jueves, 24 de marzo de 2022

Jorge Antonio Vega, el maestro de la radio que se agarraba a trompadas en el viejo San Bernardo

 



Al borde de los 90 años, lúcido y memorioso, el legendario profesional del micrófono desanda los pasos del barrio bogotano donde nació y se formó como uno de los grandes de la radiodifusión en Colombia.

Ricardo Rondón Chamorro

(Fotos: David Rondón Arévalo / Archivo particular)

Lo de los bofetones en la calle fue a principios de los años 40, cuando Jorge Antonio llegaba del colegio a su casa, chillando y con las narices reventadas.

Por eso, su padre, don Carlos J. Vega, empleado civil del Ejército, lo matriculó en un gimnasio. Jorge Antonio frisaba los diez años, y el desquite y la disciplina con los guantes arrojó un temible trompadachín, cuando las peleas de los más verraquitos se casaban entre pupitres y "a la salida nos vemos".

"Sígame jodiendo y le pongo a Vega", era la amenaza de los debiluchos a los pendencieros del Colegio Figueredo, cuenta sonriente y con fino humor cachaco Jorge Antonio Vega Baquero (Bogotá 17 de mayo de 1933, barrio San Bernardo, calle Cuarta, carrera Once).

Así rememora, quien por décadas ha sido referenciado como tutor y mentor de grandes talentos de la radiodifusión nacional, aquellos tiempos del pugilato a puño limpio en la vía pública, y el de las cuerdas en los primeros escenarios bogotanos, con figuras que brotaron como el diente de león bajos los techos de teja colorada de esas "casas del ayer" del San Bernardo:

"Conocí a Francisco Anastasio Pérez, el polémico y tristemente célebre "Mamatoco", ex policía, sindicalista y gacetillero de La voz del pueblo, asesinado por uniformados; Guillermo "Memo" García, Carlos González, conocido como "Kid Bogotá"; Mario Rojas y el Pambelé Nicaragüense, un monstruo del cuadrilátero, como su apodo lo autenticaba: El Asesino de Managua".

Pero en el tarot de Jorge Antonio Vega no aparecía una apoteosis con los guantes -aunque ya mayor oficiara como empresario de veladas boxísticas-, sino una carrera pujante y de notable brillo en el mundo de las comunicaciones: la radio, la publicidad y el espectáculo.


Jorge Antonio, en la soledad de sus días, evocando entrañables reminiscencias

Por la vía de la nostalgia

Estas evocaciones las hace Vega ya en el umbral nonagenario, aferrado al volante de su automóvil plateado, con la frescura de un jovencito vanidoso a toda marcha y a contracorriente del endemoniado tráfico capitalino. Jorge Antonio conduce, cuenta, canta, y celebra lo que narra, siempre atento a los retrovisores. En un trancón de medio día, subiendo por la avenida Diecinueve con carrera Octava, su mirada de elefante queda fija en el viejo edificio contiguo a la Plaza de Mercado de La Macarena (o de Las Nieves), que por veintisiete años fue su casa: Caracol Radio.

Al frente, la acera invadida de vendedores ambulantes de insólita mercadería, entre ellos un anciano de cárdena melena, espigado y de sombrero a lo Franco Nero, botas texanas y un humeante chicote entre sus colmillos de oro, atiende sobre el andén un reguero de zapatos viejos, que es su rebusque diario.

Le confieso al maestro del dial que en los años 80 ese edificio de Caracol era mi querencia citadina, cuando polluelo y soñador anclaba en el radio teatro, donde él, oloroso a María Farina y plantado frente al micrófono de pedestal, presentaba con su vozarrón El Gran Show de Hebert Castro, con la orquesta del gigante de la trompeta, el panameño Marcos Gilkes. Del show, salía a almorzar de pie con dos robustas empanadas y una colombiana en el chuzo de al lado, y de ahí feliz al Teatro Lux, que quedaba a la vuelta, por la Octava, donde por $5 tenía uno acceso al doblete continuo, hasta las diez de la noche, que variaba entre películas de extraviados vaqueros solitarios, karatekas voladores y melodramas de la época dorada del cine mexicano.

