sábado, 14 de febrero de 2015

Ángel Loochkartt y la estridencia cromática del Carnaval

El maestro Ángel Loochkartt con el gorro mitrado del Congo, ícono mayor del Carnaval de Barranquilla. Foto: Olga Lucía Jordán
Ricardo Rondón Ch.

El carnaval es como una virosis: Te contagia porque te contagia. Y te enferma de felicidad para siempre.

Ángel Loochkartt (Barranquilla, Colombia, 1933) enciende su pipa de Amberes y el humo en volutas de la  picadura invade su estudio, enclavado en el séptimo piso de un edificio del sector de El Nogal, al norte de Bogotá, en la tarde de un martes de lluvia pertinaz y con la figura tutelar de un enorme gato al carboncillo en el que está trabajando, que pareciera brotar de una espesa bruma.
El pintor y catedrático barranquillero, que a lo largo de su carrera le ha dado lustre a la iconografía de la máxima fiesta del caribe, declarada por la UNESCO Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, se explaya en prosa cuando habla de la magia y los colores de esa explosión carnestoléndica impresa en sus lienzos:

Es la más grande paleta cromática que existe, con la banda sonora de sus instrumentos autóctonos, el tambor llamador, esencial; las gaitas, las flautas de caña de millo, complementado con las voces y la algarabía de los festejantes. El carnaval es un río frenético de música, color y erotismo”.

Los congos pasando la juma, de la serie del Carnaval. Foto: Sergio Trujillo Behar
Un río en el que él ha navegado puntual desde la niñez y la adolescencia, reminiscencias de los primeros desfiles que circundaban la Calle 20 de Julio, aledaña a la casa paterna del barrio Boston, cuando una bella e inteligente jovencita que con los años tomaría el nombre y la grandeza poética de Meira Delmar, respaldada por la cosmetiquera de su madre, “hacía de mi rostro un expresionismo espléndido”, dice Loochkartt señalando en un rincón del estudio el gorro mitrado de flores y espejitos del Congo, con el que fue coronado en 2013, como invitado de honor al Carnaval de las artes, certamen emblemático de la cultura ancestral del caribe que organiza y dirige el escritor y periodista Heriberto Fiorillo.

En esa ocasión llevó al teatro ‘Amira de la Rosa’ de Barranquilla una buena parte de su obra carnavalera, basada en una mitología de nítido eco y repercusión de la cultura africana, empezando por el Congo, rey indestronable del festejo currambero, oferente y compensador de los rituales y expresiones artísticas del pueblo, distante de pergaminos y abolengos.

La del carnaval hace parte de los ciclos temáticos que comenzó a programar desde el inicio de su carrera, y que comprende períodos en contexto como Las selvas, Los oficios del hombre, Gente de la calle, Interiores y bodegones, Los Hampones, Los travestis, sus Cristos y Ángeles.

Y con el Congo, exhibió las alegorías y símbolos tradicionales de la fiesta barranquillera, como la danza del Garabato, y las del Paloteo, la Burra mocha, los Coyongos, las Farotas, las Cumbiambas, las Negritas Puloi, los Cabezones y los Monocucos con sus capuchones que hacen irreconocibles a sus portadores, y las Marimondas de narices fálicas y orejas batientes, todos con una cuota de furor y burla, de fuerza y expresividad, propia del sentir y de la idiosincrasia barranquilleras.

El artista en su estudio de Bogotá, acompañado de su pipa. Foto: La Pluma & La Herida
Igual el travestismo y su seducción histriónica, que en carnavales, subraya Loockhartt, es de imprescindible protagonismo como en otras artes, el teatro y la ópera, sólo que en la celebración carnestoléndica se hace visible con la originalidad y el desparpajo, sin distingos de razas y estratos, y con un inevitable contagio a los foráneos que año tras año se dan cita en la magna fiesta.

Esos hombres disfrazados de mujeres piponas no tienen otro significado, además del tono burlesque, que la desmitificación del exacerbado machismo criollo. Lo mismo que las parodias y las caricaturas  de las que no se salvan los políticos de turno, y los infaltables remedos a personajes memoriosos como Cantinflas, muy seguro este año, el recordado Chavo del 8, inmersos en ese magma de muchedumbre y color de la Calle 40, entre monumentales carrozas, esqueletos, descabezados, orates que simulan estertores epilépticos, entre otras pantomimas, todos ellos con su majestad a la cabeza, la Reina del Carnaval, pilar de la belleza, la exaltación y la perplejidad.

Esto para desembocar el último día, el martes lacrimógeno, víspera del miércoles de ceniza, en el entierro de Joselito, quien después de tres días de festejar alborotado y de tomarse todo el ron del mundo, es acompañado en su féretro por el pueblo, entre pésames y letanías, y por cientos de viudas que lloran inconsolables al unísono de las plañideras. “Nunca, para esas fechas, se ven tantas mujeres luctuosas llorando a rabiar, sumidas en semejante desgracia”, agrega con sorna el pintor.

