domingo, 2 de febrero de 2014

Madame Piraquive


Ricardo Rondón Ch.

De tanto leer y escuchar todo lo que se ha escrito y mentado sobre la pastora María Luisa Piraquive, cuya historia espera una película al mejor estilo del terror cómico de Alex de la Iglesia, me sobrevino esta madrugada una espantosa pesadilla donde aparecía la mencionada matrona pentecostal, envuelta en una túnica inconsútil de púrpura y ribetes dorados, armada con tridente y los ojos en bota llamas, dispuesta a llevarse por delante y sin concesiones ni pretextos todo aquel que osare contrariar sus dogmas y dictámenes, o ponerla en la picota pública, como desde que se desató su escándalo por censurar en su púlpito a mutilados, tuertos, rencos y deformes, ceñida a los parágrafos del  Antiguo Testamento, viene dando vueltas cual pollo íngrimo de asadero 24 horas en el carril mediático.

Así me sentí, como una alma extraviada del grabado de Doré en el purgatorio de Dante, acezando de pánico y con la lengua salitrosa, en medio de un berenjenal de orates, inválidos y leprosos que en babélicos dialectos y estridentes onomatopeyas clamaban piedad a la autodenominada ‘Reina de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional’, el rótulo más recargado y prosopopéyico que se haya conocido en la historia de las cruzadas evangélicas en tiempos inmemoriales.

La escena, y no es exageración en mi escalofriante congoja noctámbula, era similar a la de la cárcel La Modelo de Barranquilla –y de muchas prisiones ídem en Colombia-, con Procurador a bordo envuelto en toga romana y laurel en su testa, otro ministro de la iglesia en la tierra que en su sectarismo ideológico ofreció su tesis de grado a la Purísima de los Dolores para acabar en el futuro con todo lo que oliera a oposición y rebeldía, o que llegase a difamar o contradecir, en mínima expresión, las irrebatibles leyes impuestas por el patronato eclesiástico. ¡Ave, César!, la querella se viene cumpliendo al pie de la letra.

Hacía mucho tiempo que no pronunciaba el Padrenuestro, que me salió a hurtadillas en el afán misericordioso de librarme de ese maremágnum dantesco de súplicas y diatribas, de quejidos agónicos y rezongos lastimeros, algo similar a los oratorios de plaza pública que por estos días adelantan las hordas  del Centro Democrático con su máximo centurión en activo: el cárdeno expresidente Álvaro Uribe Vélez y su pupilo a control remoto, Óscar Iván Zuluaga.

Entre esa bruma espesa olorosa  a azufre y a permanganato de potasio, alcancé a divisar la figura rotunda de la ‘Madre María Luisa’, que ponía su tridente sobre mi cabeza para hundirme en el fango ardiente por no haber hecho pública la entrevista de su protegido Carlos Alberto Baena (cuando era concejal de Bogotá y aspiraba al Senado), en la época en que laboré en el diario El Espacio, y en cuyas rotativas se imprimió varias veces el periódico MIRA, estandarte informativo del  movimiento político que ha multiplicado, como hizo Jesús con los peces del Éufrates, adeptos y electores, con extraordinarios resultados financieros e intereses propios (ver al final investigación de la revista Semana), todo en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Rechazado y vilipendiado por Piraquive Super Star, pedí clemencia a su alteza el Procurador, quien hizo caso omiso de mis ruegos y con una sonrisa sardónica atizó más las brasas, por sí haber publicado una entrevista de Gustavo Petro en las preliminares por la Alcaldía de Bogotá, donde resaltaba algunas de sus prerrogativas de su plan de gobierno, entre ellas la erradicación de las basuras, la inseguridad, la recuperación de la malla vial y el eterno drama vehicular. ¡Vénganos en tu reino!

Con el barro candente al cuello me encomendé al Señor de los Milagros de Buga por intercesión del Vicepresidente Angelino Garzón y al minuto sentí un frescor que me reivindicó con mis fervorosos años de acólito en la parroquia de Santa Sofía, cuando oficiaba el padre belga Lucio Pijpos , quien emprendió el viaje eterno mientras cumplía a los fueros impregnados a mirra e incienso de la Semana Mayor.

