lunes, 6 de abril de 2026
El viacrucis de la bíblica Rebeca, de San Diego, en sus 100 años de historia
Hace un siglo, por 500 pesos, fue adquirida por el gobierno colombiano. Bien patrimonial de Bogotá, la admirada y visitada Aguadora de mejores tiempos, hoy se consume en la ruina y el olvido
Ricardo Rondón Chamorro
Denigrada, violentada, sucia, maltrecha, y relegada al abandono, a la bíblica Rebeca, bien patrimonial de Bogotá, ubicada en el sector de San Diego, le cala el refrán "no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista", toda vez que, en julio de 2026, la escultura en mármol, cumplirá un siglo.
Y, entonces, celebrar, ¿qué?, se preguntarán ustedes, al ver la anciana y decrépita Rebeca, por años vandalizada de todas formas: le han roto la nariz y los pezones; con aerosol la han cubierto de obscenidades, escudos y grafitis de barras bravas: el fuerte químico, le ha generado "cáncer de mármol"; más el orín de borrachos y vagabundos. Su poceta es un muladar.
En todos estos años se ha extravió la cuenta de las veces en que el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC), la ha limpiado y le ha curado piel, nariz y pezones. En 2024, la intervinieron cuatro veces. Por su parte, la Asociación Gremial Centro Internacional Asosandiego, se sumó en 2019 a la estrategia 'Adopta un Monumento'. Por su valor patrimonial y cultural, la elección fue La Rebeca.
En conjunto, estrecharon alianzas con Promoambiental Distrito, la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (UAESP), el Departamento Administrativo de Defensoría del Espacio Público
, la Alcaldía Local de Santa Fe, el IDPC, la Policía Comunitaria, el Batallón 13 del Ejército, y los hinchas del Atlético Nacional (quienes se reúnen los miércoles en La Rebeca), para adelantar jornadas semanales de aseo, conservación y embellecimiento.
Las brigadas se suspendieron cuando las entidades vieron que, la gran dificultad, no era la recuperación física del espacio, sino los comportamientos inadecuados que persistían sobre el lugar: en vano la dedicación y el esfuerzo, si después de limpiar y embellecer el escenario destinado a la escultura, seguía utilizado para consumo de alcohol y sustancias psicoactivas, proclives a la destrucción y el desaseo por necesidades fisiológicas.
Conclusión: para qué insistir, si se desconoce el valor cultural y patrimonial de nuestros monumentos y obras de arte que abundan por doquier en calles, parques y plazoletas, si no se aplica la consigna de Leonardo Da Vinci, que, en el pasado, inculcaba la educación cívica: "No se puede amar lo que no se conoce, ni defender lo que no se ama".
Desamparada
Pero, entonces, ¿cuál sería la solución inminente, para que la centenaria Rebeca no termine siendo un histórico escombro más?
“Es inaudito que La Rebeca, por el valor patrimonial de ser la primera representación de un desnudo femenino, y, por ende, de las vanguardias modernistas en espacios públicos de Bogotá, no cuente con un escenario digno. La solución no es encerrarla en una bodega o en museo, porque su naturaleza como aguadora, es, obviamente, frente a un cuerpo de agua en el que se pueda reflejar y admirar.
La solución es que, entidades como el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, en vez de invertir solo en salvaguardar el patrimonio inmaterial porque es políticamente más correcto para conseguir aliados y votos, y porque es menos difícil para hacer control fiscal con lo que se gasta en ello, retome la inversión en restauración, conservación y divulgación del patrimonio cultural, mueble e inmueble, en un urgente y necesario equilibrio. En el caso de La Rebeca, lamento que, como vamos, sus primeros 100 años, sean los últimos", expresa Diana Pérez, museóloga de la Universidad Nacional.
En este mismo diario, con el correr del tiempo, se ha denunciado el viacrucis de atropellos que ha sufrido la Rebeca. En 1991 se registró que le faltaba el dedo pulgar de la mano izquierda. El cuenco que soporta su mano derecha estaba desportillado, el manto central fracturado, además de numerosas escoriaciones, ocasionadas con piedra y otros elementos contundentes.
