lunes, 15 de agosto de 2016

Caterine Ibargüen, 15:17, salto a la gloria y júbilo inmortal

La franca y preciosa sonrisa de Catherine Ibargüen tras el Oro olímpico en Río de Janeiro y el tricolor colombiano como telón de fondo. Foto: Iván Alvarado/Reuters
Ricardo Rondón Ch.

Por fin, Negra, con mayúsculas, como tu portentoso cuerpo, como tus poderosas piernas y tus abdominales de acero, como el alma y la garra que dejas en tus prodigiosos vuelos. Por fin, Negra, lo lograste…

Caterine Ibargüen, en Río 2016, quedó mineralizada para siempre en el vuelo olímpico de su cuarto envión, el del memorable 15:17 en el foso, que le otorgó la máxima presea a toda una vida de esfuerzos y sacrificios, en la prueba reina de los Agónes milenarios, pioneros en la Antigua Grecia de las competencias del pensamiento, la destreza y el músculo: el Atletismo.
    
Una prueba que la heredera de los Masái, oriunda de Apartadó, en el Urabá antioqueño, 32 años, 1,81 metros de altura, 70 kilos en la báscula, enfermera de profesión, con un Máster en Administración de Servicio Recreativo; dueña de un temple que intimida la frivolidad de los micrófonos, pero también de una sensibilidad que la hace romper en llanto, más en los triunfos que en las derrotas, tenía pendiente desde Londres 2012, cuando por una lesión -que ella prefirió callar- en la pierna izquierda, solo le alcanzó para la Plata.

Con este Oro que ahora brilla en su orgulloso pecho y que nos encandila a todos de pudor y de vergüenza por resistirnos a seguir su ejemplo, Caterine ratifica que más que la materia y el sistema nervioso, que las facultades intrínsecas del calcio y la carne, y que el mito de Zeus que catapulta a quienes decidieron elegir estas disciplinas, prima el esfuerzo, la perseverancia y el pulso inagotable para superar nuevos retos.

La mirada maestra del fotógrafo Adrian Dennis, de AFP, que captó a la campeona colombiana con un gran angular, justo en una de sus zancadas, camino al oro olímpico.  
Ella lo reafirma al final de sus triunfales competencias, de las más relevantes en su rutilante carrera: la Plata, de Londres; los dos Oros Panamericanos y los cinco Sudamericanos; las preseas doradas en los Mundiales de Atletismo de Rusia y de Pekín; sus récords consecutivos en las Ligas de Diamante; y ahora el máximo título en Río de Janeiro, su consolidación: “Nada que no se haga con esfuerzo, trasciende”.

Ibargüen es el antónimo de conformismo. Sus leyes, desde que era la estudiante más espigada del colegio Heraclio Mena Padilla, de Apartadó, cuando la profesora de gimnasia retaba a sus alumnas a competir por sus calles polvorientas, con brisas dulces de almendros, cocos, bananos y guayacanes, estaban señaladas por arraigados ideales: ser la mejor, la más veloz, la de las zancadas más largas, la de los saltos imposibles.

Así se fue formando la Negra en ciernes en esta apartada región del país azotada por la necesidad, el abandono y la violencia. Y qué hubiera hecho entonces Cate, como le dicen en la casa su mamá y su abuela macondiana: ¿sentarse a llorar en las faldas de sus viejas por la falta de oportunidades, por estar tan distante de esa gente bonita de espacios confortables que desayuna cereal con leche grado A en los comerciales de televisión?

No. A una edad temprana, Caterine ya la tenía clara. Por encima de las distancias geográficas y sociales, de los aprietos económicos, de todas las trabas que cualquier jovencita a su edad y de su estrato puede encontrar en el país de las negaciones, de los aplazamientos, de los torcidos y la corrupción, Ibargüen advirtió a tiempo que el tesoro de sus quimeras estaba en su propio cuerpo. En su cuerpazo de negra, y como el Fidias de Atenas, se empeñó en trabajarlo.

En el foso de la dicha de Río: la consolidación de una vida de esfuerzos, sueños y sacrificios. La gloria dorada. Foto: Pawel Kopczynski/Reuters 
El resultado de sus gestas ha sido por impulso y brío permanentes, pero a la vez por una labor de equipo. Siempre que se baja del podio reconoce que sus victorias no se hubieran cuajado sin la sabiduría y el entrenamiento de un profesional que a lo largo de sus derroteros le ha dado la fe, la técnica y la confianza para superar sus récords: el profesor cubano Ubaldo Duany, quien tras rescatarla de su frustración de no poder clasificar en los Olímpicos de Pekín, en 2008, cuando ella decidió abandonar toda actividad deportiva, se dedicó a pulirla con vigor y paciencia hasta lograr la preciada joya que hacía mucho tiempo le faltaba a la corona del atletismo colombiano.

Fueron años de lucha, de desvelos, de quiebros físicos y morales, de competir con lesiones musculares y trastornos digestivos –como le sucedió en los Olímpicos de Londres y en los Mundiales de Rusia-, pero siempre con la seguridad y el aplomo de contrarrestar las adversidades, mentalizada en la máxima de su entrenadora en el pasado, la cubana Regla Sandrino: “No te creas la mejor de Colombia, pero tampoco la del último puesto. ¡Trabaja!”.

Deber ser por eso que a la hoy Campeona olímpica le incomodan los clichés de la prensa deportiva cuando la asocian con la pobreza rampante de las regiones vulnerables de Colombia, de “la falta de oportunidades”; y que por ningún motivo le vayan a sacar el negro de su raza como un obstáculo para salir adelante porque se le sale completo el Ibargüen y témanle a la Negra cuando le tocan su linaje.

