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Antonio José Caballero deja un enorme vacío en el periodismo colombiano |
Ricardo Rondón Ch.
El reportero que como en la saga de Phileas Fogg, protagonista
de ‘La vuelta al mundo en 80 días’, sorteaba su vida con la apuesta legítima de la catarsis del oficio
y la inmediatez de la noticia; con el olfato y la astucia del
sabueso para marcar un territorio único e infranqueable en aras de la chiva,
trajeada con lujo de detalles en la versión más auténtica, para
sorpresa y admiración del colegaje y de quienes le escuchaban, se acaba de embarcar en el viaje definitivo, el que conduce a las remotas
esferas siderales, allá donde los cronistas bíblicos dicen espera Dios para
ofrecer a sus hijos la paz eterna.
Antonio José Caballero coincidía en algunas asuntos con el
excéntrico aventurero de la ficción de Julio Verne. Su riqueza, no la del
capital en rama, estaba representada en el amor inconmensurable que siempre profesó
por el periodismo, atrincherado entre micrófonos y grabadoras, cabinas
radiales, salas de edición; en el inagotable itinerario de aviones, trenes, camiones, lanchas voladoras, chalupas o lomos de mula (como cuando se internó en la selva para dar con el paradero de 'Tirofijo', reto que le puso su jefe Juan Gossaín), amén de hoteles
suntuosos, posadas de paso, tiendas de campaña en lejanos desiertos o amplios
salones de gobelinos donde encaraba pontífices, dictadores, potentados, astros
del fútbol, del toreo y del rock, literatos y deportistas consumados, en las
antípodas, a donde fuere, en los lugares más insospechados del orbe.
Como mister Phileas Fogg, Antonio era enfático en la
puntualidad, intrépido, disciplinado, con esa neurosis del “reportero a morir”
(tal cual el título de la docta memoria del maestro Germán Pinzón) que no
escatimaba en recursos para lograr su cometido, en este caso el personaje a
entrevistar, saltándose muchas veces con malabares de película de acción, a lo
Misión imposible, temerarios cercos de seguridad, accediendo a los pisos de los hoteles donde
nadie se atrevía a llegar.
Así lo hizo en tres oportunidades con Fidel Castro. Nadie se
explicaba cómo el reportero lograba la voz o la imagen del legendario dictador cubano, uno
de los líderes más custodiados del mundo y por ende más difíciles de abordar.
Era ‘Toño’ un trotamundos y así fue su bitácora desde sus
primeros años de reportería, recién desampacado de la universidad, dispuesto a devorarse
el mundo, de equipaje ligero y pupila atenta,
sin más arsenal que la memoria fecunda, la intuición y el amor al periodismo.
Así recordaba su primera entrevista con un papa,
como lo hizo con Juan Pablo II, en 1978, dos días antes de su elección, puerta grande
de una serie de reportajes con cardenales y pontificados que se prolongaron
durante muchos años, la más reciente, cuando desde El Vaticano, el 13 de marzo de 2013, narró
para su cadena radial, RCN, los pormenores del humo blanco que vislumbraron
como elegido al argentino Jorge Mario Bergoglio, el papa Francisco, ala tutelar
de la fe católica.
‘¿Cómo lo hacía?’, nos preguntábamos siempre. ‘¿Cómo se las
ingeniaba para romper el hielo de personalidades tan herméticas y conflictivas como
Fidel Castro, Sadam Husein, Muamar el Gadafi o Yaser Arafat?’ Antonio José
Caballero, o ‘Terciopelo’, como lo llamábamos de manera cariñosa, no sólo gozaba
de la destreza para ubicarse en el lugar indicado, sino que ostentaba el arte
de la seducción -más allá de sus hechuras y su porte cardenalicio, en su
última etapa, de su nívea cabellera-, traducido en el don de la palabra, la del
encantamiento, que por igual aplicaba con los hombres más poderosos del mundo o
con las hermosas mujeres que amó.
Iba del Palacio de Miraflores en Caracas –el único reportero
en ese recinto durante la retoma de las fuerzas bolivarianas con Hugo Chávez
Frías a la cabeza- a un monasterio en la China milenaria para entrevistar a un monje de clausura. Y de ahí a Corea para
hacer crónicas de ambiente en el Mundial de fútbol, no sin antes haber
pernoctado en hotelitos cinematográficos de Beijing, Shangai y Hong Kong,
impregnado de sutiles y esotéricas fragancias, para anclar, después de meses de
andanzas, de nuevo en la patria, en Bogotá, en el sexto piso de la Torre Sonora,
su centro de operaciones, y rematar un fin de semana en la aldea de su
nacencia, Santander de Quilichao, para disfrutar de exquisitas viandas
lugareñas como el cabrito, el mute o la carne oreada.
