En vísperas de año nuevo, a sus 61 años, se apagó la vida de Orlando
Vargas, el hombre que hizo de Palladium, un culto bogotano de la música latina
Ricardo Rondón Chamorro
La foto ubica a Orlando Vargas Díaz, bogotano, robusto, tez trigueña, mediana estatura, siempre de corbata, con una sonrisa entre cómplice y burlona, de pie dentro de su barra, micrófono en mano, y su voz de locutor vieja guardia enviando saludos a la concurrencia, y pinchando discos en el tornamesa con una breve reseña de cada uno: origen del álbum, tema, letrista, orquesta, vocalista, fecha de grabación y sello discográfico.
El escenario de la postal, Palladium, el bar que abrió Orlando en 2001, en la Zona Rosa del popular barrio Restrepo, calle 17 sur # 16-51, una sucesión del Palladium de Chapinero (carrera 13 # 54-44), en manos de Camilo Torres, que hizo eco entre 1975 y 1990, inspirado en el nombre del legendario club neoyorkino de Jazz y Música Latina, en el Broadway de la década de los 40.
El Palladium del Restrepo resistió hasta 2020, por los estragos de la pandemia del coronavirus, en el movido circuito de moteles, ruidosas cantinas y antros, agregado a la inseguridad rampante de la noche. Con su barra, Orlando Vargas marcó la diferencia al imprimirle un carácter distinguido: tenía un vigilante para los fines de semana (que al corriente resultaba ser uno de sus amigos), y un moderado incremento a los productos para evitar el asedio del "crapulaje".
Tras la puerta de Palladium resaltaba, a manera de biombo, una foto gigante de Héctor Lavoe, uno de sus cantantes preferidos. Las paredes estaban colmadas de fotografías de íconos de la Salsa, y en la mayoría de ellas aparecía Orlando dándose la gran pantalla: con Wille Rosario, Adalberto Santiago, Rafael Itier, Papo Luca, Óscar D'León, Ray Pérez, Andy Montañez, Cheo Feliciano, Johnny Pacheco, Alfredito Linares, Fruko, de una larga lista de luminarias.
Por su ortodoxia y carácter selectivo con la Salsa clásica, se le retorcía el genio cuando alguien, por ingenuidad, se le acercaba a solicitarle un tema de Marc Anthony, Rey Ruiz, Víctor Manuel o La 33, y se salía de casillas cuando le nombraban a David Pabón (el de 'Aquel viejo motel') o a Wilfredo Vargas. También se ofuscaba cuando veía ingresar gente en crocs y sudaderas, o con cachuchas; no toleraba ni las de Millonarios, que fue su equipo del alma.
Orlando acompañando a Fruko en el homenaje que el Congreso de la República le confirió al maestro salsero. En la mitad, Rosita Garzón, esposa y manager del veterano músico. Foto: archivo particular
Orlando era un tipo pinchado, se daba sus gustos y sus lujos. Además del buen vestir y la colonia de marca, lucía un lazo trenzado y un anillo en oro macizo con el nombre en alto relieve de Palladium, su amado bar, por el que regó lágrimas cuando entregó el local. En tiempos de vacas flacas, las preciadas joyas pasaban temporadas de vacaciones en los montepíos del Restrepo, mientras se recuperaba la economía. Su amigo Óscar García Carballo, melómano, locutor y comentarista deportivo cartagenero, se encargaba de rescatar las alhajas.
La magia de las pastas
Orlando Vargas Díaz trascendió por ser uno de los cultores y enciclopedistas de Salsa más juiciosos y obstinados, además de su privilegiada memoria y su narración fluida. Por eso se ganó, entre sus amigos y clientes, el rótulo de 'La biblia de la Salsa'. Fue consultor de confianza de periodistas musicales. Lo invitaban de emisoras de entretenimiento a botar corriente con su tornamesa y su cartapacio de álbumes. En Nocturna de RCN, era el protagonista de los viernes, y arrasaba en audiencia, hasta que se desilusionó de trasnochar, solo por amor al arte. No le reconocían ni lo del taxi.