En 1996, una carta al director, firmada por el lector Sergio Rodríguez, suplicaba en tono romántico "el horror que causó mi regreso a Bogotá, luego de un largo viaje, al ver a mi bella mujer blanca, con su rostro manchado de negro, y su perfecta nariz deteriorada. Solicito, por favor, respetado director, la adopte, la ilumine y la embellezca con un primoroso jardín, y un celoso guardián que la proteja".
Una réplica
Un craso error de las entidades encargadas de proteger el acervo patrimonial, fue no advertir el daño que sufrió La Rebeca, cuando, en 2008, iniciaron las obras de la troncal de Transmilenio por la avenida 26: los residuos de material, la polución y la vibración de los taladros, dejaron la escultura en un estado deplorable.
Una nota del cronista Fabián Forero Barón, de 2013, titulada en EL TIEMPO: La Rebeca tiene 'cáncer' y sería 'internada', detalla que la preciada obra escultórica, elaborada en fino mármol de Carrara, estaba al borde de la destrucción, y que el IDPC, a través de la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, planteaba la posibilidad de trasladarla, de la calle 25 entre carreras 12 y 13, al Parque de la Independencia (antiguo Parque Centenario), entorno natural que ocupó en julio de 1926, donde fue inaugurada.
Para esa época, la experta en patrimonio, María Fernanda Urdaneta, advirtió que la escultura, a la que ella años atrás había recompuesto nariz, dedos y cuenco, tenía una fisura estructural que se podía agravar con el tránsito permanente de los articulados. Urdaneta propuso que, debido al avanzado estado de deterioro y al "cáncer" que sufrió el material, originado por la polución, se tendría que hacer una réplica para conservarla en el Museo Nacional.
El retorno de La Rebeca al Parque de la Independencia, nunca se produjo. La réplica sí -pero ese no es el caso- y se puede apreciar en el Museo Nacional. No tan imponente como la original, de autor anónimo, y a menor escala, hecha en mármol, fue donada por Beatriz Kopp Dávila, heredera del legendario empresario alemán, fundador de la Cervecería Bavaria.
Su legítimo escultor
Sin embargo, la polémica por el daño gradual de La Rebeca siguió encendida, al punto de que, el gobernador del Quindío, Julio César López Espinosa, en 2010, exigió al gobierno distrital devolver la escultura a Armenia, para restaurarla y conservarla en el salón Roberto Henao Buriticá (de la Gobernación), en honor al supuesto escultor de La Rebeca, obra encargada por el gobierno nacional, en mayo de 1926, para engalanar el Parque Centenario, a propósito del natalicio 100 del Libertador Simón Bolívar.
Esa nota, también publicada en EL TIEMPO, disparó la curiosidad de Juanita Monsalve Buriticá, por esa fecha, estudiante de Artes de la Universidad Javeriana, quien se metió de cabeza a investigar en el verdadero autor de La Rebeca, a la par derivada de un registro erróneo de un periodista de El Espectador, sobre el fallecimiento, en marzo de 1964, del escultor quindiano Roberto Henao Buriticá (primo de su abuelo), a quien se le atribuía la creación de la escultura, que, con la misma errata, publicó el Diccionario de Artistas de Colombia, en ese mismo año.
La estudiante, luego de una extensa indagación en el Archivo General de la Nación, encontró el contrato firmado y fechado el 6 mayo de 1926, que estipula el encargo que el ministro de obras públicas, Laureano Gómez, en la presidencia de Pedro Nel Ospina, le hace al renombrado artista italiano Tito Ricci, a través de su apoderado Luis Luchinelli, en su taller de París, "para ejecutar la obra de arte, por 500 pesos, en un plazo máximo de dos meses". El valioso documento, fue piedra angular para el desarrollo de la tesis de pregrado en Artes de Juanita Monsalve Buriticá.
