viernes, 3 de abril de 2015

La otra procesión

El Cristo de Las Nieves, imagen de mayor devoción en este templo capitalino. Foto: La Pluma & La Herida
Ricardo Rondón Ch.

‘Judas Iscariote’ advierte que si le tomo una foto me descarga un garrotazo en la cabeza. Exhibe el madero y amenaza simulando un servicio de tenis. Cuando reculo ante la arremetida, suelta una carcajada  y musita una perorata desafinada, mezcla de arameo y sánscrito.

Cabello largo hecho pegostres, barba luenga y rala, ojos grandes, pupilas perdidas, agresivas, las vestiduras hechas trizas, un cobertor mugriento al hombro, pies descalzos, el ‘Iscariote’ 2015 intimida a manotazos a los feligreses en pos de monedas, a las puertas de la iglesia de Las Nieves, en el tradicional itinerario de los creyentes que cumplen a la visita de los siete templos.

‘Judas’, el bárbaro, un preocupante caso clínico de psiquiatría, al aire libre y en pleno centro de Bogotá, es apenas uno entre la cantidad de personajes desconectados de la realidad y con la psiquis peligrosamente alborotada, que deambulan por la carrera Séptima en estas fechas de oración y arrepentimiento.

La Orquesta Sinfónica de la Policía Nacional en su interpretación de Betulia Liberata (W.A. Mozart). Foto La Pluma & La Herida
En el altar mayor se oyen las notas sublimes de la Sinfonía 40 K 550 en Sol Menor de Wolfang Amadeus Mozart. La interpretación corre por cuenta de la Orquesta Sinfónica de la Policía Nacional, que hace parte de la programación Bogotá es Mozart.

El gentío, a paso cansino, hace sus respectivas paradas en las imágenes de mayor devoción, y va circulando de derecha a izquierda, que la logística parroquial ha diseñado para descongestionar el tumulto y desembocar a la puerta de salida. 

Donde más se concentran devotos es en el pretorio de un Cristo de yeso excesivamente mechudo, que me recuerda instantáneo al flaco y desgarbado Enrique Marín, el troskista iconoclasta de los turbulentos años 70 de la Universidad Nacional, que después de muchos años de batallas frustradas en su revolución seudobolchevique, terminó vendiendo saxos y clarinetes de guadua en ferias artesanales y mercados de pulgas. Uno de los miles de damnificados que ha arrojado la borrasca marxista-leninista.

'Kennedy', el faquir, en plena función. Foto: La Pluma & La Herida 
Ante ese Cristo con peluca de aprendices de Estética y Cosmetología (nivel I), entre otros piadosos, está postrada una mujer de mantilla entrada en años que desgrana pepitas nacarinas de rosario entre Padrenuestros, Glorias y Avemarías, secundada por un muchachito malcriado que se resiste a saber y entender de penitencias, salvaciones y reencarnaciones, y le puya el hombro con el índice para abandonar el templo:

-Vamos ya, abuela, vamos…-, insiste el muérgano.

Apenas son las 2:30 de la tarde. No ha empezado el lavatorio y faltan seis iglesias por visitar. Con el segundo movimiento de la Sinfonía 40, magistralmente ejecutada por los talentos de la Policía, abandonamos la de Las Nieves, no sin antes sacarle el cuerpo a ‘Judas Iscariote’ en el umbral del portón principal, está vez concentrado en engullir una naranja hasta el bagazo.

El diablo haciendo fiestas en plenos días santos Foto: La Pluma & La Herida
Camino a La Veracruz, por la Calle Real, trato de abrirme paso entre el delirante carnaval que pone de presente el agobiante estado mental de salud que padece la población colombiana, agregado a los mil dialectos y sonoridades que se trenzan en el diálogo voraz de la economía informal; donde se encuentra, desde una humeante chicharronada -vaya uno a saber con qué exóticos mamíferos-, pasando por los frutos despellejados del chontaduro, la melcocha batida en vivo y en directo; la cocada y la cuca -no me malinterpreten-, esa almidonada galleta de las negritudes, hasta el salpicón de cubeta que, más que calmar la sed, puede acometer en efectivo laxante.

