Alan Ramírez, la gran revelación de la música popular en Colombia, apadrinado por el legendario Luis Alberto Posada. Foto: website Alan Ramírez |
Ricardo
Rondón Ch.
La casa de Alan
Ramírez, además de su amorosa familia, está habitada por instrumentos.
Cualquier desprevenido que llegara por primera vez a su
morada de tres plantas del sector de Country
Sur, en Bogotá, con saludables
aromas de eucalipto que emanan los bosques de San Carlos, podría afirmar que allí funciona una academia musical.
Hay instrumentos por todas partes: guitarrones con sus
voluminosas panzas que se amoldan a los mullidos muebles de la sala, señoritas
vihuelas acomodadas en los rincones de los dormitorios, y sus novios, los
galantes violines apoltronados como gerentes de fiduciarias; guitarras, muchas
guitarras, de todas las formas, tonos y tamaños dispersas por alfombras y
canapés, en posiciones caprichosas, como neuróticas damitas de turno en el
consultorio del psicoanalista.
-¿Quién
me dejaría aquí esta trompeta?-, exclama desde la cocina la
dueña de casa, doña Libia Ramírez. “Orden en la sala, por favor”, repunta
la señora que levanta la tapa de una refractaria para vigilar el punto ideal de
una lasagna.
Talento, disciplina, responsabilidad y respeto por el público, caracterizan el genio artístico y la personalidad del joven intérprete. Foto: website Alan Ramirez |
En la mesa del comedor, Joselín Aldana, el jefe de hogar, que también es el director de
orquesta, da el visto bueno al flyer de
un próximo concierto en el parque El
Tunal que reúne a la crema de este género musical, y en el que figura, para
honra y orgullo del apellido, su amado
hijo Alan.
El pequeño Alan, el hijo del mariachi, luciendo su primer trajecito de charro. A la derecha, su padre, Joselín Aldana, fundador y director de Tequila Fusión. Foto: Archivo particular |
Aquí, en esta residencia de un barrio capitalino de clase
media, se cuece una historia como para
telenovela. Una historia de vida, musical por excelencia, sazonada de
boleros, rancheras, valses, corridos y tonadas pasadas por el cedazo del agave
y el mezcal; de trajes de charros y sombrerones
de la Plaza Garibaldi en los
extramuros del Zócalo del D.F. mexicano;
una memoria entre el arraigo y la diáspora, la de una familia entregada a las
artes melódicas, con ese cancionero de ayer, de hoy y de siempre que toca las
fibras más hondas del miocardio, y una voz fresca y juvenil que cautiva por
doquier, la de Alan Ramírez, el hijo del
mariachi.
Sí, porque al vástago cantor que hoy frisa los veintitrés almanaques lo mecieron en
cuna los acordes del repertorio antológico mexicano, y mucho años atrás, cuando
aún la fe de bautismo no daba cuenta de su gracia, su padre Joselín bien muchacho, de veintidós primaveras, conquistó el
corazón de quien hoy es su esposa y madre de sus hijos con Nochecitas mexicanas a todo pulmón y con su primera guitarra, justo
en el ágape de celebración de sus quince años. Que siga don Pedro Infante. Y que cante…
"Y esta va por todos ustedes, mis cuates, y por ellas, aunque mal paguen". Foto: Archivo particular |
Vicente
Fernández, Marco Antonio Solís, Sandro de América, Darío Gómez, el Charrito
Negro, y Luis Alberto
Posada -quien a futuro apadrinaría sus primeros frutos de artista-, entre
otras leyendas del acetato y la pantalla grande, fueron los primeros contactos
del pequeño Alan con el género
popular. El ADN de la música estaba presente en sus cromosomas desde el vientre
materno, y ese patrón de la genética jamás se equivoca.
Arrullado, crecido y formado con los sentidos acordes de la melodía que penetra a lo más hondo del corazón. Foto: website Alan Ramírez |
Joselín,
virtuoso, incisivo en sus ideales y batallador como el que más, se hizo a su
propia marca en el contexto mariachi: Tequila
Fusión ha sido desde sus inicios una empresa artística de connotado
reconocimiento, además del talento de sus integrantes, abanderada por
principios irreductibles de profesionalismo, disciplina y respeto.
