miércoles, 31 de diciembre de 2014

Hugo González, 35 años dando la hora en el mismo puesto

Con su ojo de venado, Hugo González lleva 35 años ininterrumpidos dando la hora en su puesto ambulante de la calle 17 con carrera 8°, centro de Bogotá. Foto: La Pluma & La Herida
Ricardo Rondón Ch.

Con el ojo de venado, que en su oficio de relojero es una extensión de su rostro, Hugo tiene la costumbre de mirar a menudo hacia arriba: es que una vez se le cayó un suicida encima y por poco lo mata.

Qué no ha visto este hombre con sus ‘tres’ ojos en el andén de la calle 17 con carrera 8°, pleno centro de Bogotá, donde hace 35 años tiene afincado su tenderete de relojero ambulante: enfrentamientos a plomo entre bandidos y policías, persecuciones de raponeros que rompen el cronómetro de los 400 metros con obstáculos, acaloradas disputas sentimentales, cualquier cantidad de manifestaciones iracundas,  y en su propio pellejo, batidas a vendedores de calle, como las que le tocó padecer en la administración del alcalde Enrique Peñalosa.

Y Hugo ahí. Sembrado en la acera desgastada de ese concurrido sector capitalino, a contracorriente de las inclemencias climáticas, los peligros y adversidades de una de las ciudades más peligrosas de Latinoamérica, 35 de sus 70 años recién cumplidos. Para ser más exactos: 1.067 meses, 12.810 días, 307.440 horas, 18.446.400 minutos, y los que faltan para que suenen las doce campanadas de 2015.

Justamente por estos días de fin de año, el escaparate de José Humberto González -Hugo por la unión de las dos primeras sílabas de su segundo nombre y su primer apellido, así lo conocen-, vive atiborrado de personas que les llevan sus relojes para que les cambie de pila, les haga los ajustes y reparaciones de rigor, y les precise la hora, ni un segundo más, ni un segundo menos, al filo de la media noche del 31 de diciembre, por esa neurosis colectiva de recibir con exactitud el venidero.

Clientes de muchos años, de varias generaciones, que él ha visto desfilar en todo este tiempo, que por su honestidad, experiencia y porque les sale más cómodo económicamente, les confían sus relojes, algunos finos, de marca, que él guarda celoso en una tarro de galletas, por si se le acaba el día, para reparar por la noche en casa.

Hugo ha cosechado en 35 años una clientela de varias generaciones. Foto: La Pluma & La Herida
Esto podría despertar la envidia y la rivalidad de los viejos relojeros de establecimientos a lo largo de la calle 17, que por el cambio de una pila cobran entre $3.500 y $5.000, mientras que Hugo hace la misma labor entre $2.500 y $3.000. Igual las tarifas proporcionales de las reparaciones.

Pero ni por esas: El colegaje lo trata con amabilidad y confianza, jamás ha habido con él un síntoma de competencia insana o de reproche, así el bueno de Hugo no sepa qué es pagar un día de arriendo por ejercer su trabajo, salvo el coste del ‘guardadero’, como antes llamaban a la bodega que prestaba esos servicios a los ambulantes en la carrera 9° con calle 16, menos ahora, que le dejan guardar sus corotos de relojería en un centro comercial cercano.

González desconoce de la analogía del relojero formulada en 1802 por el filósofo y teólogo británico William Paley, que plantea que el complejo mecanismo del interior de un reloj es apenas comparable con el funcionamiento del cuerpo humano y su relación con el universo, y que esa asombrosa confluencia en el tiempo, el espacio y el infinito, no puede ser tomada al azar, sino que sustenta un argumento teleológico inspirado en un diseñador inteligente, capaz de crear un dispositivo maravillosamente preciso.