Amigo incondicional, de aquellos que atesoran en sinceridad
el afecto y la franqueza en la palabra, Antonio José Caballero no sólo se ganó el
cariño de sus colegas de varias generaciones, sino el interés y el afecto de la
gran audiencia que por años lo siguió en sus admirables crónicas y reportajes,
ya en RCN, a órdenes de quien consideró su maestro, Juan Gossaín, o de Darío
Arzimendi, en Caracol, compañero de arduas batallas.
Simpático, desabrochado, con un agudo sentido del humor, la
chispa elocuente y de camaradería en los pasillos de las emisoras donde laboró, o en las amenas tertulias de amigos y compañeros de las que fue protagonista, perdurarán
en el recuerdo de quienes tuvimos la oportunidad de compartir de sus anécdotas,
de su sapiencia, de su verbo repentista, y al mismo tiempo de esa cátedra de la
que fue único en su estilo, la de mamar gallo, siempre con la rúbrica de su
generosa sonrisa.
La inexorable partida de Antonio José deja un vacío
irreparable en el periodismo colombiano, sobre todo por la notoria ausencia en estos días del alma
del reportero de otras épocas, el de nervio y audacia, pero por encima de todo,
el de la verdad, esencia y paradigma de la información, y en ese vasto territorio,
Caballero fue el mejor.
De sus mejores chispazos en algunas entrevistas que tuve la
oportunidad de hacerle en diferentes épocas, publicadas en el desaparecido
diario El Espacio, destacamos las siguientes.
¿Cómo es la digestión de un reportero del mundo?
“Con todos los honores que merece la más variada comida del
planeta”.
¿Cómo se acostumbra el hígado?
“Al país donde fueres, come lo que vieres”.
¿Qué ha sido lo más extraño que te has comido?
“Estuve al punto del banquete canino, pero ‘perro no come
perro’”.
¿Cómo te las arreglas con los idiomas más difíciles y
extraños?
“A veces por señas, o a puro dedo”.
¿Y con los viáticos?
“Haciendo caso omiso del cambio de nuestro desvalorizado
peso colombiano”.
¿Compras muchas chucherías, cosas que no sirven para nada?
“Yo les llamo ‘tomemijas’, porque a cada una hay que
llevarle lo que se merece”.
¿En tus correrías por el mundo te encomiendas al Ángel de la
Guarda?
“Siempre aparece una dulce compañía, que no me desampara ni
de noche ni de día”.
¿Qué sueles hacer cuando se interpone el insomnio en una noche
de hotel?
“Un buen whisky y un buen recuerdo”.
¿Tú eres de reloj biológico?
“Yo soy de reloj laboral, que siempre le dice a uno que la
gente está esperando”.
¿Exquisito gourmet de aviones?
“La buena mesa de los aviones siempre queda por los aires”.
¿Qué acostumbras leer a diez mil metros de altura?
“’Después de comer ni un sobre escrito leer’, decían los
abuelos”.
¿Sigues los consejos de Héctor Mora para esos trámites
engorrosos de las maletas y similares?
“Jamás, porque siempre tengo un pasaporte al mundo”.
¿A ti qué te puede marear?
“Las preguntas a los colombianos en los aeropuertos”.
¿Se te ha extraviado la grabadora con la chiva más sufrida?
“Jamás, porque la cuido como a un hijo recién parido, y
nadie se puede acercar”.
¿Y has grabado sin encenderla?
“Varias veces, pero afortunadamente el registro no valió la
pena”.
¿Por qué te consiente tanto el clero?
“Porque soy católico, apostólico y porque nos le como cuento del
todo”.
¿A qué huele El Vaticano?
“A muchos les huele muy mal, hay otros que allí huelen lo
peor; a mí sólo me huele a fe, a esperanza y a caridad”.
¿Qué se siente besar la mano de un papa?
“A veces tranquilidad, pero no todas las veces confianza”.
¿Y qué se siente pasar de un papa a entrevistar a Hugo
Chávez?
“Que de todo hay en la Viña del Señor”.
¿Qué acostumbras traerle a Juan Gossaín a tu regreso de tus
viajes?
“Las traducciones de las novelas de Gabriel García Márquez
en diferentes idiomas”.
¿Y a Darío Arizmendi?
“Trabajo como un verraco”.
Tú que has viajado tanto, ¿qué es para ti el mundo?
“’El mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el 510 y en
el 2000 también’, decía uno que viajó muy pronto: Enrique Santos Discépolo”.
¿Tanta viajadera encanece?
“Encanece, encarece y enloquece”.
¿Si es cierto que todo Caballero repite?
“Si la pregunta tiene su doble intención, déjame decirte que
un buen Caballero en esos tejemanejes nunca tiene memoria”.
Orden Gran Caballero para Antonio José y que Dios lo tenga
en su gloria.
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