Gloria Castañeda López fue como la segunda madre del joven cantante en
la época en que él cargaba y vendía aguacates en Corabastos
Ricardo Rondón Chamorro
En la amplia cocina de su finca El Madrigal, vereda Lutaima, municipio de Anapoima, Cundinamarca, Gloria Castañeda López, de 53 años, mediana estatura, tez trigueña, carnes prietas y mirada recia, nacida en Frontino, Antioquia, pela mandarinas para hacer un jugo, mientras trata de acallar el alboroto de sus perros enrabietados por la llegada de un forastero.
La casa de la matrona está enclavada en lo alto de una montaña rodeada de cocoteros, naranjos, mangos, limoneros y otros arbustos frugales, con una panorámica extraordinaria del imponente cañón del Tequendama, surcado por ríos y quebradas, bajo un sol paradisíaco de nuevo año. El rumoroso correr del agua contrasta con el bullir de cientos de pájaros, aves de corral, vacas, novillos y cerdos de crianza.
Gloria, aunque rebelde y de carácter fuerte, como ella afirma que ha sido desde niña, agregado a las durezas de la vida, aún no ha podido digerir del todo la impactante noticia del desastre aéreo ocurrido en la tarde del sábado 10 de enero de 2026, entre Paipa y Duitama, Boyacá, donde de forma inexplicable perdieron la vida el ídolo de multitudes Yeison Orlando Jiménez Galeano, y los cinco acompañantes de su equipo.
Si la doña de este novelesco drama lo siente, aunque intente con crudeza disimularlo, es porque ella fue la primera mujer que descubrió y patrocinó a Yeison Jiménez cuando este se ganaba la vida desde la madrugada cargando canastas de aguacates en Corabastos, y en la noche, mientras lo vencía el cansancio, soñaba con ser algún día un patrón del despecho como Darío Gómez, Luis Alberto Posada o El Charrito Negro, sus ídolos del momento.
Gloria Castañeda con su pupilo Yeison Jiménez, cuando él hacía sus pinitos musicales en bares y lenocinios del barrio Santa Fe. Foto: archivo particular
Yeison era un impúber recién llegado de Manzanares (Caldas), que venía de interpretar, por monedas, canciones ásperas de carrilera en las tiendas de su pueblo, y en Bogotá, a capela, en los buses, marcando las suertes que el destino le tenía señalado: el del 'El Aventurero' que amasó una fortuna con sus sentidas y alebrestadas letras; el que se acuñó en el corazón de los colombianos, y llenó tres veces el Movistar Arena, y el estadio El Campín, como ningún otro ídolo de su estilo lo había hecho.
Gloria Castañeda, administradora de un prostíbulo en la zona roja del temible barrio Santa Fe, se fijó en aquel jovencito provinciano, delgado, tímido, pero dispuesto a devorarse el mundo, no más le dieran el primer chance; el despegue para dispararse como cohete en el ambicioso estrellato del espectáculo, los reflectores y las bombonas robóticas, vestido de brillantes, sombrero ranchero y botas, cantando sobre un caballo de paso fino, y enloqueciendo al público con su carisma y su voz.
La historia de Gloria y Yeison es el cruce telenovelesco de dos destinos. Robusto culebrón que un intuitivo y hábil productor no dejaría escapar. Ella, una niña pueblerina que a los 11 años fue violada; que a los 13 se fue a Apartadó en busca de venganza del hombre que la deshonró, y que a esa misma edad se enfiló en un frente de la guerrilla fariana, hasta los 19, cuando del Urabá antioqueño huyó de la persecución y la violencia, y se instaló en Bogotá.
Su primer trabajo en la capital fue en un almacén de calzado del barrio Restrepo, donde duró cinco años. De ahí pasó a laborar a La Casona, un lenocinio ubicado en la zona deprimente del Santa Fe, donde impera la ley del más fuerte. Allí empezó como aseadora y, con el tiempo, se hizo al puesto de administradora.
