miércoles, 8 de abril de 2026

Entre anécdotas y tintos, un pensionado cuenta la historia del café más antiguo del centro de Bogotá, fundado en 1936

 

Don Arcesio Vélez Garzón, economista de 78 años, es cliente de hace 60 años del emblemático y nonagenario Café Pasaje, memoria social, política y cultural de la capital

Ricardo Rondón Chamorro 

Como buen consumidor habitual de café, don Arcesio Vélez Garzón jamás se tomaría un tinto en un vaso de cartón con olor a pegante, como hoy en muchas partes lo sirven. El caballero conserva su estilo purista de degustarlo en pocillo de loza, cucharita de peltre, azúcar de azucarera al gusto y, una vez probado emitir ese chasquido que se produce con el choque de la lengua y el paladar: el ¡ahhhhh! de satisfacción del estimulante tónico.

Vélez Garzón, de 78 años, pensionado, economista de profesión, es el cliente más antiguo y vigente del emblemático Café Pasaje, de la Plazoleta del Rosario, donde hace 60 años le sirven el tinto como a él le gusta. Fundado en 1936, el Pasaje es memoria viva del remoto pasado del centro de la capital poblada de cafés frecuentados por literatos, políticos, abogados, periodistas, comerciantes, artistas, chupatintas, leguleyos, voceadores de prensa, loteros, lustrabotas y desocupados.

Allí llegó don Arcesio, de 18 años, recién graduado de bachiller, procedente de Líbano, Tolima, una de las regiones cafeteras de mayor productividad, calidad y exportación de Colombia, donde el culto al café, según él, se ejerce desde temprana edad: "Cuando cursaba bachillerato en el Instituto Nacional Isidro Parra, mi madre me dejaba un termo de café con panela que me aguantaba desde la mañana hasta la noche". 


Las grecas de aluminio de fabricación italiana que se usaron en el pasado, prevalecen como tesoros de exhibición. Foto: Ricardo Rondón 

En el parque principal de Líbano -cita Vélez- los cafés para degustar del buen tinto eran el Montecarlo y El Águila, donde en la flor de su juventud hizo amistad con los hermanos Carlos Orlando y Jorge Eliécer Pardo, renombrados escritores, y con el célebre cronista y novelista Germán Santamaría, recordado y premiado por la portentosa serie de reportajes de la catástrofe de Armero, publicada en EL TIEMPO.

"Cuando me radiqué en Bogotá para cursar mi carrera de Economía en la Universidad Nacional, tenía todo a favor, porque me alojaron en las residencias estudiantiles del edificio Uriel Gutiérrez, que sigue en pie. La alimentación era de primera, pero lo único que extrañaba era el aroma y el sabor del cafecito de mi añorada tierra". 

"En las salidas al centro recuperé el gusto tintero en el Café Pasaje. De 1966, cuando lo descubrí, a la fecha, lo frecuento. En las mesas redondas de este entrañable lugar, con mis compañeros de carrera, entre tintos y tintas floreció el debate crítico de los años ardorosos de la rebeldía política, las utopías y las frustraciones. Hace mucho tiempo que me retiré de la Izquierda y me enfilé en el Nuevo Liberalismo del mártir Luis Carlos Galán", acota Vélez.

90 años de historia


En sus 90 años de existencia el Café Pasaje, como referente tradicional, es el único sobreviviente de la Bogotá de céntricos cafés que abundaban por doquier. Foto: Ricardo Rondón.

El aviso de neón, de fondo rojo sanguíneo y letras amarillo girasol, que por la noche se refleja al revés en los ventanales del edificio Cabal, como aparece en la icónica fotografía de Margarita Mejía, ha sido el distintivo generacional del Café Pasaje, desde la época del mandato de Alfonso López Pumarejo y la alcaldía de Jorge Eliécer Gaitán.

En su investigación para el libro El Impúdico Brebaje: Los Cafés de Bogotá (1866 - 2015, edición de Mario Jursich Durán), Alfredo Barón Leal, historiador adscrito al Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC), explica el origen y el trasegar del Café Pasaje, de mucho antes de que un burro asomara a la puerta, como certifica la foto en blanco y negro del legendario reportero Manuel H, fechada en 1960:

Al igual que el octogenario San Moritz, de la calle 16 con carrera 7ª, que cerró puertas en septiembre de 2017, el Café Pasaje formaba parte de un callejón recóndito. Su nombre proviene de un camino peatonal que iba de la Avenida Jiménez hasta la calle 14, el cual separaba los dos módulos gemelos que integraban el edificio Santa Fe, y que se encontraban uno frente al otro. 