En la mitad de la arteria, sin camisa y con visibles cicatrices en rostro, tórax y espalda, con la piel acre y curtida, se prepara para su número de flagelaciones y despropósitos ‘Kennedy, el Faquir’, una suerte de nazareno de Patio Bonito que anuncia merendar a esa hora retazos de culos de botella. Para convocar a los mirones de paso, el penitente primero se azota las paletas con un zurriago de carnaza que en la punta tiene un atado de monedas. El pellejo endurecido de rinoceronte escupe unos grumos de sanguaza. Luego toma un cuchillo cocinero, lo enseña con una venia al respetable y lo introduce por uno de sus orificios nasales.

¡Abran paso! que ahí viene el 'Guerrillero zombie'. Foto: La Pluma & La Herida
Contiguo al faquir está el diablo, que también hace fiestas en Semana Santa. Es un esperpento con una escafandra de plástico azul Millonarios y unas alas enormes de tela negra suspendidas en un entramado de alambre. Los niños quieren tomarse una foto con él a un precio de mil pesos, mientras otros vacilan entre el demonio celeste y ‘El guerrillero zombie’, metáfora bizarra de lo que será en un futuro el éxodo fantasmagórico de las FARC por selvas y montañas de Colombia.

En La Veracruz, un grupo de jubilados espera paciente al señor cura párroco que ungirá y besará sus pies como hizo el de Galilea con sus apóstoles en señal de humildad. Uno de ellos, en las veredas de los 80 años, es una asombrosa réplica de Juan Legido, ‘El Gitano Señorón’, infaltable con su guitarra y su portento de voz en corrillos y mentideros taurinos de España y América.

El Circo de Lina y sus saltimbanquis. Foto La Pluma & La Herida 
La emblemática iglesia de San Francisco es depositaria de la mayor mendicidad de que se tenga cuenta en estos días de monumentos y procesiones en el centro capitalino. Como en un organizado sindicato, cada pordiosero goza de su propio metro cuadrado para clamar a palma llena la bondad de los cristianos.

Uno de ellos es una cara conocida. De años atrás tiene como estratagema suplicante unos emplastos de un material sintético similar a la carne y a la epidermis cetrina del queso Paipa, que se acomoda en el vientre y que le da la apariencia de una úlcera espeluznante.

En el círculo de la misericordia lo conocen como ‘Nicodemus’, y es el más aventajado en las argucias histriónicas, con un florido y a la vez dramático parlamento emulado del genial Arturo de Córdova en la película ‘Dios se lo pague’ -con Zully Moreno- , que hasta el peatón más escéptico y desalmado se le ablanda el corazón y recurre a la billetera para aportar la dádiva. Dicen los más cercanos que ‘Nicodemus’ es propietario de dos edificios de inquilinato en el barrio Egipto y una casa en Las Lomas, donde pernocta,  y un furgón de acarreos que maneja un concuñado.

El grupo de pensionados de La Veracruz, listos para el Lavatorio. Foto: La Pluma & La Herida
El tramo de la Avenida Jiménez a la Plaza de Bolívar es un verdadero viacrucis. Va a completar un año que iniciaron las ampliaciones de andenes y reparcheo, que como es habitual en Colombia, y ya no nos sorprende, avanzan a paso paquidérmico.

La gente tiene que hacer malabares entre las mallas verdes para acceder a la Catedral Primada. Peor le fue al Mesías en las catorce estaciones de su tortuoso y lacerante ascenso al Monte de la Calavera donde fue crucificado.

Hay guardia presidencial y carabineros en los alrededores de la imponente edificación donde yacen en criptas y mausoleos monseñores y cardenales de rancia estirpe. Con todo y la leyenda que encierra es una estructura fría, desangelada, de naves y techos demasiado grandes para la soledad y el desamparo de vírgenes, querubines y santos.

El trecho que conduce a la Catedral Primada, un verdadero caos. Foto: La Pluma & La Herida 
En el trecho de la Catedral al Santuario Nacional de Nuestra Señora del Carmen, por el camino peatonal que conduce al Teatro Colón y al edificio de La Cancillería, el Circo de Lina y sus saltimbanquis recauda el interés de chicos y grandes con unas monerías chaplinescas ambientadas por un cornetín y un redoblante que despachan notas de ska.

Sus bailes y contorsiones desatan el aplauso del público y el sombrero de copa de la líder teatral no se hace esperar para recordarles a los curiosos que el artista también come y paga arriendo y servicios.