"Pues al lado de ese chuzo de las empanadas estaba la cantina donde pasaban a desaguar los transeúntes acosados por la prostatitis y las vejigas apremiantes. Por eso la bautizamos 'Orines Hilton'. Caray, ¿cómo era que se llamaba la dueña?", remite burlón el veterano de la radio, que ignora que por las noches, quien escribe estas líneas, frecuentaba el bebedero, ofreciendo por propinas, declamaciones de la tragicomedia popular, entre sudoraciones y vahos pestilentes de borrachines, canturreos desafinados de musiqueros en ruinas, y el penetrante hedor amoniacal que llegaba del desaguadero. Jorge Antonio era asiduo cliente de ese novelesco bar.

Por la avenida Caracas, con sexta, pasando la estación de Policía, observamos los consultorios de los 'mecánicos de huesos', como se les conoce a los empecinados sobanderos de toda la vida, y a la vera de la Tercera, los escombros de las demoliciones del San Bernardo, otrora uno de los barrios emblemáticos del centro de Bogotá, hoy azotado por la inseguridad y plagado de drogadictos, locos y pordioseros, que pernoctan en cambuches o a cuerpo suelto sobre el pavimento.


El veterano de la radio en el Parque del Educador, junto al busto de Juan Bautista La Salle, del San Bernardo

Casas viejas

Del viejo barrio, territorio de su nacencia, Vega Baquero publicó en este mismo diario, en enero de 2017, una bella crónica con el hilo conductor del tango "Casas viejas", de Ivo Pelayo y Francisco Canaro, donde, enchufado a su memoria borgiana desgrana reminiscencias de la infancia y la adolescencia, de sus pacientes romances con ruborizadas señoritas castas, de vecinos ilustres y legendarios como Indalecio Líevano Aguirre, Julio César Turbay Ayala, Antonio Reyes 'El Nacional' (empresario taurino) y Félix María Garzón, padre del asesinado humorista y periodista Jaime Garzón, que rodearon su casa paterna, y del fascinante descubrimiento que señaló su destino: el de la radio, "la magia de la radio", como él subraya.

Frente a las ruinas del vecindario sanbernardino que fue su cuna, Jorge Antonio comenta, que antes de ingresar al colegio ya sabía leer por obra de su señor padre, quien lo instruyó en la interpretación y comprensión de la lectura en voz alta, con la dicción y el ritmo de los narradores profesionales. De esa oportuna instrucción quedó su arraigada pasión por los libros.

En el antiguo San Bernardo había una emisora -adelanta-, Ondas de los Andes, propiedad del capitán Roberto Laignelet, piloto de Avianca, que muchos años después fue Radio Reloj, cuando la compró Fernando Londoño Henao, a futuro, mentor y promotor de Jorge Antonio Vega Baquero en su brillante periplo como locutor y presentador por varias estaciones radiales.

A los doce años, Vega, atribulado por la severidad de su padre, se fue de la casa y encontró empleo como mensajero en una litografía vecina del Palacio de Nariño, la de los hermanos Cabrera Lozano, Álvaro, Jaime y Carlos, este último encargado de la página deportiva de El Tiempo. Corría el año 45 con las desafiantes borrascas políticas de godos y cachiporros, y un engominado Jorge Eliécer Gaitán que tenía hipnotizado el pueblo con sus furiosas arengas de mano alzada, y su verbo demoledor.

En el taller de los Cabrera, Jorge Antonio aprendió el arte de la impresión artesanal que, antes del linotipo, se realizaba en un componedor de cajas. En corto tiempo, se cotizó como un hábil y acreditado cajista, el más solicitado por políticos y comerciantes para imprimir gacetillas y volantes.

En el 47, se reencontró con su padre, ya más comprensivo y blando de carácter, y reanudó sus estudios de bachillerato en el Externado Nacional Camilo Torres, que en 2000 le confirió en acto solemne el título Honoris Causa.

En esas aulas, cuenta Jorge Antonio, el profesor López Giraldo, titular de la asignatura de castellano, le reconoció que el timbre de su voz y su fluida lectura, eran ideales para la radio, cuando ser locutor en Colombia representaba una distinguida vocación como la de médico, cura o abogado.

Sin dudarlo, Jorge Antonio hizo los trámites de la licencia ante el Ministerio de Correos y Telégrafos, en ese entonces al mando del general Gustavo Rojas Pinilla. Acudió al programa de capacitación para emisoras y se alistó entusiasta para el examen. Le expidieron la licencia de segunda, porque la primera la otorgaban a los experimentados lectores de noticias.