La preciosa foto del Café Pasaje con el aviso en sentido contrario, reflejado en las vidrieras de los edificios de enfrente Margarita Mejía. 

El módulo oriental, junto con los demás edificios de toda la manzana fue declarado por el Distrito como "bien de utilidad pública", en 1968, con el propósito de demolerlo para mejorar el aspecto del centro histórico. 

La demolición se hizo efectiva en 1970, y de allí surgió la Plazoleta del Rosario. El callejón y la plazoleta se llenaron de cafés, algunos memorables pero frágiles, que no resistieron al paso del tiempo, y que por diversas circunstancias fueron desapareciendo, como el Rhin, el Granada, el Sorrento y el Tequendama. Hoy sobreviven El Café Pasaje y el Café La Plazuela, su vecino de al lado.

Álvaro Vásquez - uno de los hijos de don Jorge Vásquez Vélez (fundador del Café Pasaje) y de doña Olga Uribe-, quien se presenta como único propietario de la marca, lo regenta en la actualidad con la colaboración de su hermano José David. 

Pocillos y azucareras


Como ha sido habitual desde su fundación, hace 9 décadas, el Café Pasaje conserva, como debe ser, la costumbre de servir el café en pocillo de loza y azucarera. Foto: Ricardo Rondón 

Como en la columna La Danza de las Horas, de Enrique Santos Montejo, figura prominente del periodismo nacional, quien, a principios del siglo pasado firmaba en EL TIEMPO con el seudónimo de 'Calibán', el simbólico reloj hexagonal del Café Pasaje no ha cesado de marcar el pulso de una ciudad en permanente evolución, y la movida social, política y cultural de su entorno.

En sus 60 años como cliente del Pasaje, el economista Arcesio Vélez Garzón ha sido testigo de la metamorfosis del café. Añora el rugir de las antiguas grecas a todo vapor, los voceadores adolescentes con sus arrumes de periódicos pregonando la noticia del día, el corre corre de las meseras, el tecleo de las máquinas de escribir de leguleyos en su oficio de minutas y memoriales, la audaz clarividencia numérica de los loteros, el olor a betún de los lustrabotas, y los desempleados cubiertos como fantasmas por las sábanas de tinta de los avisos clasificados.

El Café Pasaje también trascendió por la notoria presencia de aficionados a la hípica, apostadores del 5 y 6, quienes seguían las carreras de caballos del Hipódromo de Techo en un enorme radio Phillips de tubos, en la voz tanguera del narrador argentino Gonzalo Amor, quien se hizo famoso por alargar las silabas en el último tramo de la competencia: "¡En tieeeerra derecha!". Al aficionado no le faltaba la revista hípica La Meta, enrollada en el periódico del día.


La icónica foto de un insólito contertulio que asoma su hocico en la puerta del café, tomada en 1960 por el maestro Manuel H Rodríguez.

Como si se tratara de un clásico futbolero bogotano, El Café Pasaje y el Café El Rhin se disputaron la firma del acta fundacional del Club Deportivo Independiente Santa Fe, iniciativa de Gonzalo Rueda Caro y Ernesto Gamboa Álvarez, estudiantes de Derecho de la Universidad del Rosario, de crear un equipo de fútbol para la capital, inspirado en el rojo argentino Independiente de Avellaneda. La rúbrica quedó estampada el 28 de febrero de 1941. Desde esa fecha, año tras año, los fieles santafereños del claustro rosarista celebran el cumpleaños de la divisa de sus amores, en el Café Pasaje.

De este nonagenario café, el 9 de abril de 1948, hacia la una de la tarde, salió a prisa la mesera Bertha Morales con un vaso de agua a socorrer al ya agonizante líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, quien recién salía de su oficina del edificio Agustín Nieto Caballero, cuando su asesino, Juan Roa Sierra, le propinó cuatro balazos, y la furia enardecida del populacho desencadenó la cruenta violencia nombrada como El Bogotazo, siniestro parteaguas de la política nacional.