Su despertar en la música fue a temprana edad con el descubrimiento del disco, la pasta, ese platillo negro fantástico que, con delicadeza, ponía a sonar su padre en el tocadiscos de un barcito estrecho del barrio Restrepo, donde ponía melodía del recuerdo, y a donde llegaban a libar pola y a fumar Pielroja zapateros remendones, fabricantes de calzado, maestros de obra, verduleras de la plaza de mercado, y "hasta reconocidos ladrones" que pagaban el pedido por anticipado", contaba Orlando.
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De esa época, conservaba la gratitud nostálgica de las rancheras de José Alfredo Jiménez, Pedro Infante, Jorge Negrete, Antonio Aguilar y Javier Solís; pero también la tanguedia de Gardel, Julio Sosa, Hugo del Carril, Ángel Vargas, Roberto 'El Polaco' Goyeneche, Libertad Lamarque; los boleros de la Sonora Matancera y sus intérpretes: Bienvenido Granda, Vicentico y Miguelito Valdés, Celio González, Carlos Argentino Torres, Alberto Beltrán, Celia Cruz, Nelson Pinedo, y 'El Jefe' Daniel Santos. En esas estuvo hasta que lo picó la 'machaca' de la Salsa, utilizando el nombre del insecto inventado por Henry Holguín, recordado cronista del sensacionalismo en Colombia.
El virus salsero lo contagió cuando salía de los dobletes de pistoleros y karatecas que programaba en sus vespertinas el Teatro Mogador de la calle 23 con 6ª, contiguo a La Jirafa Roja, una de las discotecas de Salsa más acreditadas en los años 70 y 90, donde animaba y transmitía sus programas radiales el locutor y programador barranquillero Miguel Granados Arjona, reconocido como el 'Viejo Mike', que en Todelar y Radio K sentó precedente con espacios como 'Rincón Costeño', 'El Show del Viejo Mike' y 'Una Hora con la Sonora'.
El curso salsero fue reforzado con teoría y práctica. Orlando mostraba orgulloso los cuadernos de colegial que él llenaba de registros discográficos, agrupaciones, fechas, procedencias, anécdotas de intérpretes y orquestas; boletas de conciertos fotografías de periódicos y revistas, y de sus primeros acercamientos a los ídolos, bien en el aeropuerto de El Dorado, o en el lobby del Hotel Tequendama, pasarela oficial del estrellato con su piano de cola, donde posaba para las fotos Richie Ray.
''Fuera Zapato Viejo'
Palladium, en el barrio Restrepo, fue punto de encuentro de adicionados y peritos de Salsa de distintas edades y procedencias. Foto: archivo particular
"Vargas se educó en la Salsa a finales de los años 70 al lado de Benicio Arias 'El Duende', un D.J. callejero al que le fascinaba la música de Johnny Pacheco, y quien fue también D.J. de La Montaña del Oso y del Palladium de Chapinero, con sus dos pistas y una respetable colección de vinilos. Allí también pinchaba discos Efraín Cardona, y su hermano Luis se hizo famoso como bailarín de Salsa, con el apodo de 'Mamboloco'.
Ahí aprendió Orlando, en las vespertinas salseras, debajo de las cabinas, escondiéndose de la policía porque era menor de edad: 'mi anhelo era tener una discoteca, y lo primero que hice cuando la tuve, fue presentar el tema, la orquesta y el cantante al inicio de la melodía, para que la gente no anduviera preguntando cómo se llamaba tal o cual disco. Yo quería un sitio en que la gente, además de bailar y disfrutar, pudiera aprender algo; se trataba de eso, de aprender'', registra en su apartado el libro '¡Fuera Zapato Viejo! (edición de Mario Jursich Durán, 2014).