Como "empresaria empírica" y revólver al cinto detrás de una barra, tomó en arriendo otros negocios de la noche: discotecas, fondas, cantinas. En esa movida aventurera y riesgosa de la farra y de "las mujeres -de prendas vaporosas- que mienten al besar", hizo plata, perdió, quedó en ceros, pero no se amilanó. "Primero muerta que vencida", rezonga Castañeda.
Briosa como las yeguas de alta escuela ecuestre que alguna vez tuvo en sus caballerizas, le plantó pecho a las crisis con rebusques improbables y temerarios en la zona de tolerancia, como el de aventurarse a sacar a la calle un fogón para vender comida en la noche: "Mi destino ha sido como el de una montaña rusa", señala.
La música del despecho que ha entronizado en el olimpo a figuras como Darío Gómez, su legendario rey, no solo concierne a las tribulaciones del acabose o el desengaño amoroso, sino a los dolorosos tropiezos de la vida en su trayecto agreste: la pobreza, el maltrato, la orfandad, la soledad, el abandono, la falta de oportunidades. El lastimero vacío de lo que pudo haber sido y no fue.
Gloria y Yeison han comido en ese mismo plato. Porque se desconoce de un bienamado o de una heroína del cancionero que rotulan como "popular", que haya nacido en cuna de oro. Fue Gloria la primera en darle una mano cuando más lo necesitaba; la que le programó su primer concierto en el burdel donde ella trabajaba; le patrocinó su primer cedé, lo dotó de ropa adecuada, y lo puso al volante de su primer carro.
"Entonces puedo decir que soy una eterna despechada que recorrió todos los sótanos del infierno del Santa Fe", apunta Gloria con pasmosa naturalidad, hoy retirada del estruendo, la pesadez moral y los riesgos de los antros; un cambio de tierra yerma a cielo promisorio en la tranquilidad y el aire puro de su remanso de Anapoima, en medio de los graznidos de una tropilla de gansos que desfilan orondos por los alrededores del espacioso comedor ranchero donde ella recibe al reportero de CAMBIO, para contar en detalle su cinematográfico relato.
Retirada del mundanal ruido y de los peligros de la noche, Gloria hoy respira aire puro y tranquilidad en su refugio de Anapoima. Foto: Ricardo Rondón
-Cómo y en qué circunstancias conoció a Yeison Jiménez.
-El primer encuentro fue como en 2008, en Manzanares, Caldas, el pueblo de Yeison, para unas fiestas de la cordialidad. Yo manejaba caballos y ahí fue la primera vez que lo vi cantar. Desde mi infancia me ha gustado esta música, porque me crie con ella. Me le acerqué, lo saludé, le di mi tarjeta de presentación, y le dije: búscame cuando estés en Bogotá.
-Y cuándo se produjo ese reencuentro.
-A los tres meses. A mí se me había olvidado el tema, cuando un día me llamó y le di las indicaciones dónde encontrarme, que era La Casona, el burdel donde yo trabajaba. Él todavía estaba en Corabastos, no sonaba en la radio porque no había grabado nada. Era un muchacho delgadito, con cara de inocente, por ahí entre los 17 y 18 años.
En mi oficina le vi el empuje, las ganas, le dije: cuánto me vas a cobrar por una presentación. Quiero que cantes para mí en uno de mis bares. "No sé cuánto le puedo cobrar", contestó. Yo le ofrecí 250.000 pesos, que era plata en esos años, y a él le pareció mucho. Tú te los mereces, le dije.
-¿Ese fue el primer concierto en el burdel La Casona?
-Sí. Yo no tenía ninguna experiencia como empresaria de espectáculos. Lo hice más por gusto propio, y por la forma especial como interpretaba Yeison las letras de otros cantautores, entre ellos John Alex Castaño. Esa noche estaba un poco nervioso por las chicas, a quienes les había advertido que no lo fueran a acosar.