“A mí no me gusta que me estén compadeciendo –le dijo Cate al periodista Mauricio Silva en 2012, en su entrevista más íntima y reveladora que la deportista concedió a la revista Bocas-. No tengo por qué estar diciendo yo soy pobre, porque nunca en mi casa me acosté con hambre. Jamás he implorado ayuda. Tengo mi orgullo. Todo lo que he hecho me lo he ganado en la pista, porque he sabido aprovechar las oportunidades, porque sufro de inconformidad. El día que me conforme, hasta ahí llegará mi carrera”.

Orgullosa y altiva en su mejor pasarela: la vuelta olímpica con la bandera colombiana y el sombrero vueltiao. Foto: Iván Alvarado/Reuters 
La noche del 14 de agosto de 2016 quedará grabada por siempre en la memoria de Caterine Ibargüen, en la de sus padres, familia y amigos, en la de su amada abuela Ayola Rivas (que en el patio de almendros de su casa de Apartadó no paraba de exclamar frente al televisor: “Esto es obra de Dios, y es para Colombia”), en la de su entrenador Ubaldo Duany que la acogió conmovido entre sus brazos, con la voz entrecortada por el llanto: “Vinimos a Río por el oro”.

Como tallado quedará en el recuerdo de quienes hemos observado a la campeona con singular cariño y admiración, como esa hermana nuestra que con sus hazañas nos redime de las fatigas y las frustraciones que vivimos  a diario; de esa pantomima descarada del poder y la política que tanto daño le ha hecho al país.

Ibargüen lo sabe, pero guarda silencio. Entiende que vendrá el protocolo de rigor, la visita a la Casa de Nariño, la sonrisa y el abrazo del señor presidente, seguramente un discurso en el que resaltará que ese Oro ganado a pundonor es una metáfora para interpretar “la paz que todos abrigamos, y que está próxima, y que sirva de ejemplo a la juventud”, y no faltarán las propuestas de publicistas y de directores de mercadeo para sostener sus marcas en la apretada economía del posconflicto que se avecina; y los insistentes guiños de las agencias de modelaje que codician su escultural  y maciza figura, y la Negra olímpica responderá que no, que eso no es lo suyo, que ella es una atleta, y que pide por favor no la encasillen como un símbolo sexual o como una reina de belleza.

Asumirá Cate que el nuevo reto después del Oro en Río está proyectado en romper el récord de la campeona camerunés Francoise Mbango, de 15.39. Y que para ello debe trabajar más duro, como ha sido su régimen en cada plaza que se fija.

Quizás una mirada a los Olímpicos de 2020 en Tokio, cuando ya frise los 36 años y sea esposa y madre, y esté al frente de un semillero de atletas en Estados Unidos o en Puerto Rico, o si le saben reconocer de verdad sus méritos, en un coliseo de Apartadó que lleve su nombre. Pero son apenas sueños, como el bolero, Quizás, quizás, quizás…

Postal para la posteridad: el salto increíble del Ávatar de ébano en el foso del Estadio Olímpico de Río. Ibargüen escribía la historia con letras doradas. Foto: Phil Noble/Reuters
El júbilo colectivo que Caterine Ibargüen nos concedido desde su poderoso magisterio en la pista y en el foso, también ha sido banquete y deleite para los profesionales de la lente apostados en los umbrales de la competencia, en medio de los vítores y el frenesí  de simpatizantes con camisetas amarillas que no cesaban de gritar “¡Colombia, Colombia, Caterine, qué grande eres!”.

Hay que ver las gráficas de los enviados especiales al colosal estadio olímpico de Río de Janeiro donde se disputaron las justas. Verdaderas obras de arte con la Gacela de Apartadó como inspiración, y con las rúbricas de Iván Alvarado, Phil Noble y Pawel Kopczynski, de la agencia Reuters, y de Adrián Dennis, de AFP.
     
Es que cuando de competir se trata, el ónix, el oro y el precioso marfil de su sonrisa se funden en la Negra Grande del Atletismo Mundial. Por sus arterias fluye un magma que endurece aún más los músculos de sus piernas, tan largas y veloces como debieron ser las de la raza primigenia que en el África del Génesis cruzaba a la par del viento interminables  planicies y cordilleras.

Esta gráfica enmarca, en su máxima expresión, el brillo triunfal de Caterine Ibargüen, la Negra Grande del Atletismo Mundial. Foto: Reuters   
La raza de Caterine en su pureza mineral, como la de los Ávatar en el despertar del mundo, millones de años después recreada en la ficción por la genialidad de James Cameron en su portentosa saga cinematográfica.

Hay en los 1.81 Mts. de Ibargüen una fuerza sobrenatural que desafía las fórmulas gravitacionales de Newton  y Galileo, y que demuestra las probabilidades de que el ser humano puede volar si se lo propone.

Esas alas simbólicas vienen cobrando fuerza desde que la Negra evolucionaba en el cálido foso del vientre materno.

¡Muerde el oro, arrolladora!

(Debería existir por lo menos un diploma para los entrenadores. Con sobrados méritos se lo ganaría el profesor Ubaldo Duany, no sólo por su profesionalismo y dedicación con la consagrada pupila, sino por su don de gentes y su sensibilidad a toda prueba. Su gesto de dedicarle la Medalla de Cate a sus hermanos cubanos dispersos y agobiados por una siniestra dictadura de más de 50 años, nos tocó las fibras del alma).
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