"Yo conocí a Orlando Vargas de 'sardino' (muchacho), maleteando (comprando y vendiendo) música en el centro, en las casetas de la 19 y en San Victorino, donde estaba la pomada de la música en vinilo", cuenta Hernando Gómez, comerciante de música latina desde la juventud, melómano, coleccionista, empresario de espectáculos y propietario de bares como Cubarra, en el Restrepo, Tabogo, en la Primero de Mayo, y Audiófilos Latin Concept, en el centro. "Uno de los clientes fijos de Orlando era Jaime Ortiz Alvear, inolvidable director y presentador de 'Salsa con estilo', de Caracol Radio.
Hernando Gómez, melómano y coleccionista de Salsa, conoció a Orlando Vargas cuando 'maleteaba' música en las casetas de la 19 y en San Victorino. Foto: Ricardo Rondón
En su época dorada, el Restrepo fue la gran movida salsera del sur de Bogotá, por discotecas y bares como Salsoul, de Alfonso y Gloria Martínez; El Sol de Medianoche, de Fernando Ruiz 'Bocadillo', Crescendo, de Luis Cardona 'Mamboloco'; La Barra del Negro Charly; Rumbón Melón, de Hernando Zabaleta, uno de los locales más antiguos y vigentes de Salsa, y por supuesto Palladium, de Orlando Vargas. Allá animaban 'El Viejo Mike', 'Chocolate' (Quintero) y Pedro Salsa. Y en la pista se lucía el bailarín 'Chucho Bon Bon Bum'”, recuerda Gómez.
Tras el obligado cierre de Palladium, Orlando Vargas Díaz retornó a la rutina de la compra, venta y cambalacheo de música, el 'maleteo', que llaman, que él promocionaba por Facebook, y que en su última etapa contaba con un buen recaudo de clientes de México, Panamá y Estados Unidos.
Cuando no era con el disco o el cambalache, los escasos colegas que le quedaban en el barrio Restrepo lo invitaban a programar música. De vez en cuando utilizaba su automóvil para hacer carreras por Uber. Lo que saliera para abonar al sustento de su familia: su señora madre Bernarda Díaz Sánchez; su esposa Jenny Niño Hernández, y sus hijos Viviana, Daniel y Clark.
Aquel triste 24
Palladium, en el barrio Restrepo, fue punto de encuentro de aficionados y peritos de Salsa de distintas edades y procedencias. Foto: archivo particular
Orlando transmitía saludos y melodía todos los días, por Facebook, desde su estudio en su casa de Ciudad Berna. Lo hizo hasta faltando 48 horas de su ineluctable partida. La indolente parca le dio el tiquete, justo cuando iniciaba la noche del miércoles 24 de diciembre de 2025. Recién salía de la ducha, presto a lucir la pinta para la cena familiar. Se le vio trastornado, con un fuerte dolor en el brazo. Lo llevaron de urgencia a la clínica. El parte fue un accidente cerebrovascular. Con las primeras luces del sábado 27 de diciembre, se dio a conocer la luctuosa noticia. Vargas apenas tenía 61 años.
Hernando Zabaleta, propietario de Rumbón Melón (que en octubre pasado cumplió 40 años de estar funcionando), vecino de Orlando, cuando regía Palladium, lo recuerda con aprecio. Fue el primero de sus amigos en saber de su repentino fallecimiento, en una fecha tan sensible como la de la Navidad.
"Me impactó la noticia de su partida, porque Orlando, además de ser un tipo jocoso y cordial, sabía mucho de música, sobre todo de Salsa y de tropical. Con el Negro Charly y con Orlando, formamos la terna de Los Máster de la Salsa. Hicimos varios conciertos en vivo, con orquestas reconocidas, en salones del barrio, cuyo tope eran 500 personas. Son muchas las historias y aventuras que quedan de esa amistad. Se le recordará con cariño", expresa Zabaleta.
Hasta siempre, Orlando
John Cerón Bastidas, periodista, melómano, coleccionista, bloguero de Salsa y miembro de la Asociación Amalia Bembe, recuerda a Orlando como el amigo que lo recibía con sonrisa "de oreja a oreja" y estrecho abrazo. "Era una fuente inagotable de conocimiento. Atesoraba discos inimaginables. De cada uno guardaba una historia especial, un dato desconocido, un tema raro. Extrañaremos sus viejotecas y el don de caballero que fue su sello. Descanse en paz".