En el cruce de la Plaza de Bolívar, con destino al templo de La Concepción, vecino del septuagenario Pasaje Rivas, reparo la fachada y las columnas mugrosas y mantecas, salpicadas de cagarrutas de avechuchos del Capitolio Nacional. ¡Qué vergüenza! El de Bogotá es el centro histórico más sucio y descuidado de todas las capitales latinoamericanas. Es que ni siquiera el de La Paz (Bolivia).

La fachada mugrienta y vergonzante del Capitolio Nacional. Foto: La Pluma & La Herida
Concluyo que si así está el escenario donde se redactan y firman las leyes de la República, que se puede esperar de lo demás. En las mismas condiciones, como si en él hubiese recaído una maldición, está el Palacio Liévano, desde cuyo balcón arenga al populacho el camarada Petro de la Bogotá Humana.

Una humareda de incienso que emana de tarros que alguna vez fueron de Avena Quaker, nos refresca la memoria de que en los predios de La Concepción se abre en dos brechas el territorio de los fetiches y las supercherías, por mayor y al detal, con todas las ‘ligas’, ‘querémes’, ‘ayudasuertes’ y ‘contramaleficios’ que vienen en botellas y frasquitos de colores, como el perfume del pájaro macuá con huevito incluido que me ofrece una joven pintarrajeada como una virgencita de calicanto.

En el ala mayor de la capilla, cerca a la puerta de ingreso, hay una cruz forrada en tiquetes de pago. ¿Qué querrá decir esto?, me pregunto y resuelvo la curiosidad con un hombre de rostro enrojecido y mirada melancólica de tortuga que, supongo, es el sacristán.

La cruz con los comprobantes de las misas pagadas de La Concepción. Foto: La Pluma & La Herida
-Esos son los comprobantes de pago de las misas. El padrecito ordena que se peguen ahí (señalando la cruz). Aquí viene mucha gente con peticiones de enfermedades incurables y enredos imposibles-, explica el conserje presbiteriano. Absorto en mis averiguaciones, repaso los titulares de los recibos a ver si encuentro el nombre de un magistrado de moda en apuros.

Por agüero y tradición, la séptima parroquia en la bitácora de la fe, es la de San Judas Tadeo, en la calle doce con carrera décima, diagonal al centro comercial Caravana, de obligada visita para todos aquellos que creen que el riego con el agua de rosas les va a multiplicar las ganancias en la carnicería, o las siete hierbas rezadas por el chamán Marcelino Chindoy les devolverá a la ‘patiligera’ que se fue.

Creo más en el mercachifle del puesto ambulante que ofrece las pomadas de coca y marihuana para todos los dolores… Con todos los dolores de cabeza que por años estas dos sustancias les ha dado al gobierno y a las fuerzas armadas, y esa mácula indeleble ante el mundo por ser uno de los países de mayor producción y exportación de drogas ilícitas.

No fue el mejor jueves santo para el indio José Jacanamijoy. Foto: La Pluma & La Herida
A punto de finiquitar el recorrido y en el mismo feudo de las falsas ilusiones, me encuentro con la mirada más desolada y aburrida de todo este trayecto. La del indio José Jacanamijoy (pariente del afamado pintor) de la tribu Inga del Valle del Sibundoy en el Alto Putumayo.

Recostado contra una reja y vigía de su tenderete donde acomoda collares de semillas de la jungla, anillos y pulseras de cobre para los males reumáticos, palitos secos de ayahuasca y otros bejucos de su farmacopea ancestral para extirpar tumores malignos, expulsar inmundicias del cuerpo y el alma, purificar la sangre y convocar a la bienaventuranza, el curaca se frunce desalentado de que a las 4 y 45 de la tarde de este jueves santo, con toda la romería a su paso, sólo haya vendido quince mil pesos.

-¿Y entonces cuál es el efecto que producen sus talismanes y amuletos? O ¿es que en casa de herrero, azadón de palo?-, le indago sin vacilaciones.

El indio malhumorado tuerce la boca, recoge la mercancía en la chaza, se la tercia al hombro y se pierde entre la muchedumbre esperpéntica de fervorosos que avanza por la carrera décima, con la vocinglería en sus máximos decibeles de mercaderes que atizan el fuego de sus promociones en el acabóse de la tarde, y ese taladro en las sienes que en esta época de golpes de pecho corre por cuenta del traqueteo de las desesperantes matracas.
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