Con la sustentación de la tesis, quedó desmontada la especulación mediática de que la Rebeca había sido moldeada por el artista quindiano Roberto Henao Buriticá, como por muchos años se leyó en la prensa, incluso con equivocaciones inauditas, sin reparo alguno, al nombrar a Laureano Gómez como presidente, en 1926, cuando el líder conservador, apodado 'El Monstruo', ejerció la primera magistratura en 1950.
Un siglo de historia
Con el Templete del Libertador, de Pietro Cantini, la curvilínea Rebeca de mármol blanco de Carrara, de finos rasgos europeos de arte neoclásico, figuró el 19 de julio de 1926, en el Parque Centenario, en un estanque de 40 metros de diámetro, como la gran protagonista de la efemérides bolivariana, junto a bustos como los de Atanasio Girardot, José María Córdova y Juan José Rondón, obras de Francisco Antonio Cano, en medio de fuentes ornamentales, jardines franceses y alumbrado eléctrico del municipio.
Esa noche, cita Juanita Monsalve en su exquisita y documentada tesis, que en medio del agasajo al que concurrieron autoridades civiles, militares y eclesiásticas, y personalidades de la política, la cultura, y de la encopetada sociedad bogotana, se oyó el primer vilipendio a La Rebeca, en voz de la señora Circunferencia Tangarife de Sucerquia, quien se echó cruces al señalar de inmoral presentar "una mona desnuda", ignorando ella la exaltación a la belleza femenina, de artistas del Renacimiento italiano como Sandro Boticcelli y su obra cumbre, El Nacimiento de Venus.
La Náyade (ninfa de la mitología griega) o La Aguadora, como también se le reconoce a La Rebeca, aparece en el Archivo General de la Nación como la primera escultura de una mujer desnuda en espacio público de Colombia, inspirada para la concepción artística de Tito Ricci, en la bíblica Rebeca del Génesis, esposa de Isaac y madre de Jacob y Esaú (el que se dejó comprar por un plato de lentejas), destinada a proveer de agua a los viajeros del desierto, y a sus camellos.
En San Diego
La Rebeca y el Templete de Bolívar permanecieron en el Parque Centenario hasta 1958, por las obras de ampliación de la carrera Décima y la construcción de la calle 26. La Rebeca fue trasladada a la glorieta de San Diego (calle 25 entre carreras 12 y 13), donde aún se encuentra, mientras el templete fue llevado al Parque de Los Periodistas (Avenida Jiménez, carrera Tercera).
La Rebeca de San Diego, con el imponente marco arquitectónico de edificios icónicos del centro capitalino como la Torre Colpatria, Las Torres del Parque (del maestro Rogelio Salmona), y el Hotel Tequendama, entre otros, brilló en halagüeños tiempos como atractivo turístico y cultural de la ciudad. Los domingos, fotógrafos de cámara analógica y fotoaguitas de cajón, no daban abasto a registrar instantáneas de enamorados, niños, familias y foráneos de distintas comarcas.
Por los gamines que chapoteaban en la poceta de La Rebeca, nació la tira cómica de Copetín, creación del dibujante e ilustrador bogotano Ernesto Franco, quien hizo su triunfal aparición en la sección de monerías de EL TIEMPO, el miércoles 11 de abril de 1962, y cuya publicación se prolongó por más de 30 años. Inspirado en los graciosos bañistas, saltaron al papel del genial artista: Copetín (el capo de la gallada), Carecaucho, Miss Universo, Angelito, Bombardina y Querubina.
José Pascual Cometa, lustrabotas bogotano, de 65 años, habitante de Los Laches, pudo haber sido uno de ellos, cuando hoy, tocado por la nostalgia, recuerda su niñez precaria y a la deriva, colinchado de los trolies eléctricos de tirantas, pidiendo comida en los sancochaderos de San Victorino, durmiendo debajo de los puentes de la 26, y con la descarriada patota de compinches, bañándose feliz como los copetones en las aguas soleadas de La Rebeca, "cuando todavía estaba bonita y bien cuidada".


















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