Él ya tenía su pareja, una niña como de su misma edad. Utilizó mi oficina como camerino. Noté que solo tenía dos camisas. Después lo llevé a un almacén a comprarle ropa. Le dije que, en la vida de un artista, la imagen personal es algo muy importante.
Pendón del primer concierto de Yeison Jiménez programado por Gloria Castañeda en el burdel La Casona. Foto: archivo particularRepito, mi intención con Yeison no fue la de ser su manager, su dueña, solo fue el deleite de tomarme unos aguardientes, con amigos. Pero por instinto capté que en el muchacho había un diamante en bruto que había que pulir, y que alguien que no fuera yo, tendría que hacerlo. "Este man la da", me dije y no me equivoqué. Le vi esa chispa de querer ser un grande, tal y como sucedió después.
-Cómo recuerda hoy ese primer concierto.
-Todavía conservo el pendón con que lo anuncié. (Cuando Yeison se disparó a la fama, subió la foto y lo recordó en su cuenta de Instagram). Esa noche se me congestionó el negocio porque no cobré cover, solo el consumo. Mucha gente quedó por fuera.
Como le fue tan bien, lo seguí programando los fines de semana, a veces los domingos. Le ayudé con el presupuesto para que grabara su primer cedé, con la reproducción de las copias. Creo que fueron mil, y con el nombre de La Casona.
Cualquier día llegó a mi oficina con cara de contento a contarme que le estaban vendiendo un carro -no recuerdo que marca, solo que era vino tinto-. "Gloria, por favor colabórame", me dijo, "que algún día, cuando yo sea famoso y tenga plata, te la devuelvo". Yo no era que fuera millonaria, pero le vi esos ojos tan llenos de alegría, que saqué 4 millones y se los puse en las manos. Él, cuando ya era el duro de los escenarios, compartió esa anécdota en sus redes.
-¿Usted se enamoró de las canciones de Yeison, o del hombre como tal.
-¡No, que va, hombre! Yo podía ser su mamá, tengo mis años, pero no falta la gente que piensa lo mismo. Incluso mi ex pareja, que era controlador conmigo, me cuestionó por lo mismo, y tuve problemas serios por unos giros que le hice a Yeison para unas presentaciones en Cali y Jamundí, que mi ex descubrió. Me armó la de Troya. Me bajó de la camioneta y me hizo una escena terrible. Ya te imaginarás las palabrotas. Me tocó mermarle a la cosa.
El oportuno respaldo de Gloria Castañeda fue crucial en la carrera musical de Yeison Jiménez. Foto: Ricardo Rondón
-Qué canciones quedaron grabadas en el cedé que usted le patrocinó.
-De todas, las que más fuerza tuvo y empezó a sonar en medios fue Por qué la envidia, de su autoría; seguida de El Aventurero, Bendecida y Mujeriego, que se dispararon.
-Cuánto tiempo duró Yeison en esas presentaciones del barrio Santa Fe.
-No fue mucho tiempo porque él se fue creciendo y ya daba sus primeras entrevistas, y pues, se sentía incómodo cuando le preguntaban en dónde había cantado en vivo, y quién lo contrataba. De las últimas presentaciones que le hice, fue en Palogrande, una fonda paisa que abrí en el barrio Santa Isabel. Allí Yeison conoció a Rafael Muñoz, quien fue su primer manager, y con él inicio en forma su carrera artística.
-Cuando Yeison fue escalando, ¿usted asistió a algunas de sus presentaciones?
-No, porque mis negocios me acaparaban todo el tiempo. Pero hace unos tres o cuatro años lo acompañé a unos conciertos por invitación de él. No se me perdió definitivamente.
-Cómo la agarró la impactante noticia de la tragedia aérea en la que Yeison murió con sus cinco acompañantes.
