimba de chonta; de Paulo Triviño, en la bandola andina; de Ignacio Ramos, en la flauta traversa; de Juan Miguel Sossa, en el tiple; de Miguel Ángel Guevara, en el violín; de Henry Ortiz, en el acordeón; de Juan Benavides, en la quena; de Urián Sarmiento, en la gaita hembra; de Jerson Rivera Zumaqué, en el saxofón soprano; de William Palchucán, en la zampoña; de Carlos Quintero Badillo, en el requinto andino.

Al final de un conversatorio que se extendió por más de dos horas, Walter Silva le obsequió al único niño que figuraba entre los presentes, su obra completa. Lo hizo después de ratificar que a ese crío, diez años a lo sumo, lo había visto en varias de sus presentaciones, sobre todo en el llano, y que la presencia de alguien como él que despunta a la existencia y al fervor, es la mejor seña para que el joropo prevalezca y se nutra todos los días, a la par de su poesía, de otras pulsiones y expresiones, de sangre nueva.

La voz recia de un criollo en el garbo y estilo de Fredy Santiago Pérez, vocalista e intérprete de la bandola de 'Palo Cruza'o'. Foto: La Pluma & La Herida
Ya en el concierto, daba la impresión de que la tertulia anterior hubiera servido de libreto en un auditorio abarrotado de  seguidores de distintas regiones que reportaban procedencias de Casanare, de Arauca, de Villavicencio y Puerto López, del Vichada, de San José del Guaviare e intermedias, todos unidos en un mismo lenguaje, con el amor y el calor humano que incitan estas músicas de valientes y centauros, y esa pródiga mitología de las selvas y praderas que los circundan.

La paleta melódica estuvo para todos los gustos de principio a fin. Desde los golpes, los solos, las improvisaciones, los pajarillos y los seis por derecho y las bellas tonadas en la voz diáfana y alegórica de Diana Isabel, bailarina y cantante estrella de Palo Cruza’o, hasta los joropos y los pasajes de Walter Silva, cálidos, inocentes y bucólicos, pero también conmovedores, como ese himno de su repertorio que es El chino de los mandados, con una historia ineludible de narrar:

Cualquier día, en una de sus presentaciones en el Casanare, Walter se encontró con un joven que le manifestó que El chino de los mandados estaba escrito para él, porque resumía con exactitud las durezas de su vida, sus esfuerzos y padecimientos. Silva, conmovido, no vaciló en proponerle grabar un vídeo de la canción con él, y así se hizo. La noche del toque llanero (1° de septiembre de 2017) en el Teatro Colón, se la dedicó como un homenaje póstumo, “porque a Diego, El chino de los mandados, lo llamó Dios hace unos días para esos mismos menesteres, pero en el cielo”.

El maestro de la marimba de chonta, Hugo Candelario, invitado de 'Palo Cruza'o' al álbum 'Armonías colombianas' (Latin Grammy 2016), y por supuesto, al toque llanero del Colón. Foto: La Pluma & La Herida 
Lo mismo hizo Silva con No hay como la mamá de uno, el pasaje que le escribió a su viejita, a quien ofrendó en la gala quizás más importante y reveladora de su carrera artística, ya que la noble señora de cabellos plateados estaba acompañando esa noche al juglar en primera fila: era su invitada de honor. Hubo lágrimas, por supuesto, de parte y parte: ese llanto limpio que trasluce acompañado de una sonrisa.

Postales como esta solo las ve uno en espectáculos entrañables como un toque llanero, el más reciente del Colón, donde uno concluye que no se ha acabado del todo la decencia y la honestidad en este país, y el poema y la música en su pulcritud y naturalidad tocan tan hondo las fibras de los presentes, como para que un espontáneo de sombrero pelo e’guama trepe al escenario y le estreche un abrazo al artista y se explaye en gestos y declaraciones de admiración y respeto a su virtud y legado; o brillen gestos emotivos como el de un letrero entre el público que decía Queremos Joropo al Parque en Bogotá, con zapateado de cotiza, mamona entre parales, y el milagro de una luna plateada y coqueta asomada en las gélidas cumbres de Monserrate.

¡Así será, camarita!

El Teatro Colón abarrotado de público, minutos antes de dar inicio al memorable concierto llanero. Foto: La Pluma & La Herida
Repertorio Palo Cruza’o

Cantos de ordeño: Omar Fandiño
Cantos de cabrestero: Omar Fandiño
Palo Cruzando: Adaptación de Palo Cruza’o
Mi querencia: Simón Díaz
Sentimiento llanero: Ángel C. Loyola
Apure en un viaje: Genaro Prieto
Volador del llano alto: Guillermo Jiménez Leal
Imágenes de mi llano: Omar Fandiño
Caballo bueno: Alexis Heredia
Gavilán que sí, que no: Omar Fandiño
Entreverao: Palo Cruza’o

Grupo Palo Cruza’o

Omar Fandiño: maracas, creación y dirección
Javier Mauricio Carvajal Galvis: arpa
Diana Isabel Rodríguez Mora: voz
Pedro Libardo Rey Rojas: cuatro
Carlos ‘Calaíto’ López Roa: bajo
Fredy Santiago Pérez: voz y bandola
Hugo Candelario González: marimba de chonta
Urián Sarmiento: gaita hembra
Jercy Tumay: pareja de baile
Marcela Hernández: pareja de baile
Ligia Esther Guilón: coros
Néstor Hernán Rozo: coros

El conmovedor homenaje de Walter Silva, dedicándole a su viejita, presente en primera fila, su canción 'El chino de los mandados', su biografía. Foto: La Pluma & La Herida 

Repertorio Walter Silva

*Ríos de trago
*No me recoja el envase
*Cuando llueva pa’rriba
*Cachilaperito
*Apareció mi muchacha
*No hay como la mamá de uno
*El chino de los mandados
*Por si acaso (lanzamiento)
*Pija pariente
*Yo no le camino más
(Todas las canciones son autoría de Walter Silva)

Grupo Walter Silva

Walter Silva: voz
William Macualo: arpa 1
Nelson Acevedo: arpa 2
César Barragán Salcedo: cuatro
Carlos ‘Calaíto’ López: bajo
Fernando Torres: maracas
Paula Andrea Martín Obregoso: bailadora
Sergio David Moyano Monroy: bailador

Diana Marcela Moyano Monroy: bailadora

Omar Fandiño y Palo Cruza'o en Pregunta Yamid: bit.ly/2eRH98N

Walter Silva, sus mejores éxitos: bit.ly/2gArOwO
Share this post
  • Share to Facebook
  • Share to Twitter
  • Share to Google+
  • Share to Stumble Upon
  • Share to Evernote
  • Share to Blogger
  • Share to Email
  • Share to Yahoo Messenger
  • More...

0 comentarios

 
© La Pluma & La Herida

Released under Creative Commons 3.0 CC BY-NC 3.0
Posts RSSComments RSS
Back to top