Conocido es por quienes profesamos cariño y admiración
por esta música, que el anhelo de un mariachi es dejar huella en la nación azteca, más cuando se es de un
país como Colombia, mexicanista por excelencia. De modo que
una vez se presentó la oportunidad, Aldana
no vaciló en discutirlo con su esposa, con la alentadora afirmativa de una
mujer sabia y emprendedora que quiere lo mejor para su marido y su familia: “Vaya, mijo, pruebe nuevas suertes. Dios
proveerá”, fueron sus palabras.
Y así fue que Joselín,
con escasas valijas, pero con el corazón henchido de ilusión y de ganas,
despegó al México lindo y querido que
durante tantos años había entonado a propios y extraños en griles, talanqueras
y romanzas de balcón.
Cuatro años de bregas y desvelos en el D.F. mexicano para reunir el
presupuesto que hizo posible que sus seres queridos se establecieran con él en
una vecindad “como la del Chavo del 8”, cita doña Libia, aledaña al Zócalo,
y por su proximidad a la emblemática Plaza
Garibaldi.
Una experiencia del cielo a la tierra, con las consabidas
dificultades que representa adaptarse a otra cultura y a un nuevo régimen de
vida. Por el acento colombiano, los miraban raro, y en el colegio, Alan, de nueve años, fue objeto de
burlas y matoneo. “Todavía tiene la
huella de un puntazo de lápiz en la espalda”, asegura su mamá.
El maestro Luis Alberto Posada, leyenda del despecho en Colombia, no se equivocó en 'echarle la bendición' a su ahijado Alan Ramírez. Foto: Mi gente FM |
Joselín
hacía lo suyo con el mariachi Tecalitlan,
mientras que su señora esposa se concentraba en la educación y formación de sus
pequeños, Alan y Alejandro, quienes
cursaban sus estudios primarios en la Escuela
Miguel Hidalgo. Acostumbrarse a los fuertes condimentos de la comida
mexicana no fue tarea fácil, como tampoco a las festividades de fin de año,
sobre todo doña Libia, habituada al
apego de las numerosas celebraciones de las familias paisas.
Pero no todo no fue sinsabores en esa travesía por México. Allí conocieron a Juan Gabriel cuando develó su estatua
en Plaza Garibaldi y fue el centro
de atracción de un show espectacular de más de dos horas que registró la prensa
con bombos y platillos.
Ver de primera mano al Ídolo de Juárez, llorar con sus canciones, viajar con el mariachi y
tener de cerca a figuras rutilantes como Alejandro
Fernández y Angélica María en
escenarios estelares de la cultura mexicana como el Palacio de Bellas Artes, significó para ellos una experiencia que
aún se comenta en tertulias de comedor, con tal entusiasmo, como si se tratara
de un episodio de apenas unos días. El gran colofón de ese periplo fue el
nacimiento de Karen Guadalupe, la Lupita, una bendición del cielo, y el
más grato recuerdo de la capital mexicana, de una estadía de dos años y medio.
Sin embargo, Joselín
insistía en ir más lejos. Estados Unidos
sería su próximo destino. Pero para llegar a Los Ángeles, epicentro de todos los géneros musicales
latinoamericanos, en especial el mariachi y el sentimiento norteño, había que
tomar la ruta cinematográfica de Ciudad
Juárez, escala riesgosa y temeraria de una urbe azotada por la inseguridad
y la violencia a las mujeres, de las que aún se cuecen dramáticas y
espeluznantes noticias.
Estampa de su debut como intérprete profesional del género popular. Primeros pasos de una carrera prometedora. Foto: website Alan Ramírez |
Allí estuvieron cuatro meses, tiempo que Joselín Aldana invirtió para tramitar
su visa. El tránsito del mariachi a los Estados
Unidos fue un mar de lágrimas para los suyos, sobre todo para su mujer,
compañera inseparable de su odisea, que al final se armó de valor y retornó a Colombia con sus tres críos.
Fueron tres años a la distancia, entre la nostalgia y la
indulgencia, con el valor y la fe afincada en que todas estas peripecias y
sacrificios que plantea la vida contribuirían al fortalecimiento de los lazos
familiares, y de una economía más solvente para respaldar el crecimiento y la
educación de los retoños.