-Me entra una llamada de una amiga que vive en España, llorando atacada, y me dice: "Dime que no es verdad que mataron a Yeison Jiménez". Yo le contesté no, cálmate, que hoy especulan y hacen bromas con esas falsas informaciones que ponen en redes. Espera que llegue a la casa, porque voy por carretera, a ver qué fue lo que pasó.
Yo no soy de ver noticieros, pero cuando comprobé la noticia, sentí un sacudón muy fuerte. Esa noche no puede dormir pensando en él, en sus padres, en su familia, Sonia Restrepo su esposa y sus hijos. Lo sentí mucho por ellos, y en mi corazón lo seguiré llevando por el resto de mi vida. El muchacho dejó huella, no solo en Colombia, sino en otras partes del mundo.
-Yeison fue un volcán en permanente erupción. Lo que vivió, lo que hizo y lo que dejó en solo 34 años, fue como si hubiera vivido tres vidas.
-Pienso que cuando Yeison tocó la cima de la fama, no paró. Recordé la vez en que me mandó a recoger para que fuera a su casa de Bogotá, con su esposita y sus hijos. Lo vi como si tuviera un montón de cosas que le rondaran en la cabeza, por la cantidad de compromisos que atendía y los negocios que manejaba. Como si no le quedara tiempo para él, para su vida.
-¿Qué opina de las confesiones que Yeison le hizo a Juan Pablo Raba sobre las pesadillas en las que él se vio morir tres veces en un accidente aéreo.
-Sí, el tema espiritual es fuerte y delicado. Como te dije, la última vez que lo vi, no hubo tiempo para hablar con él, que no fuera solo de su trabajo, porque iba a un ritmo acelerado. Salía de un concierto para otro, siempre rodeado de gente, de su equipo, de la cantidad de fans que lo cercaban; de ese mundo impresionante y absorbente de los escenarios. Con respecto a las pesadillas, pienso que Dios le estaba hablando de hacía tiempo, y él, no entendió. o no atendió la señal.
La madrugada en que Yeison llegó al barrio Santa Fe a visitar a Gloria, su protectora, cuando ella vendía comida en la calle. Foto: archivo particular
-Qué cree que pudo pasar aquella fatídica tarde del fulminante desastre aéreo, independiente de la investigación técnica del siniestro que puedan dar las autoridades.
-No soy la persona autorizada para dar una opinión sobre la tragedia. Me llamaron para saber si iba a asistir al velorio o al sepelio. Dije que no estaba en condiciones de hacerlo. Solo le pido a Dios que ojalá se conozca la verdad de lo que pudo ocasionar el accidente.
-¿Le deja dudas?
-Yo creería. Por eso se espera una explicación contundente. Que Dios ponga en el camino a las personas adecuadas para esa investigación. Eso no va a devolver a Yeison, pero es muy importante para que se conozca la verdad y su familia lo sepa, porque hasta ahora hay más preguntas que respuestas.
-Se lo digo por el mundo, como usted dice, absorbente, en el que Yeison se movía. El ambiente hostigante de la fama y la farra, el licor, el machismo, las mujeres, la ambición, el dinero a manos llenas, las envidias. Casi que una rutina similar al que usted llevó por más de 20 años con sus negocios de la noche imparable de placeres y excesos. ¿Llegó un momento en que usted dijo, "ya no más, hasta aquí llegó"?
-Sí, porque me estaba enloqueciendo. Creo que a todos los seres humanos nos llega ese momento de decir "quítate de ahí que ese ya no es tu lugar", y sin pensarlo mucho, lo hice. Yo quise hablar de esto mismo con Yeison, pero no se pudo.
-Porque usted ha llevado una vida retadora y vertiginosa como para llevar a la pantalla. Si llegara el momento en que algún productor, por todo lo que vivió con Yeison, le propusiera interpretar su rol en la realidad, como actriz natural en una serie, ¿se le mediría?
