jueves, 30 de abril de 2015

'El árbol de los Buendía', en la gallera de Macondo

Misael Torres en plena función de su montaje 'El árbol de los Buendía', en la gallera de Macondo. Foto: la Pluma & La Herida 
Ricardo Rondón Ch.

Cuando el dramaturgo y teatrero Misael Torres lanzó a boca de jarro la pregunta de cómo se llamaba el compadre del fortachón de José Arcadio Buendía, que junto a Úrsula Iguarán y el primero de la estirpe habían fundado Macondo en una gallera, un espontáneo de corbata y hechuras cantinflescas respondió con un vozarrón de locutor de lucha libre en la época dorada de ‘Santo, el enmascarado de plata’:

-Se llamaba el almirante José Prudencio Padilla.

Hubo miradas y murmuraciones de oreja, y luego un silencio socarrón que no duró más de cinco segundos, cuando estalló la estridente carcajada de Misael, el teatrero, émulo de la de Petra Cotes que espantaba las gallinas, como narra Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.

El juego preguntón del veterano histrión que más sabe de la obra de Gabo y la ha representado en plazas públicas y en espacios cerrados a lo largo de treinta años, tiene que ver con un divertimento de música y oralidad, basado en la novela cumbre del Nobel colombiano, que él bautizó como El árbol de los Buendía, uno de los espectáculos de mayor convocatoria, programado justamente en la gallera del Pabellón de Macondo, en la Feria del Libro de Bogotá.

Vestido impoluto a la usanza de los viejos palabreros guajiros, mochila de fique terciada, Torres, el director y dramaturgo del colectivo Ensamblaje Teatro, con un acento marcado de los pregoneros costeños que en remotas veredas y caseríos madrugan a alertar las cosas o los animales robados o perdidos; la visita del señor obispo de la capital más cercana, o el funeral de un patriarca acosado por un cólico miserere, relata, con pelos y señales, y en un tiempo récord de hora y media, el discurrir de Cien años de soledad.

A su vez, distribuye entre los presentes unas fichas con algunos de los nombres de los protagonistas de la novela y en intermitencias y reactivaciones de su relato formula preguntas repentinas del acontecer macondiano, como deberían hacer los profesores de español y literatura a sus despistados alumnos en tardes somníferas por el calor sofocante de las escuelitas públicas del Caribe.

Misael reparó en el yerro del voluntario, aduciendo que el almirante José Prudencio Padilla era un personaje real, un militar guajiro de la época neogranadina que participó en las justas de la Independencia, y  que padeció las discriminaciones de los altos mandos por ser negro, pero que el referido en la saga garciamarquiana de los Buendía se llama Prudencio Aguilar, el mismo que murió a manos de su compadre, atravesado por una lanza, después de haber vapuleado su honor de macho con la provocadora frase:

-A ver si ese gallo le hace el favor a tu mujer-, derivada del insulto de impotente que se tomó a pecho José Arcadio por su negativa de procrear con su prima Úrsula, prevenido por la maldición que corría como el polvo acre de las rancherías, que si así fuere, la prole nacería con cola de cerdo.

Los de la gallera de Macondo se echaron a reír y el cachaco cantinflesco, picoteado por el teatrero, enfurruñó el rostro y prosiguió atento la función.

“Pero como el amor es más fuerte que el terror -continuó Misael-, José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán terminaron casándose. La madre de Úrsula le tejió unos calzones con tela de vela de barco para protegerla de las arremetidas noctámbulas del varón descomunal, a quien no le cabían las espaldas por las puertas. Después de tediosas y prolongadas noches de vigilia, cuando ya Prudencio Aguilar era banquete de los gusanos, José Arcadio no aguantó más las ganas y se pasó por la faja las profecías de los criaturos con cola de marrano. Entonces una noche le espetó a su mujer: “Quítate esos calzones que no va a correr más sangre”.

Al final de la función vino el apretado abrazo de Misael Torres con su amigo, el escritor y ensayista cataquero Eduardo Marceles Daconte. Foto La Pluma & la Herida
Así describe el juglar, en resumen, los capítulos y protagonistas trascendentales de Cien años de soledad, desde la fundación de la llamada Ciudad de los espejos, como también se conoció Macondo, hasta cuando ya en las postrimerías de la historia, Aureliano Babilonia, el último de la generación de los Buendía, hijo de Mauricio Babilonia y Renata Remedios, es sorprendido por una borrasca ciclónica mientras trataba de descifrar los pergaminos del alquimista Melquiades, para desembocar en el colofón magistral que sigue haciendo eco en la literatura contemporánea: “Las estirpes condenadas a cien años de soledad, no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

El árbol de los Buendía, de Misael Torres, cuenta con el respaldo musical en acordeón, caja y guacharaca de la agrupación barranquillera Parranda vallenata, que entona páginas escritas por Gabriel Romero, como ‘Los cien años de Macondo’ (clásico de la rumba que desató la fiebre macondiana a partir del premio Nobel) y ‘El corazón de Macondo’.

-¡¿Dónde queda Macondo?!-, pregunta el maestro de la oralidad señalando con la mirada la punta del dedo índice derecho.

-Entre Cesar y Riohacha-, responde otro espontáneo ubicado en la parte alta de las graderías.

-Puede ser, puede ser…-, interpela Torres. Pero como Macondo es una ficción, está en el imaginario y en el corazón de quienes hemos leído Cien años de soledad. Y no olviden que el mejor homenaje que le podemos tributar a Gabo, es leyendo y releyendo su obra.

-¿Quién tiene la ficha de José Arcadio Buendía?

-¡Yo!-, atiende presuroso un colegial.

-¿Cómo se llama el hijo de Aureliano Segundo?

 -Me imagino que Aureliano Tercero-, responde sin vacilar el adolescente.

-¡Error! No fue uno, fueron tres retoños los que tuvo Aureliano Segundo con Fernanda del Carpio: José Arcadio,  ‘el papa’, porque lo mandaron a estudiar a Roma; ‘Meme’, que es la misma Amaranta Remedios y, la tercera, Amaranta Úrsula.

Entre bromas y chascarrillos, ‘El árbol de los Buendía’, más que un ejercicio para la imaginación y el deleite, es una lúdica a vuelo de pájaro para refrescar la memoria de la obra más leída y aplaudida en el mundo, escrita por un colombiano.

Como dice Misael, es una provechosa fórmula para jugar aprendiendo, que se debería incentivar en colegios y facultades de literatura, como una novedosa y práctica alternativa ante el trillado y acartonado régimen académico.

A la salida del pabellón, nos encontramos en la fila de ingreso a don Jorge Viracachá, un reconocido gallero de Fusagasugá, sombrero aguadeño y poncho recién planchado sobre el hombro izquierdo, que estaba convencido que en la gallera de Macondo efectivamente se estaban dando combates a muerte de espuelones, con racimos de billetes de por medio.

-No es el tipo de gallera que usted frecuenta, don Jorge -le hicimos caer en cuenta al apostador-. Aquí las disputas son de verbo, creatividad y sapiencia, y todas tienen que ver con el legado de Gabo, el hombre que desde su literatura caleidoscópica, nos enseñó a transgredir la vida y el mundo con la poderosa alquimia de su genialidad.
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