Casas en ruinas del San Bernardo, que en el remoto pasado albergaron familias ilustres y personajes de leyenda.

Al aire

Su primera incursión ante micrófonos, fue a mediados de 1949, cuando aún se respiraba el humus de pólvora y sangre del devastador Bogotazo. Vega contaba diecisiete años y asumió como locutor auxiliar en Radio Cristóbal Colón, cerca de la Iglesia de las Nieves.

El lector estrella de noticias en esa emisora era Jaime Pardo Parra. Un día, Pardo amaneció enfermo y no pudo cumplir con su jornada. Vega, perspicaz, se ofreció para leer las noticias de la emisión matutina. Apenas concluyó el noticiero, las reacciones no se hicieron esperar. El gerente llamó sorprendido a preguntar quién era el locutor que había reemplazado al de planta, y pidió que se lo pasaran para felicitarlo. Pero la llamada de la suerte ocurrió cinco minutos después, cuando el operador de audio le pasó a Jaime Sotomayor López, jefe de redacción del Radio periódico El País, "El diario hablado de Colombia".

-Señor Vega -recibió Jorge Antonio-, lo espero mañana a las siete en punto para que nos tomemos un tinto y conversemos... No me vaya a fallar, por favor.

El recién estrenado lector de noticias, correspondió desconcertado a la invitación, y cuando colgó la bocina quedó estupefacto y como si los ratones le hubieran devorado la lengua.

Al otro día, Sotomayor no podía dar crédito a sus ojos, cuando observó que aquella potente voz de galán de radionovela que lo había cautivado el día anterior, emergía del fondo del diafragma de un menudo muchachito de diecisiete años, con traje de primera comunión y ojos vivarachos.


En su egoteca, abundante en trofeos y reconocimientos a toda una vida dedicada a la radio.

La única exigencia que le hizo el jefe del Radio periódico El País, fue por la licencia de primera para firmar contrato por un salario extraordinario para un novato. Vega corrió al ministerio y granjeó a la funcionaria encargada de licencias para que le redactara, con prontitud, una carta donde certificara que su licencia de lector de noticias cursaba trámite.

Ese fue el comienzo como profesional de la radio de un virtuoso joven sanbernardino, que aún no completaba dieciocho años, y que con su voz y precoz maestría compartió micrófonos con locutores y periodistas mayores como Humberto Bernal Tirado, y el columnista de El Tiempo y jefe de redacción de la France Press, Édgar Gómez Ospina, conocido entre cuartilleros como "Pertinaz".

Vida y obra

Avanzamos a pie por el complejo residencial Campo David, donde se conserva intacto en su interior el torreón de vigilancia del asilo psiquiátrico, que a principios del siglo pasado fue refugio de pacientes de distintas latitudes, hombres y mujeres, y que en 1980 fue trasladado a Sibaté. En una panadería compartimos onces, mientras Vega Baquero prosigue su fascinante relato por las veredas del pasado.

El trabajo en el radio periódico de Sotomayor dio pie para que Jorge Antonio se multiplicara en simultánea, por la noche, en estaciones como Sutatenza, Radio Mundial, Ecos del Tequendama y la Voz de la Víctor, de Libardo Naranjo, el popular "Ciego de oro".

De ahí partió a Ibagué seducido por mejores ofertas salariales. Estuvo un año trabajando como lector de noticias en Ecos del Combeima. En la capital tolimense, tocado por distintas corrientes musicales, afloró su entusiasmo por la empresa artística, en calidad de manager y presentador de espectáculos, una iniciativa que con el tiempo le generó jugosos dividendos.

De regreso a Bogotá, y con la experiencia adquirida, se vinculó a La Voz de Colombia, emisora oficial del partido conservador, donde llegó a ser director. La anécdota cumbre con una audiencia tradicional, fiel a la doctrina católica y a los preceptos patriarcales, éticos y morales, que a las seis de la tarde emitía el sagrado rosario, tuvo que ver con una proeza inaudita de Jorge Antonio al transmitir en directo y con lujo de detalles el juicio de uno de los casos más sonados de la historia criminal en Colombia, el de Teresita, la descuartizada (1952).