Cuando Joselín
regresó, Lupita ya asistía al jardín
y balbuceaba Las mañanitas, del ilustre
y recordado zacatecano don Manuel Ponce,
autor de Cielito lindo, Estrellita y La cucaracha, entre otras joyas del pentagrama de la música popular
mexicana. El cuadro tierno y conmovedor de la pequeña caló en su sistema
nervioso como un toque de trompetas que anunció un capítulo próspero y
renovador, que a partir de ese instante marcaría el rumbo definitivo de su vida
como padre y como artista.
Consentido por los medios de comunicación especializados en el género popular. Foto: Archivo particular |
Comenzó los fines de semana como auxiliar de sonido en el
Museo del Tequila, de la familia González-Aragón, en la zona T de Bogotá. Y así poco a poco se
fue involucrando con las partituras y los instrumentos, primero con el
guitarrón, ese bajo de pecho, y luego con la vihuela. Cualquier noche, su padre
le dejó una palomita en tarima, y el tránsito de la voz de niño a la del
hombrecito que reclama una talla mayor de pantalones y un cinturón con
herradura de acero, se produjo con La
Malagueña, prueba de fuego de pulmón y garganta, legendaria añoranza de don
Miguel Aceves Mejía, el Rey del falsete.
El videoclip de su éxito 'Sírvalo pues', original de don Alirio Figueroa, fue filmado en la discoteca 'Capachos', de Villavicencio. Foto: webiste Alan Ramírez |
El día de su graduación como cantante y con el mariachi
que tantas luchas y trasnochadas le había costado a su padre, fue el mismo con
el que celebró su mayoría de edad y el título de bachiller. Los comensales del Museo del Tequila le correspondieron
con un cerrado aplauso, y los augurios de talento y materia prima para tocar el
techo de los privilegiados.
Uno de ellos, entre brindis y cantatas, el acreditado
contador y revisor fiscal de varias estrellas del espectáculo, don Alirio Figueroa, lo contrató para
amenizar el cumpleaños de uno de los amigos de sus mayores afectos: Luis Alberto Posada, ícono de la canción popular en Colombia.
Como si las buenas vibras estuviesen confabuladas, Alan Ramírez se descubrió de su sombrero
de charro, y con un do de pecho
inmarcesible en la primera estrofa, sorprendió al homenajeado con Mi ranchito, de José Alfredo Jiménez. Don
Alirio quedó estupefacto ante el vozarrón del debutante, pero más
impresionado aún el cumpleañero, quien después del agasajo lo llamó aparte para
felicitarlo, para decirle que estaba hecho para cosas grandes. Le preguntó que
si ya había grabado, le dio su tarjeta, e inmediatamente lo puso en contacto
con su manager para invitarlo a su estudio de grabación en Cartago, Valle.
-Muchacho,
quiero que grabes un tema mío, a ver cómo te sale-, le
dijo Posada.
Alan Ramírez, arrollador en tarima, con el respaldo instrumental de la agrupación que dirige su padre. Foto: Archivo particular |
Como si esto fuera poco, Posada invitó a su protegido para que abriera los conciertos de
una gira por diferentes regiones del país. Lo presentaba como un hijito más y le soltaba el micrófono
para que diera rienda suelta a esos primeros impulsos que se sienten en tarima,
la ansiedad, los inevitables nervios, el alboroto del público. Algo parecido,
según los expertos, a la aventura de treparse a lomo limpio en un potro
cerrero.
Alan,
con la convicción y la certidumbre de que semejante oportunidad era
determinante para su carrera, dio más de lo que tenía presupuestado. Se trataba
del todo o nada, de tomar el toro por los cuernos hasta vencerlo, de hacerse a
su propio sitio en el territorio de los que se están dando a conocer, de entregarse en alma, corazón y vida.
Y con este andamiaje, el respaldo y los consejos de su padre, y las rogativas a
la Virgen de Guadalupe de su madre, fue
cosechando sus primeros frutos.