Distante de esas sesudas fracciones metafísicas, lo de Hugo es dar con el daño o la falla de sus engranajes dentados, de su solenoide o bobina, del espiral o de la minúscula áncora, de las ruedas marcantes de horas, minutos y segundos, de las coronas del calendario, y de esas diminutas piezas que sólo se pueden ver a través de un ojo de venado (u ojo de relojero), y que él con pulso impecable agarra con pinzas de cirujano, desde las épocas de los relojes de cuerda, de los automáticos, que según él no fallaban un trazo por la calidad y la garantía de sus fabricantes suizos; capítulo aparte de unos años para acá con la revolución de los relojes chinos de pila electrónica y las imitaciones de los mismos que despachan por millares a precio de huevo.

Nacido en Carmen de Carupa, departamento de Cundinamarca, en el hogar de una familia de agricultores con ocho hermanos, el itinerario existencial del relojero de marras, como en su oficio, ha marcado una serie de artes y rebusques para ganar el sostenimiento, desde que tiene uso de razón. Mucho antes de dedicarse de lleno a la relojería se recibió en la adolescencia como auxiliar contable egresado del Colegio Mayor de San Bartolomé, con estudios complementarios en el SENA.

Con una credencial que le otorgó el diario El Tiempo, en 1969, cuando se desempeñaba como teatrero. Foto: La Pluma & La Herida
Se empleó de manera independiente en esas numerologías hasta que se dejó contagiar del virus del teatro, en una época en que esta actividad estaba relegada a la bohemia, al desamparo, a las utopías generacionales y a la resistencia de vivir por amor al arte y ajustarse en lo posible el cinturón para no morir en el intento.

En esas conquistas y disquisiciones de la dramaturgia y del histrionismo con grupo comunitarios, presentaciones y correrías por barrios de Bogotá, invirtió varios años. De ahí su remoquete ‘Hugo, el teatrero’, en una edad en que el cuerpo y el espíritu se permiten licencias abstractas como las de vivir de ilusiones, cumplir a un solo golpe diario con gaseosa y empanada, y ya entrada la noche, buscar abrigo en cualquier posada de alquiler.

Por su obsesión teatral dejó perder oportunidades que a largo plazo le hubieran podido asegurar una pensión, o por lo menos un nicho estable dónde guarecerse, que no fuera el tenderete de relojero a la intemperie, el de la calle 17 con carrera 8°, donde hace 35 años se gana el sustento.

Pero Hugo poco se arrepiente de eso. Por el contrario, sostiene que el teatro le dio una visión amplia y diferente de la vida, y le ayudó a construir un andamiaje interior para conocerse a sí mismo e interpretar a los demás. De su cartapacio de nostalgias exhibe orgulloso una credencial que le dio el periódico El Tiempo, fechada del 28 de noviembre de 1969, por contribuir con sus espectáculos teatrales a las brigadas de salud y recreación que respaldaba dicho diario en la capital.

También recortes de fotografía de sus actuaciones al aire libre, con la rúbrica de legendarios reporteros ya fallecidos como Manuel H. y Benavides;  programas y carteles descoloridos de festivales de calle, uno que otro diploma de reconocimiento, papeles y más papeles que sustentan su comparecencia fantástica como actor de asfalto.

Hugo, pródigo en anécdotas, como cuando en plena labor de relojería, le cayó encima un suicida de lo alto de un edificio. Foto: La Pluma & La Herida 
Cualquier día, en el filo de los 30 años, y ya como protagonista de sus propias desilusiones, pero más acosado por la gurbia, las deudas y las frecuentes recriminaciones de su familia por llevar una vida aventurera y sin un norte fijo, tomó la decisión de abandonar el teatro para asomarse con ojos perplejos al escenario de la cruda realidad.

Buscó empleo como contabilista, pero todas las solicitudes enviadas nunca obtuvieron respuesta. Entonces se lamentó de haber rechazado en su momento ofertas como las que les brindaron La Empresa de Acueducto de Bogotá y la programadora Punch de televisión.