La fina estampa ante micrófonos de una de las grandes voces de la radio en Colombia

Esa absurda hazaña, en la solemne rutina de una frecuencia que destilaba el azul metileno de la godarria, le valió a Vega un fuerte llamado de atención del gerente Jesús Álvarez Botero, por profanar  las incontrovertibles políticas de la empresa, al pasar un ruin y escandaloso hecho de sangre y empatarlo con las plegarias y rogativas de la santa madre iglesia católica, apostólica y romana. Sin embargo, uno de los locutores más influyentes de Emisoras Nuevo Mundo, que estuvo atento a la transmisión del horrendo crimen de Teresita, lo llamó para felicitarlo.

Ese toquecito de hombro del colega, fue suficiente para que Fernando Londoño Henao, director de Emisoras Nuevo Mundo -en quien pesaba, por su espíritu creativo y su sagacidad empresarial, el auge y la modernidad de la radio- vinculara a Jorge Antonio como locutor súper numerario.

Esa fue la puerta grande de la consolidación de su carrera. En esa pujante empresa radial, Jorge Antonio hizo realidad su sueño de presentador de espectáculos en el flamante teatro de la emisora, con capacidad para 300 personas, donde tuvo la oportunidad de prologar y anunciar celebridades de la música internacional como Pedro Infante, Carlos Julio Ramírez, Olimpo Cárdenas, y una de las grandes figuras de la canción norteamericana, la portentosa intérprete negra Josephine Baker, reina del voudeville parisino, que terminó como espía en la segunda guerra mundial.

El talante, la voz y el estilo sin par de Jorge Antonio Vega en el escenario, abonó con creces en el departamento comercial de la empresa, con la copiosa demanda patrocinadora de importantes marcas, entre ellas Esso, Coltejer y Coltabaco.


Jorge Antonio guarda un cúmulo de vivencias y anécdotas del barrio donde transcurrió su infancia y adolescencia

Publicista y empresario

En 1954, Vega fue convocado por Jorge Valencia Torres y Enrique Rasmufen, socios de la prestigiosa agencia Atlas Publicidad, para que se uniera al staff de creativos. "No tengo experiencia en ese campo, lo mío ha sido la radio", les dijo. "Eso no importa -resolvió Valencia-. Déjalo de nuestra cuenta, que aquí te vamos explicando cómo es el proceso".

Vega lo asimiló rápido, y en el trayecto de la inducción se disparó como un bólido en materia de copys, conceptos, diseño de campañas publicitarias, con el agregado potencial de su reconocida voz, y la tolerancia de sus jefes al permitirle continuar en la radio, que por obvias razones de poder mediático y cobertura comercial, a ellos les resultaba provechoso.

En esa afortunada faceta de publicista, Jorge Antonio fue el cerebro de grandes campañas como la que replicó en la radio con el eslogan: "Tarde o temprano, su radio será un Philips", que años más tarde reforzó con un acaudalado cliente, propietario de una cadena de almacenes, cuando popularizó: "Tarde o temprano su radio será un Philips. ¡Y Murcia se lo vende!". También fue promotor de la campaña presidencial de Belisario Betancur, con el referente "Belisario es necesario", y en su voz, la recordada "Mejor mejora Mejoral".

La Hora Philips, uno de los segmentos musicales de mayor audiencia en la historia de la radio colombiana, nació de una alianza entre los directivos de la Philips y los de Atlas Publicidad, en 1960. Vega se comprometió a presentar un programa en vivo de una hora diaria, que a los socios del genial proyecto les pareció un enorme desafío, pero así trascendió arrollador.


Con sus añoranzas, en su oficina de publicidad y mercadeo, en el norte de Bogotá 

Por esos telones de la espectacularidad, Vega se dio el lujo de presentar a estrellas como Charles Aznavour, Olga Guillot, Armando Manzanero, José Alfredo Jiménez, entre una larga lista de artistas extranjeros que alternaban con talentos nacionales de la talla de Nelson Pinedo, Jairo Villa, Gustavo López, la inolvidable Berenice Chávez, las orquestas de Manuel J Bernal, Pacho Galán y Lucho Bermúdez, en transmisión por Caracol y en cadena con noventa emisoras.