El Congo en lance erótico con Marinella. Foto: Sergio Trujillo Behar
Para el maestro Loockhartt, plasmar en el lienzo el carnaval, se remite a un arduo ejercicio de investigación, de minucias históricas, de contacto permanente con quienes están detrás de la fiesta, que comienza meses antes en el patio trasero de la casa de Carla Celia, alma y nervio creativo en los montajes coreográficos de las danzas, con sus respectivos grupos, acorde con el invaluable aporte en la carnavalada de los peritos en estas artes, Darío Moreau y Mabel Pizarro, orientadores en su acervo teatral, místico y cultural.

Un universo dionisíaco que el artista plástico barranquillero ha complementado con la memoria viva de sus furtivas encerronas en La Cueva, cuando su alcahuete anfitrión, el prestigioso odontólogo Eduardo Vilá, era promotor y vigía de las interminables tertulias y zafarranchos etílicos que armaba el Grupo: Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón, Quique Skopell, Juancho Jinete, Ramón Vinyes ‘el sabio catalán’, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas Cantillo, Ricardo González Ripoll, Orlando Rivera ‘Figurita’, Nereo López, y por supuesto, el cerebro mayor, Gabriel García Márquez.

Qué más que esa patria vigorosa y rutilante del mamagallismo para nutrir el neo-expresionismo  del pintor barranquillero en el apartado de su creación carnavalesca: El estado químico de sus Congos con sus fugas abstraccionistas y sus ráfagas en diagonal, eje dinámico de su obra, y esa fuerte carga erótica y picaresca como lo sugieren sus bacanales, con una estridencia en su color y musicalidad que va de lo legítimo y ancestral de la música popular caribe, la Sonora Matancera y su vocalista estrella Bienvenido Granda, los boleros de Benny Moré, los danzones y las réplicas salseras de Celia Cruz, y cómo no, ese ya legendario Congo irredento representado en el ‘Centurión de la Noche’, el siempre cantado y bailado Joe Arroyo.

“Mi obra recurre a desentrañar las profundas raíces del caribe, no sólo en su cultura, sino más arraigado aún, en su contexto antropológico y literario. Creo que sin el rigor de la investigación, no puede haber creación. Y esto es aplicable a todas las artes”, recalca Loochkartt entre bastidores, en este nicho capitalino que es su estudio, una suerte de pequeño santuario para la reflexión y la crítica, donde a prudente volumen se oyen arias de María Callas, Mario del Mónaco y Franco Corelli, cuando no el chelo brujo de Yo-Yo Ma, los Preludios y Nocturnos de Chopin, las Misas y Sonatas de Bach, o las Sinfonías de Mozart, Bartok, Berlioz y Wagner, entre sus preferidos. 
 
Bajo el capuchón de la marimonda, de nariz fálica y orejas batientes. Foto: La Pluma & La Herida
Allí pinta de noche y lo hace a diario. Y pinta sin bocetos. Así lo ha hecho desde cuando estudiaba en Bellas Artes, en Barranquilla, y luego en Roma. Impulsado siempre por ese arrebato místico de la genialidad y por los ramalazos frecuentes de la poesía, perenne en la magnitud de su obra, como con acierto quedó retratado en los documentales: ‘La poética del abismo’, de Roberto Triana, y ‘Sin trampa al ojo’, de Sergio Trujillo Behar.

En cualquier parte del mundo y luego de una trashumancia sin reparos en distintas temporadas de su vida personal y artística -eso que el poeta Vicente Huidobro suscribió como ‘Ciudadano del mundo’-, Ángel Loochkartt  jamás ha perdido los papeles del territorio caribe que lo vio crecer y formarse. Es más: No permite que se esculque en su arboladura genealógica que remite a la patria de Van Gogh y de Rembrandt, pero también a la de Renoir y de Toulouse-Lautrec. “Yo sigo siendo barranquillero aquí y en las antípodas. Ese privilegio no se lo quita a uno ni la muerte”.

Lo afirma con su voz pausada y melodiosa de trovador medieval: “Siempre he pensado que el lugar para expresarme históricamente ha sido Barranquilla, en especial con los colores del Carnaval: Un soberbio río inagotable de imaginería, que solamente se da aquí en América. Herencia y cultura ancestral africana que vengo cultivando desde de mi infancia”.