Desde su fallecimiento, el 27 de diciembre, no cesan los mensajes de condolencias y solidaridad con su familia. Su esposa, Jenny Niño Hernández, escribió en la cuenta de Palladium Salsa: "Siempre supe que Hernando no era cualquier persona. Él era un ser maravilloso, perfecto para mí; para mis hijos y sus amigos. Agradecida infinitamente con todos ellos. Él es feliz ahora que está con el Rey de Reyes. Te amo, mi vida".
Orlando Vargas Díaz murió en su Salsa. La disfrutó con pasión y entrega desde que era un colegial. El clisé garciamarquiano de "vivió para contarla", cabe en su imparable y fervoroso tránsito por la música, su razón de ser, su contacto permanente. Gracias a la Salsa, cosechó cualquier cantidad de amigos, en Colombia y en el exterior, que, con su familia, evaluó como su gran riqueza, "porque la otra -decía-, la del vil metal, es efímera, y no es para todo el mundo".
Hoy lo recordamos con una entrevista que le hice para el desaparecido diario El Espacio, en agosto de 2012.
Hasta siempre, Orlando.
-¿En qué momento se le inoculó en la sangre el virus de la salsa?
Fue en 1972, yo tenía
8 años, cuando escuché ‘Payaso’, de Nelson y sus Estrellas, en una radiola
Ratefón, de mi papá. Me acuerdo mucho de la portada del elepé, del sello
Discomoda, donde aparecía una pareja bailando.
-¿Y cuál fue el
primer disco que inauguró su colección?
El de ‘Descargas
Cuban Jam Sessions’, de Cachao, y su tema estrella, ‘Cógele el golpe’.
-¿Cuánto le
costó ese disco y en dónde lo adquirió?
130 pesos y lo compré
en una de las casetas de madera de la calle 13, abajo de la 10ª, en Bogotá.
-¿Llevaba un
registro de los discos de su colección?
Sí, esa tarea la
empecé a hacer a los 13 años en un blog de carta, con un esfero de tres minas,
donde iba apuntando el álbum, el nombre del tema que me gustaba, y el valor.
Ese documento aún lo conservo. Es como una reliquia.
-¿Cuál ha sido
el disco más difícil de encontrar?
El primer elepé de
Los Corraleros, que se llama ‘Majagual’. Qué ‘gallo’ para ubicarlo. La anécdota
es larga: lo encontré en una casa antigua del centro capitalino, donde un
vendedor de discos, don Ángel, me acuerdo, tenía ocupados todos los cuartos de
acetatos. Yo me quedé allí un día entero, hasta la noche, esculcando carátulas,
hasta que lo pillé. El hombre, al ver mi rostro de felicidad ante semejante
descubrimiento, me lo vendió en 70 mil pesos.
-¿Otro hallazgo
que le haya hecho sudar petróleo?
El primer álbum del
Gran Combo, que se llama ‘Menéame los mangos’, con Joseíto Mateo como
vocalista: lo conseguí por intermedio del finado Jaime Ortiz Alvear, quien me
vendió dos álbumes sellados: uno se lo regalé a Rafael Itier, el director. Y el
otro lo conservo en mi discoteca, sin destaparlo. Data de 50 años.
-¿Y cuál es el
fetiche de no destaparlo?
Porque un amigo de
Nueva York me envío el cedé de ‘Menéame los mangos’, y yo en mi terquedad
conservo el álbum aún sellado.
-¿Tiene muchos
álbumes sellados?
Cantidad, por
ejemplo: el del Quinteto Etíope, agrupación africana; un disco de Richie Ray,
‘Bomba en navidad’; otro de Miltiño, y uno más de los primeros ‘14 cañonazos
bailables’, entre otros.
-¿Cuánto es lo
que más ha dado en dinero por un disco?
300 mil pesos pagué
hace ocho años por un álbum que se llama ‘El Fumigador’, de la Orquesta Latin
Dimensión, que incluye la versión de ‘La Cucaracha’, en salsa. Se lo compré a
Hernando Gómez, que es un gran coleccionista y amigo.