"La Hora Philips fue una experiencia artística sin precedentes que cobró más réditos con la Orquídea de Plata, al catapultar la industria discográfica con el respaldo y la promoción del sello Philips a grandes artistas del momento, y el galardón que sustentaba su nombre", resalta Jorge Antonio, que fue el primer empresario para Bogotá de Pacho Galán y su orquesta, con el exitazo de 'Ay cosita linda, mamá', "que para mí fue una lotería por las giras que programé con Pacho en distintas partes del país y en Bogotá, con escenarios repletos y boletería agotada. Entonces ya no celebraba 'Ay cosita linda, mamá', sino Ay casita linda, porque gracias a ese pegajoso merecumbé, pude comprar mi primera vivienda en el barrio Santa Bárbara, y como caída del cielo, porque ya tenía señora y familia".

Pacho Galán fue la punta de lanza en el itinerario promisorio de Vega como empresario musical. Fichaba a cantantes y agrupaciones musicales de Venezuela, Panamá, Ecuador, México y Argentina, sin perder del todo su relación con la radio.


En su calidad de presentador de grandes espectáculos. Aquí con Nelson Pinedo y la Guarachera de Cuba.  

Con los grandes

Pero como toda fortuna cumple su ciclo y se le echa aldaba, la del espectáculo llegó a su final en 1975, y Vega decidió hacer un alto en los micrófonos para irse independiente con una empresa de publicidad y mercadeo, con oficinas y taller de litografía en un edificio de su propiedad, en el barrio Rionegro.

Sin embargo, la piquiña de la radio persistía, al punto que aceptó la oferta de los Pava Navarro para leer noticias en la cadena Súper. Allí estuvo hasta el 78, cuando Yamid Amat lo llamó para que se reintegrara a Caracol (en el vetusto edificio de la Diecinueve con Octava) con el revolucionario formato noticioso 6 AM 9 AM.

"Era el Olimpo de la información -evoca Jorge Antonio-. La mesa de trabajo la integraban Yamid Amat, Alfonso Castellanos, Juan Gossaín, Julio Nieto Bernal, Antonio Pardo García y Javier Ayala. Caracol fue mi casa, la gran escuela de la locución y el periodismo, donde fui director general, nombrado por Diego Fernando Londoño hasta 1987. Después trabajé en Todelar, y en RCN, de 1989 a 1999, con Juan Gossaín. Y de ahí pasé a leer noticias en Radio Melodía, por tres años. Hasta en Candela, estuve, la emisora de William Vinazco. Es que ya son setenta y dos años de carrera, y sigo vigente como publicista. En mayo cumplo 90. Báileme ese trompo en la uña, Ricardo".

-¿Qué opinión le merece la radio en la actualidad, maestro?

"Me reservo opinar de la radio del momento. Yo sé que en este oficio se tiene su cuarto de hora. Supe aprovechar el mío. Los demás, que lo vivan a su manera".

-¿Y qué representa para usted el universo de la radio?

"La radio es magia. Y el que hace radio, no debe permitir que se note el truco. Hay que tener feeling para seducir una audiencia. El micrófono no es para hablar por hablar sino para dejar huella. Lo demás es disciplina, honestidad y respeto con el público, y una entrega total por el oficio, pero esos principios son de crianza".


Vega Baquero acompañado de unos vecinos del barrio San Bernardo, quienes le reconocieron su brillante carrera como radiodifusor

La fidelidad del oyente

El honroso legado de Jorge Antonio Vega Baquero sigue latente en la memoria de quienes disfrutaron de su voz y su magisterio en distintas épocas, ese recuerdo imperecedero de varias generaciones de profesionales y oyentes; en los anaqueles de la Asociación Colombiana de Locutores (ACL) que él y Carlos Pinzón crearon en 1954, y en la cantidad de trofeos y reconocimientos que engalanan su oficina:

El premio India Catalina a Mejor Presentador de Noticias, el Premio Nacional a la Comunicación y el Periodismo 'Alfonso López Michelsen', el Premio a Mejor Locutor de la Cadena Todelar de Colombia, el codiciado Premio Julián Ospina, el Premio Gama a Mejor Locutor de Radio y Televisión, el Premio Cacique de Oro, por su consagración a las comunicaciones, pero de todos, para Vega, el más importante, el que llevará entre pecho y espalda hasta el final de su existencia: el del cariño y la fidelidad de sus oyentes: "Ese no tiene precio", remarca.