-Claro que sí. En este mundo, entre lo malo y lo bueno, uno está para dejar huellas bonitas, y no solo en la memoria de Yeison, sino en la de muchas personas. Lo que pasa es que se les olvida.
-La afición por los caballos también la compartió con Yeison.
-En eso también tuvimos una relación excelente. Nos encontrábamos a veces en Manzanares. Yeison, como yo, amaba los caballos. Dejó un criadero importante al que bautizó con el nombre de Cumbre, como la cumbre que alcanzó con su música. Fue una conexión muy bonita con los animales. Él les cantaba y nos tomábamos nuestros aguardientes a nombre de ellos. Tuve el privilegio de estar en la grabación de su video, El Mejor Caballo.
-Gloria, qué cuadre de caja hace de su novelesca vida.
-Dar gracias a Dios, porque sin Él no hay nada. Hoy en día digo que fue una escuela tan tremenda, que solo me arrepiento de lo que no hice.
-¿Conserva el revólver que llevaba al cinto cuando se ponía detrás de las barras de sus negocios, como una vaquera del viejo oeste?
-Lo llevé por fuerza mayor en una época complicada y violenta del sector de Santa Fe, en los años 90. La delincuencia era terrible y la envidia igual. Varias veces estuve amenazada. Y si me dejaba meter miedo, paila; como los perros que huelen el miedo, y es cuando más rápido atacan. Es que yo estoy defendiéndome desde la niñez.
-Le quedan traumas de la violación.
-Gracias al poder de la oración los fui superando. Y no solo eso. He sanado muchas cosas. Por eso estoy acá contando el cuento, porque uno no termina de conocer su propio cuerpo ni sus sentimientos.
-Cuál es el recuerdo más nítido que le queda de Yeison Jiménez.
La Doña, en su finca de Anapoima, con su con su tropilla de gansos, que la sigan a donde vaya. Foto: Ricardo Rondón
-En 2019, en plena pandemia, estaba atravesando una fuerte crisis económica, en medio de los subidones y bajonazos de llegar a tenerlo todo y de repente quedar en ceros. Con decirte que me vi obligada a sacar un fogón a la calle para vender caldo, arepas, envueltos y chorizos. Yeison, no sé cómo, pero se enteró de mi situación. Un día me llegó a las 3 de la madrugada en su camioneta, con su gente de confianza.
"Cómo es que Gloria está vendiendo comida en la calle. ¿Qué pasó?", se aterró. La emoción fue tan grande que lloré, porque hacía años que no lo veía. Nos metimos en su camioneta, le conté de mis tristezas, bebimos whisky. Me regaló 4 millones de pesos de pesos. Con eso me volví a levantar. Fue la última rasca que me pegué con él. Dios lo tenga en su Gloria.
Gloria muestra en el celular los vídeos y las fotos con el joven Yeison que apenas estaba dando los primeros pasos en el camino de la música. "Mira -indica-, esta es la del primer concierto en La Casona. Aquí está la del pendón. Este video también, en La Casona, fue cuando me cantó con mariachi para un cumpleaños, el más feliz que he celebrado en mi vida. Aquí estoy con él después de uno de sus conciertos. Ay, mira estas fotos (se carcajea), fue cuando me llegó a la madrugada a mi puesto de chorizos y arepas en El Santa Fe.
Gloria, pensativa, con la mirada nublada, pasa y repasa el inventario de sus cuitas y nostalgias. Con sus canciones, en la inigualable voz de Yeison, que aún resuena en sus oídos, y las postales del muchachito inocente y tímido que quería devorarse el mundo; de su hijo putativo es lo único que le queda. Para rescatarla de ese trance melancólico le disparo la pregunta de remate:
-Le tengo el nombre para sus memorias, o para su película: Gloria, infierno y redención, con la canción de fondo de Umberto Tozzi. ¿Le suena?
-¡Ah caramba, échela a rodar!





















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