Los colores del carnaval, sus deidades y criaturas inverosímiles y voluptuosas; sus bufones, el serpenteo y la cadencia de los bailes; sus mujeres exuberantes de hombros telúricos y caderas de cataclismo, el desparpajo, la seducción y la carcajada; el alboroto y la mamadera de gallo; y esa alucinante paleta cromática de carrozas, arreglos y vestuarios, que él ha dejado impreso, con precisión y poesía, en su carnavalesca pictórica.

Barranquilla, se prendió tu carnaval. Foto: Sergio Trujillo Behar
Esos tonos brillantes y sofisticados, pero también ardientes y arrebatadores. El rojo, su fuerza incendiaria y el pálpito intermitente de la erótica colectiva. El amarillo, eterna irradiación solar en la iconografía caribe que se distingue a la distancia. El azul, el movimiento, el oleaje de sus formas sensuales, alargadas, y todas esas policromías en manos del artista, que en el lienzo se revelan como una orgía descomunal para los sentidos y la imaginación.

“La metodología en la composición del color -apunta Loochkartt- tiene que ver con un proceso evolutivo que varía según el tema al que recurra. En lo que refiere al carnaval: La magia, la fantasía y el esplendor del caribe, en conjunción con la alegría desenfrenada de su gente, del pueblo que sale en rama a celebrar su máxima fiesta. Eso hace que me reafirme en la pintura y en mi vida. Naturalmente, con la fuerza creativa y la intuición, que son mis mejores recursos”.

No en vano la estatura académica que viene forjando desde la adolescencia, en Bellas Artes de Barranquilla, bajo la tutela del virtuoso dibujante Edgar Riaño; de la paisajista cubana, María Luisa Andino; del grabador Pedro Peñalosa; de la catedrática en Historia del Arte, Auxilio Hernández; y de la maestra de escultura, Neva Lallemand, quienes lo afirmaron en el campo experimental.

Sin descontar sus maestros en Italia: Franco Gentilini, Giusseppe Cioti, Nino Malari y Ferrucho Ferrari, todos ellos con una amplia visión de las disciplinas plásticas, amén de la orientación humanística del historiador Mario Rivucciti, que fortaleció la poética de su obra. Y como complemento esencial a esas lecciones y saberes: Su atenta lectura, apuntes y reflexiones en museos de Europa y Latinoamérica.

Yo-Yo Ma en concierto con sus fantasmas. Foto: La Pluma & La Herida
“No descalifico por principios a ningún artista, y por eso asisto a todos las manifestaciones del arte para hacer una lectura introspectiva que me retroalimente y me confronte. Igual me siento vivo enseñando, como lo he venido haciendo a lo largo de mis años. De joven, cuando estudiaba en Bellas Artes y alternaba dictando clases en colegios americanos de Barranquilla a un selecto grupo de estudiantes de la cultura hebrea. Ya después, en la Universidad Nacional, en la Jorge Tadeo Lozano, y en clases particulares y de asistencia en mi taller”.

He ahí lo luminoso, desenfadado y liberador de la obra de Loochkartt, sólo en lo que concierne al Carnaval de Barranquilla, capítulo aparte de su vasta obra que compete decenas de ciclos y períodos durante más de 50 años de actividad permanente, que ha sido motivo de obligado estudio en universidades de Colombia y del exterior.

En estos días prepara una exposición retrospectiva para el Museo de Arte Moderno de Bogotá, que integrará su obra personal y de varios coleccionistas, incluido el cuadro monumental que devora el living de su apartamento, el del chelista japonés, ‘Yo-Yo Ma en concierto con sus fantasmas’, el bello retrato de Clarita Pardo Nassar, su esposa y madre de sus gemelos, Angelo y Saskhia, y el imponente óleo ‘El ángel nos llama’, de su sala de recibo, entre una vastedad de báquicas, sátiros, noctámbulos, lésbicas, travestis y sumergidas.

Las obras de Loochkartt han sido solícitas para ilustraciones de diferentes manifestaciones culturales: Ciclos de cine, afiches de festivales, portadas de novelas -como la del escritor sincelejano Edgar Sierra Anaya, ‘El Festín de los Cabrones, que lleva en portada un detalle del Congo Grande-, y en libros de arte y memoria coleccionable como el que editó la fundación La Cueva, en 2013, a propósito del Carnaval de las artes de ese año.

Cuando se le indaga por esos tránsitos ineluctables entre la existencia y la muerte, el pintor, que carbura de nuevo con el encendedor la pipa de Amberes en el final de la tarde pasada por agua, y con los acordes del Adagio de Albinoni, responde:

La vida es la gran tragicomedia universal que se actúa de manera irrepetible en diferentes escenarios. Uno no es más que un actor. La muerte sería entonces el desconcierto. Pero no es momento para ahondar en ese viaje inexorable. Es tiempo de carnaval: Dejémonos contagiar de esa virosis y de su felicidad perpetua”.
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