Justo en las postrimerías de este inventario con el hombre que ostenta orgulloso el ejercicio y la gran memoria de la radio colombiana, lo abordan dos vecinos del San Bernardo frente al busto de Juan Bautista La Salle, el educador francés que inspiró el parque principal del antiguo barrio y el respetado colegio que lleva su nombre. Pedro Gómez, psicólogo y pedagogo de 55 años, y Ricardo Hernández, líder comunal y comerciante, de 58, le expresan con fervor su gratitud y admiración, y reconocen su fidelidad por haber sido el conductor de uno de los mejores programas de humor de la radio: El Gran Show de Hebert Castro.

-De todas las anécdotas que tengo de Hebert, el coloso del humorismo -agradece Vega-, con quien trabajé casi treinta años, hay una muy simpática: cualquier tarde caminábamos por la Séptima, cuando nos encontramos con el poeta Mario Rivero. Castro cubría su calva con un bisoñé ennegrecido. Rivero se quedó mirándolo, y con ese desparpajo cruel que lo caracterizaba, le dijo: "Hebert, no sé si te ves como un hombre joven, o como un marica viejo". Al tiempo explotamos los tres en risotadas.


Fiel a su afición por la lectura, rodeado de libros en su apartamento del sector de Teusaquillo.

Bajo un cielo de estrellas

De regreso, al centro, y con la libreta anillada al tope de apuntes, después de un día de larga, entretenida y enriquecida conversa, anclamos en el Café Mercantil para rematar, con un último tinto, la diligente jornada.

En ese barco ebrio de melodía de arrabal que es el cafetín, Jorge Antonio le pide a Mario Echeverri, su dependiente, el precioso vals 'Bajo un cielo de estrellas', en su versión preferida: con la Orquesta de Miguel Caló y en la voz de Alberto Podestá. Al viejo locutor se le nubla la mirada de elefante, y entre murmullos sigue el recorrido de la letra:

Mucho tiempo después de alejarme / vuelvo al barrio que un día dejé, / con el ansia de ver por sus calles / mis viejos amigos, el viejo café...

-¿Qué queda por hacer, Jorge Antonio-, le pregunto conmovido.

"Seguir viviendo. Porque si hay algo seguro, es la muerte, la vida no... Cometí el inocente pecado de nacer, y fui condenado irremediablemente a la pena de muerte".

-Y, bajo esa sentencia, ¿cuál sería su epitafio?

"Aquí yace Jorge Antonio, muerto de la dicha".

A la orilla de los 90 años y en la soledad de sus días, Vega Baquero dice que no ha podido superar el reciente fallecimiento (noviembre de 2021), a los 67 años, de Jorge Andrés Vega García, su hijo mayor, periodista y comunicador, que lo acompañó hasta el último día en su agencia de publicidad.

"Esa dolorosa ausencia ha sido el golpe más duro que me ha dado la vida. ‘¡Hay golpes en la vida, yo no sé…’, decía el gran Vallejo. Me quedan mi hija Patricia Beatriz, que es docente y está vinculada a la Fundación Merani, mi hijo Mauricio Fernando, impresor, mi mano derecha, y mi nieto Santiago Guadarrama Vega, que es mi adoración".

Para el jueves 24 de marzo de 2022, Armando Plata Camacho, actual presidente de la Asociación Colombiana de Locutores (ACL), convocó a la inauguración, en su sede, del Gran Salón de la Fama, que rinde  homenaje a personalidades  destacadas (vivas y fallecidas) de las comunicaciones. El nombre de Jorge Antonio Vega Baquero, leyenda viva de la radio ("el papá de todos nosotros", como lo expresó en una emisión Julio Sánchez Cristo, director de W Radio) no aparece en la lista de los ilustres homenajeados, lo que pone de presente un vacío enorme y lamentable.

Me comuniqué con Plata Camacho para preguntarle al respecto, y esto contestó:

“Jorge Antonio, como otros colegas que son muy importantes, están para la próxima sesión, en 2023. No podíamos acabar en la primera gala con las grandes figuras. ¡Por favor, Jorge Antonio!, maestro de maestros, mi maestro, será tenido en cuenta con absoluta relevancia”.     

Bondadoso sea el tiempo, admirado Jorge Antonio. Entre tanto, estos párrafos como tributo a su grandeza y legado.

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