Plumas ilustres 


El Café Pasaje ha sido escenario de hervores y fervores políticos. También locación de rodajes de películas, series y comerciales. Al fondo, el aviso de neón que lo identifica. Foto: Ricardo Rondón 

Por antonomasia, el Café Pasaje, en capítulos cruciales de la nación, fue escenario de hervores y fervores políticos. Cuentan los antiguos que en los años 60 el presidente Carlos Lleras Restrepo salía del Palacio de San Carlos (hoy sede la Cancillería), a pie y sin escoltas, a tomar tinto al Pasaje, y a indagar entre parroquianos los más y los menos de su gobierno. Allí también se trenzaban acaloradas grescas estudiantiles, que muchas veces terminaban en pugilatos.

Como quiera que sea, las mesas del Pasaje han estado al servicio de la democracia. En los asientos de cuerina roja de las 28 mesas redondas de pata ancha importadas de Illionis, Estados Unidos, que tienen los mismos años del café, han posado sus nalgatorios influyentes personajes del análisis político, la jurisprudencia y la intelectualidad bogotana.

Entre sorbos de tinto o de espumoso lúpulo, el verbo exquisito fluía de las bocas de literatos, periodistas y poetas como Otto Morales Benítez, Germán Arciniegas, Abdón Espinosa Valderrama, Alfonso Palacio Rudas, Carlos Lemos Simonds, Indalecio Liévano Aguirre, Eduardo Carranza, León De Greiff y Emilia Pardo Umaña, la célebre cronista que derribó de una patada el pretexto machista del "qué dirán de las mujeres en los cafés", cuando las únicas faldas que revoloteaban eran las de las meseras.

Del Café Pasaje también fueron clientes el afamado torero Pepe Cáceres, el empresario de espectáculos taurino - musicales Rafael 'Chiquito' Pérez; el presentador Fernando González Pacheco; artistas populares, líricos y de vodevil como Rómulo Caicedo, Olimpo Cárdenas, Lucho Bowen, Víctor Hugo Ayala, Carlos Julio Ramírez, Julio César Alzate; Bill Martínez, máxima figura de la lucha libre, conocido entre cuerdas como El Tigre Colombiano, y James Valencia y su espectáculo de enanitos bufos, de una extensa lista.

Noches de bohemia


Bóxers y bombachas identifican los baños del nonagenario café, ubicado en el corazón de Bogotá. Foto: Ricardo Rondón 

El Café Pasaje también ha sido locación de rodajes de películas, series y comerciales como Visa USA, La Estrategia del Caracol, Narcos; propagandas de cervezas; y una institucional contra el tráfico ilegal de estupefacientes: No sea mula. 

Las noches atiborradas de clientela rimbombante y de todas las raleas, se prolongaban hasta la madrugada con música de estereofónico, y con el inagotable desfile de serenateros ambulantes que de repente aparecían de las tinieblas.

Pero esa es una fotografía inolvidable del ayer -suspira Álvaro Vásquez- de la Bogotá nocturna del centro, que era una sola fiesta hasta despuntar el alba. Después de la pandemia, cuando el Café Pasaje estuvo cerrado por un año, la rutina noctámbula no volvió a ser la misma por la inseguridad rampante y el eterno abandono del sector -se lamenta Vásquez-, quien, a fin de mes, como sea, tiene que resolver "los más de diez millones de pesos de arriendo" que paga a la Universidad del Rosario, propietaria del inmueble.

En el Café Pasaje, el toque de la cuchara de peltre en el platillo de vajilla, ha sido el llamado del cliente promedio para que las meseras de turno acudan prestas a recibir los pedidos, o a pagar. Por Urbanidad de Carreño, don Arcesio Vélez Garzón sigue levantando con prudencia el dedo índice para llamar la atención. Cuando llega el humeante tinto, el veterano economista acude a su elegante rito de degustación de hace 60 años, y el reportero que lo acompaña evoca el verso preciso del Monólogo de José Asunción Silva, obra del bardo Juan Manuel Roca:

Mientras concluye el gesto de un hombre / que lleva de la mesa a la boca su pocillo, / cruza la eternidad, / el mundo cambia de estaciones, / pasan las guerras y el hombre no termina el ademán / que funde sus labios en la taza de café.

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