Angelino es mi amigo en este pedregoso camino, me dije, pero el sosiego no duró más de cinco minutos, cuando las ánimas volvieron a enardecerse con la arremetida de Madame Piraquive que ahora disputaba con el mismísimo demonio, de mitra y báculo y cruz esvástica en la frente, alegando que ella no le tenía ni pite de miedo, que ella era la madre de todas las deidades, que pecado no era enriquecerse y que ella tenía con qué sustentar su bendita tesis, con los más de $12.000 mil millones en que estarían avaluados sus bienes (véase informe de Semana); que el verdadero infierno era la pobreza en todas sus presentaciones, la fealdad, la decrepitud, la ceguera, las mutilaciones y las escoriaciones, y que por eso Dios, en su sabiduría y magnanimidad, le había conferido el poder de hacerse rica, con o sin marido, a través del don de su verbo implacable, de sus ‘milagros’ anunciados y de la potestad para convertir incautos en siervos sumisos y leales de su ministerio celestial.

El Patas, ante la incandescente verborrea, salió ahí sí ‘como alma que lleva el diablo’, con la cola entre las traseras, y así pude comprobar en el ultimátum de que con esta doña, contestataria y agitadora, sembrada en su dogmatismo irreductible, en nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, no podía ni el maligno. Y así fue, se salió con la suya.

Presa ya de un sopor moribundo, logré resbalar mi enjuta humanidad por un vestíbulo parecido al pabellón de urgencias del hospital Meissen en el amanecer de un sábado, y así, arrastrándome en mi agonía, con media alma por fuera entre lengua y babaza, logré salir a flote de la macabra pesadilla. Cuando abrí los ojos, aterido, sentí la tibieza de Teo, el gato criollo de mi hijo adolescente, que ronroneaba estirado sobre mi pecho.

El minino negro me observó, como dice el poeta Darío  Jaramillo Agudelo, con el sigilo silente de los de su especie, con esa mirada metafísica de quien otea un bicho más en el magma de infinitas partículas de las que está compuesto el universo. Tomé aliento, resollé profundo y me di a la tarea de devolver el rollo de mi tenebrosa película, con protagonista estelar, Madame Piraquive, digna de las huestes ancestrales  de la Metro Golden Mayer, y de los mismos productores de ‘El exorcista’, ‘La noche del demonio’ y ‘El orfanato’.

Despejado y con el alma otra vez en el sitio que le corresponde, cavilé sobre la urgencia de una satelital de alta gama en las cumbres del monte Sinaí, allí donde Moisés fue a recibir las tablas de los mandamientos que nunca se cumplieron, para que el Patrón del Bien se entere de una vez por todas de las descomunales trapisondas que están haciendo a sus espaldas, poniendo a su amado hijo como comodín en altares profanos, para saciar la codicia y el apetito incontrolable de poder y riqueza, el negocio lícito para lo ilícito más rentable en épocas neurálgicas, donde mecenas,  papisas, predicadores y profetas aprovechan al por mayor las miserias,  perversiones y vergüenzas de la humanidad y las trasmutan en cánticos ensordecedores en tiempos de cumbia, merengue y rock and roll, y alabanzas y clamores lacrimógenos en pos del perdón y la sanación.

Pero el ingreso al sagrado espectáculo no es gratuito. Hay que abonar el diezmo. De lo contrario tu alma o las almas de los que partieron, seguirán en pena. Recuerdo cierta vez que intenté seducir el corazón de una guapa dama evangélica y su respuesta no pudo más ser más fulminante: “si no te conviertes al credo que profeso, no podré aceptarte”. Sentí  la sentencia en el oído con el mismo ardor que se recibe el improperio descabellado de un barrista. Aquí la cuestión también es de camisetas, pensé.

MIRA, le dije, no me pares bolas. Haz de cuenta que fue un loquito quien te habló de amores. Metí las manos en mi gabán y emprendí  una marcha sin rumbo. No habría recorrido una cuadra cuando oí el eco, pausado y seco, del anuncio del juicio final. El mismo que pregonaba el padre Lucio Pijpos y su legionarias de la Misión de María durante mis prácticas decimonónicas de monaguillo.

Apuré el paso y me escurrí por la avenida Séptima hasta alcanzar la Cinemateca Distrital. Estaba programada El día de la bestia, al fin y al cabo, un capítulo de Plaza Sésamo en comparación con la siniestra pesadilla que viví con Madame Piraquive.

¡Que Dios nos coja confesados!

(Ver enlaces)
http://www.semana.com/nacion/articulo/inmuebles-de-los-piraquive-en-bogota/372456-3

Share this post
  • Share to Facebook
  • Share to Twitter
  • Share to Google+
  • Share to Stumble Upon
  • Share to Evernote
  • Share to Blogger
  • Share to Email
  • Share to Yahoo Messenger
  • More...

0 comentarios

 
© La Pluma & La Herida

Released under Creative Commons 3.0 CC BY-NC 3.0
Posts RSSComments RSS
Back to top