Agotado de pasar hojas de vida en formato Minerva, se empleó en lo que fuera: obrero de la construcción, ayudante en una fábrica de calzado, mensajero en una firma de arquitectos, vendedor ambulante de ropa de cargazón en San Victorino, y en últimas, comerciante de panela en sociedad con un pariente, negocio que se fue a pique, para volver a quedar en ceros.

Por esa época despuntaba el furor de la mercancía made in China y un familiar que trabajaba en la Bolsa de Bogotá le extendió la mano con un plante para que comprara y vendiera mercancía. Lo primero que hizo fue tramitar la licencia de vendedor estacionario ante la oficina de Vigilancia y Control de la Secretaria de Gobierno de Bogotá, hace muchos años fuera de circulación.

Vendía relojes y bisutería, pero más que el comercio, que no fue su fuerte, le llamó la atención la relojería, y la estudió en el SENA. De ese tiempo a la fecha está instalado en el centro de Bogotá, con una clientela abonada a lo largo de siete lustros, y la amistad y confianza acreditadas por los comerciantes del sector.

Un día común y corriente, de las nueve de la mañana a las cinco de la tarde, que ha sido su jornada habitual, puede usufructuar libres entre $40.000 y $50.000. Pero en temporadas como las de fin de año, las ganancias son más prósperas: $70.000 y hasta $100.000, utilidades por ventas de pilas, reparaciones, limpieza y sincronización. Con esto ayuda al mantenimiento de la casa que comparte con dos hermanos en el barrio Altamira, luego de un periplo sentimental desafortunado que arrojó dos hijos, ya hechos y derechos.

Algunos de los trebejos de relojería, guardados en un tarro de galletas. Foto: La pluma & La Herida
En esos 35 años, Hugo sólo ha sido robado una vez: Fue en 1993, cuando un ladronzuelo pasó a la carrera y le rapó un reloj. Por salir en persecución del caco, Hugo no atinó que el compinche de este tenía en la mira la caja donde él guardaba los relojes que le dejaban para reparación. Tamaño problema para recuperar esa mercancía que vulneró sus ahorros, aunque algunos clientes, más comprensibles, pasaron por alto el imprevisto.

Otro día, ya como anécdota, dejó colgado en un gancho del muro de la papelería ubicada al frente de su puesto una bolsa con varios relojes. Ya era la hora de levantar trastos y en ese momento llegó un amigo a invitarlo a tomar tinto. Recogió el armatoste y lo llevó a que se lo guardaran, y se fue a tertuliar a una cafetería con el compañero. Pasada más de una hora recordó que había dejado la bolsa en el puntillón y salió como alma que lleva el diablo a recuperarla. Y ahí estaba. Ya era de noche.

Hugo, con el ojo de venado incrustado en la cuenca del izquierdo, alza la mirada al firmamento celeste y despejado de estos días estivales de diciembre, y hace un paneo por los altos de los edificios que circundan su espacio. Ese hábito le quedó de diciembre de 1998, cuando estaba en plena labor y de repente, a media tarde, sintió un fuerte golpe en su espalda que lo aplastó contra el suelo y le desbarajustó el conocimiento.

Era un suicida que se había lanzado desde un octavo piso. Gracias al relojero, el insensato frustró su temerario intento, pero Hugo sufrió esguince del hombro derecho y contusiones en clavícula, entre raspones y magulladuras en otras partes del cuerpo. Estuvo incapacitado por dos meses.

-No sé si será buen o mal augurio, porque no a todo el mundo le cae un suicida encima-, dice Hugo a manera de chascarrillo, mientras escarba en la caja de galletas, remueve pinzas y bruselas, destornilladores milimétricos, llaves y cuchillas para destapar tapas a presión; agujas, limas y mandriles, entre otros trebejos propios del oficio.

Algo busca en el interior de la caja el relojero, y debe ser muy pequeño…

-¿Qué se me haría el ojo de venado?-, musita.

No repara Hugo que lo tiene puesto. 
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