Uno de sus firmes propósitos a futuro próximo, conquistar las audiencias y los mercados discográficos de México y Estados Unidos. Foto: website Alan Ramírez |
Aquí hay que resaltar el decidido apoyo que le brindó don Alirio Figueroa, que con su ojo
clínico se encargó de cristalizar las esperanzas de Yeison Jiménez, porque está autenticado que hoy más que nunca
talento y presencia no son suficientes, y una mano oportuna redunda en el auge
y la promoción de un artista: grabación de vídeos, medios de comunicación,
publicidad, posicionamiento en redes sociales, vestuario, transporte, etc. Figueroa le apostó a su nuevo pupilo, y
los resultados se están viendo con creces.
Si su primer videoclip de Estoy perdiendo la razón, donde Alan Ramírez aparece acompañado de la modelo María Alejandra Jaramillo -hermana de la archifamosa Paola Jara- se aproxima a las 200.000 reproducciones, el de Sírvalo pues, original de don Alirio Figueroa, grabado en la discoteca Capachos, de Villavicencio, bajo la dirección de Andrés Osorio, sobrepasa el millón, una cifra más que reconfortante
a escasos meses de circular en plataforma.
Pero Alan Ramírez
no se endiosa, es consciente de que esto apenas es el inicio, que está muy
joven (23 años), que falta mucho
trecho por recorrer, obstáculos que superar, envidias, intrigas y habladurías
que esquivar por los atajos de una maratónica competencia que es en la actualidad la nueva sangre del género
popular en Colombia: un firmamento tachonado de estrellas, que así como
fulguran, de la noche a la mañana se extinguen sin volver a recobrar su altura.
En una repisa del salón de comedor de la residencia del joven talento hay un ejército de ángeles y arcángeles
protectores y mediadores. Son de la dueña de casa: Uriel, Jofiel, Raziel, Miguel y Gabriel. Cada uno con su propia
intención y oración. Todos los días, a mañana y noche, doña Libia los invoca y les reza. Les encomienda su familia, la
carrera elegida de Alan para que
fluya sin tropiezos, y si los hay, para que los supere con firmeza y sabiduría.
El altar de los ángeles, arcángeles y potestades de doña Libia, bajo el retrato tutelar del feliz matrimonio. Foto: la Pluma & La Herida |
Mientras ella en la cocina sigue atenta de la lasgna que servirá a su amado Alan que minutos más tarde tiene que
salir a cumplir a una entrevista radial, Joselín
Aldana, reunido con los muchachos de la agrupación, afina su vihuela para
marcar el compás de un nuevo ensayo con el tema furor del momento: Sírvalo pues.
-A
ver, muchachos-, ¡un, dos, tres!-, y el caserón queda invadido
de arpegios y armonías. Alan Ramírez…¡Sírvalo
pues!
Una vez cumplido el entrenamiento, la tropa también
pasará a manteles para disfrutar de las delicias del platillo italiano hecho
por manos paisas, las más recomendadas en estos trajines de la buena sazón.
La
jornada de doña Libia comienza a las cinco de la mañana y
termina muchas veces después de la media
noche. Hay mucho por hacer en un hogar de artistas, y a ella no se le
escapa el mínimo detalle, como ajustar el botón del blazer Hugo Boss azul
marino que Alan lucirá en su próxima
presentación en Maramaos, y la
camisa y los mocasines brillantes que deben combinar perfectamente con el tono
del traje.
El Museo del Tequila, escenario debut de Alan Ramírez, en los albores de su promisoria carrera artística. Foto: Archivo particular |
Le pregunto a Alan
hasta dónde quiere llegar y si tiene un mantra que lo rige. Él, sencillo y
abierto a cualquier interrogante que se le formule, responde:
“Me
veo creando un género popular-ranchero, sin desconocer la gran
escuela del mariachi que es obra de mi padre.
¿Y un mantra?, ¿una frase que rija mi vida, quieres decir? Te la tengo: ‘Si estoy con Dios, ¿quién contra mí?’”.
A punto de salir y en los afanes de la despedida, se oye
otra vez la voz de doña Libia desde
la cocina.
-Hijo,
no te vayas a ir sin tomarte el jarabe…
-¿Qué
es?-, le pregunto a la doña mirando el contenido en un pocillo
de cerámica.
-Jengibre
con miel y un tantico de cristal de sábila, para aclarar la voz.
Videoclip 'Sírvalo pues': bit.ly/2t4xbsP
Website Alan Ramírez: bit.ly/2w8eNBT
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