-¿Y de
cambalache?
Un día le cambié a
Jaime Ortiz Alvear mil cedés por 5 mil elepés que me dio él.
-¿Estaban en
sano juicio?
Ya estábamos ‘3/15’,
pero la palabra de honor se sostuvo.
-¿Cuál es el
disco más raro que tiene?
Se llama justamente
‘Qué tipo tan raro soy yo’, del maestro Chico Cervantes y su Banda. Lo tengo en
formato 45. Y es curioso porque es una canción guapachosa con ritmo de salsa
espectacular.
-¿El disco más
antiguo?
‘Las maracas de
Cuba’, de Enrique Bryon, que data de 1932, está enterito.
-¿La última
novedad adquirida?
‘Empújale la aguja’,
música cubana de los años 30. Me costó cien mil pesos. Lo compré antier.
-Dicen que los
coleccionistas son tan adictos como los jugadores de casino, y que son capaces
de cualquier cosa: ¿Usted ha robado discos?
Para qué te voy a decir
que no: cuando era pelado, en las vespertinas bailables, me escamoteé uno que
otro. Por ejemplo, un variado que se llama ‘Lo mejor de la salsa’, con su tema
bandera, ‘Kua kua’, del maestro Tito Puente.
-En orden de
aparición: ¿Las orquestas y cantantes de su predilección?
Te nombro primero las
orquestas: La Sonora Matancera, Septeto Nacional de Cuba, el Conjunto
Matamoros, José Curbelo, Machito, Tito Rodríguez, Tito Puente, la Riverside,
Benny Moré y su Banda Gigante, Gran Combo, Sonora Ponceña, Hermanos Lebrón,
Xavier Cugat, Dámaso Pérez Prado, Cortijo y su Combo y Fania All Star.
-¿Y cantantes?
Tony Molina, Ismael
Rivera, Celia Cruz, Tito Gómez (cubano), Roberto Faz, Héctor Lavoe, ‘El
Bárbaro’ Benny Moré, Vitín Avilés, Rudy Calzado, Cheo Marqueti, Chivirico
Dávila, Panchito Riset, Celio González, Bienvenido Granda y el gran Daniel
Santos”.
-¿Qué discos no
ha podido conseguir a la fecha?
Todos los que he
querido, los he conseguido.
-¿Hasta dónde ha
ido por un acetato?
Una vez me fui a Cartagena
por la mañana y regresé en la tarde, todo por un disco: ‘La pachanga de la
escoba’, de Catalino Tejedor, hecho en Colombia: puro sabor. Otro día me fui a
Bucaramanga porque me datearon que allí estaba un disco de Carlos Román (el del
famoso twist Very, very well), la pachanga ‘Bucaramanga’. Y lo compré.
-¿Tiene
asegurada su discoteca?
Sí, con el mejor
asegurador del universo: Dios Todopoderoso.
-Con todo ese
bagaje y material que posee, ¿no se le ha ocurrido dirigir un programa de salsa
en radio?
Claro que sí, escucho
ofertas y soy materia disponible.
-¿Fuera de salsa
qué más colecciona?
Música tropical, o lo
que se conoce como melodía de viejoteca.
-¿Tangos,
rancheras?
Claro, porque me
arrullaron con tangos y música vieja, y ahí entra la ranchera, pero
seleccionada: Javier Solís, Antonio Aguilar, Pedro Infante y don José Alfredo
Jiménez.
-¿Qué se niega a
escuchar?
Toda esa bulla
molesta que invade las emisoras y los borrachos malucos.
-¿Con qué
acostumbra mojar la palabra?
Unas cervecitas
importadas de lata, caen bien cuando boto corriente.
-¿Qué resumen
puede hacer de su vida un hombre como usted que le ha invertido sus años y su
capital a la música?
Más agradecido no puedo estar con Dios y con la vida, que me ha permitido hacer y disfrutar de lo que más me gusta: el milagro de la música.




















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